Once jugadores y aficionados al fútbol desaparecidos, diez hombres y una mujer que brillaban en la cancha o daban el alma por sus equipos. Sus familias los buscan y esperan su regreso. Desde que no están, dicen, sienten menos pasión por el juego
Por Analy Nuño, Eui Chin Talamantes y Santiago Reyes / A dónde van los desaparecidos
Ilustraciones: Rebeca Martínez Sánchez
Durante meses o años, sus fotos han sido difundidas por familiares en fichas de búsqueda. Sus rostros, junto con la leyenda “¿Dónde están?”, se han hecho presentes en las calles y en las redes sociales. Son personas desaparecidas de diferentes edades y profesiones, nacidas en distintos lugares de México, a las que une su pasión por el fútbol.
En este Mundial faltarán en las butacas de los estadios desde un director técnico de equipos infantiles y juveniles, hasta un adolescente que jugaba como delantero y su anhelo era llegar a las grandes ligas, una fanática del Cruz Azul que aprendió a jugar en cascaritas de fútbol llanero con su papá y sus tíos, y dos jóvenes que cambiaron su sueño pambolero por estudiar en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.
Estas son las historias de once personas aficionadas al fútbol que hoy están desaparecidas. Sus familias los buscan y confían en tenerlos de regreso para seguir celebrando los triunfos de su equipo o verlos disfrutar del juego en las canchas.

La defensa implacable del Gato Loco
En mayo de 2024, el América se coronó como bicampeón de la Liga MX tras derrotar al Cruz Azul. Estaban empatados cero a cero y solo quedaban trece minutos de partido cuando un penalti cobrado por Henry Martín, capitán de las Águilas, dio el triunfo a su equipo. La pelota entró en el ángulo izquierdo, 2-1 marcador global, y el Estadio Azteca explotó de emoción.
Fue entonces cuando varias personas subieron a sus estados de WhatsApp mensajes como: “En donde sea que estés, espero que hayas visto el gol”, “Este triunfo va para ti, mi Gato Loco. Ojalá aparezcas pronto para celebrar con nosotros”. Eran amigos de Francisco Alberto Acosta Calzada, mejor conocido como el Gato Loco en las canchas de fútbol de la colonia Oblatos de Guadalajara, Jalisco.
El América es el amor de sus amores. Cuando pierden un partido, no hay ocasión en que Francisco no les llore, lo que en una familia de rojiblancos (aficionados a las Chivas) significa una carrilla asegurada. Celebró su última fiesta de cumpleaños –la número 47–, antes de desaparecer el 2 de noviembre de 2023, con un pastel, una camiseta y hasta globos con el escudo de su equipo favorito. Esa misma playera es la que viste en la foto de su ficha de búsqueda.
Desde chiquillo llegaba por las noches a su casa con las rodillas todas moreteadas, raspadas y llenas de tierra: señal de que lo había dado todo en la cancha. Defensa lateral era su posición. Bajo su guardia, el balón podía pasar, pero el contrincante nunca; por eso, todos lo querían en su equipo.
Cuando transcurrió el tiempo y sus rodillas le suplicaron un descanso, se convirtió en el director técnico de los equipos infantiles y juveniles de su colonia. Aunque de vez en cuando —cada domingo, en realidad— todavía se echaba una cascarita con el equipo formado por sus compañeros de trabajo. Francisco llevaba más de doce años laborando como técnico en una empresa de telecomunicaciones.
Esos mismos compañeros buscaron durante una semana a su amigo en el cerro donde fue visto por última vez, ubicado en la comunidad El Gargantillo, en Tomatlán. Francisco fue enviado a reparar una antena satelital que resultó dañada por un huracán. No era la primera vez que iba, conocía bien el lugar.
Según Víctor Hugo, hermano de la víctima e integrante del colectivo Luz de Esperanza, la hipótesis de que Francisco pudiera haberse lastimado o perdido en el cerro quedó descartada. La línea de investigación actual apunta a que probablemente fue desaparecido por grupos del crimen organizado que tienen campamentos instalados en esa parte de la costa de Jalisco.

El delantero que no podía rematar de cabeza
“Iba a la secundaria cuando empezó a entrar en depresión. Llegaba de la escuela, comía, hacía la tarea y no salía del cuarto. Tomaba agua, iba al baño, pero seguía sin salir. Estaba siempre enojado, ya no veía la televisión conmigo ni con sus hermanas. Hasta que un día yo me encerré con él en su cuarto y le pregunté qué le pasaba, por qué estaba así”, recuerda Socorro Gil Guzmán sobre su hijo, Jonathan Guadalupe Romero Gil.
“Por favor, entiende”, le dijo. “Voy a morir aquí encerrado. El fútbol es mi pasión, es mi vida. Y si yo me muero jugando fútbol, pues me voy a morir contento”.
“Entiéndeme tú a mí”, le contestó su madre, “tengo miedo de que te pase algo. Que te vayan a dar un balonazo en la cabeza y te vayas a quedar ahí. Te vayas a morir. Yo me solté a llorar y él nada más se me quedaba viendo. Soñaba con ser un futbolista profesional. Entonces, ese día le dije que sí, que lo iba a dejar jugar fútbol”.
Socorro le pidió prometerle que, cuando jugara, no se iba a distraer. Siempre debía patear el balón, no podía pegarle en la cabeza. “Desde ahí empezó a jugar. Le soy sincera, nunca lo fui a ver. Tuve miedo de que le pasara algo estando yo ahí”.
A los 11 años, el automóvil en que viajaba Jonathan con su tía chocó contra un autobús Estrella de Oro; el carro sufrió pérdida total. Su cirugía craneal duró siete horas; cuando terminó, parecía que tenía una diadema de oreja a oreja, recuerda su madre. Había tenido pérdida de masa encefálica: sufriría en los siguientes años problemas de memoria, y pasaría el resto de su vida sin un fragmento del cráneo.
Jardín Palmas era el nombre del equipo con el que jugaba de manera profesional en los campos Aguirre. Los lunes, miércoles y viernes, Jonathan se iba a la cancha de la Crom —una de las principales de Acapulco, cercana al zócalo— para integrarse a un segundo equipo, llamado Argentina. Su posición era de delantero, su meta era marcar gol.
Durante la preparatoria, Jonathan trabajaba como mesero y, cuando no podía ver los partidos de su amado Cruz Azul, llamaba a su mamá para que le contara cómo iban. El Barcelona era su otro equipo favorito y admiraba a dos jugadores: Messi y Ronaldinho. Se despertaba a las cuatro de la mañana solo para ver los encuentros de las ligas internacionales.
“’Voy a disfrutar mi segunda oportunidad de vida al máximo, voy a vivir la vida. Lo que tenga que vivir lo voy a vivir, lo que tenga que hacer lo voy a hacer. Y lo que no, pues no’, decía, pero pues no entendió que no tenía que jugar fútbol”, cuenta Socorro, quien ha recorrido el estado de Guerrero para buscar a Jonathan, desaparecido a los 25 años el 5 de diciembre de 2018 en Acapulco.
Esa noche iba a jugar con los “argentinos”, pero fue detenido por policías municipales junto a su amigo Carlos Ignacio Rojas, a quien encontraron asesinado al día siguiente. La madre de Jonathan asegura que eliminaron las pruebas —como un video que muestra a los policías arrojando desde su patrulla el cuerpo sin vida de Carlos— dentro de la fiscalía. Hay por lo menos nueve policías implicados en la desaparición de su hijo y el crimen de su amigo, afirma.
Socorro sufrió amenazas y persecución, le mandaban mensajes pidiéndole que dejara de presionar a la fiscalía por la implicación de los policías, llegaron a decirle que a su hija también la desaparecerían. La familia tuvo que salir de Acapulco a los tres meses de que se llevaron a Jonathan. Volvieron cuatro años después, no para exigir justicia, sino con la esperanza de encontrarlo, para lo que Socorro fundó la colectiva Memoria, Verdad y Justicia.
Jonathan jugaba desde muy chiquito. En la escuela, en la cerrada donde vivía, siempre pateaba la pelota o las piedritas del camino. En su casa tampoco soltaba el balón; cuando llegaba, volaban vasos y trastes, y él se escondía detrás de la puerta. Desde la ventana de un quinto piso, Socorro veía cómo se iba, sin avisar, a la cancha de la escuela; le gritaba que volviera, que no podía jugar fútbol. Pero un día le compró una pelota de marca, con la que soñaba, y esa noche Jonathan durmió bien abrazado a su nuevo balón.
“Siempre pensé que lo traía en la sangre”. A Socorro también le gustaba mucho jugar fútbol desde la primaria. Cuando estaba embarazada, le decía siempre: “Seguro vas a ser futbolista porque das muchas patadas”.
El último día que jugó fútbol, lo hizo como nunca. Estaba tan contento que se aventó dos partidos, le contó un amigo de Jonathan a Socorro, quien guarda dos balones del Cruz Azul para cuando regrese. Se los presta a los sobrinos de su hijo y piensa que él estaría feliz enseñándoles a jugar, a lo mejor ya los hubiera metido a un equipo.
A principios de abril de este año, el colectivo Memoria, Verdad y Justicia tuvo una búsqueda en el Semefo de Acapulco. Socorro estaba segura de haber reconocido el cuerpo de Jonathan. A un cráneo le faltaba un fragmento del hueso frontal; tenía la misma fractura que su hijo. Hace unos días le confirmaron que eran sus restos. Habían sido hallados desde 2022 por los forenses, pero hasta ahora le hicieron pruebas genéticas.
No hace mucho que Socorro comenzó a sintonizar de nuevo los partidos del Cruz Azul. Se compró una playera del equipo y vio el juego con sus hijas. “Lo vamos a ver en honor a mi hijo, para que esté presente aquí”, les dijo.

El aficionado de las Chivas que se enamoró de una seguidora del Atlas
Planeaban casarse. Se conocieron hace catorce años, cuando José Luis trabajaba en un taller mecánico que estaba a la vuelta del negocio familiar de Gabriela, una cafetería. Un buen día, el joven de 26 años tuvo el ánimo suficiente para invitarla a salir, y pronto descubrieron que los unía la afición por el fútbol. El único problema era que él le iba a las Chivas y ella al Atlas, dos rivales históricos de la ciudad de Guadalajara.
Gabriela se dio cuenta de que José Luis era el hombre indicado cuando, sin poner excusas, accedió a acompañarla al Estadio Jalisco, la casa de los rojinegros. Pero al vestirse no hizo concesiones porque, así como en la vida, en el amor hay que saber poner límites: jamás usaría la camiseta de su archienemigo.
“¿Qué vas a apostar?”, se preguntaban cada vez que los dos equipos se enfrentaban. Hoy, Gabriela ya no ve los partidos ni va a la cancha. Cuando viajaban fuera de Jalisco, procuraban visitar los estadios de los equipos locales: el Azteca del América, el Universitario de los Pumas, el Corregidora del Querétaro, y el Olímpico del Cancún. La idea era conocer el mayor número posible, pero también eso quedó pendiente.
La desaparición de José Luis Guzmán Rodríguez ocurrió el 25 de marzo de 2023 en el municipio de Zapopan, dos meses después de que pidiera la mano de Gabriela Valdivia Madrigal, y cinco antes de su boda, planeada para agosto. Aquel sábado no le tocaba trabajar, pero uno de sus clientes le ofreció dinero extra para que fuera a su casa, en la colonia Ciudad de los Niños, a reparar uno de sus carros.
La cámara de los vecinos captó a un grupo de nueve hombres vestidos de negro que entraron al domicilio unos segundos después que José Luis. Abrieron la cochera, guardaron la bicicleta en que llegó, y metieron la camioneta en que arribaron. Luego, de la cochera salió el mismo vehículo seguido de una moto y otra camioneta que robaron del domicilio; todo sucedió en menos de siete minutos. En alguna de esas furgonetas iba José Luis, quien hasta la fecha no se sabe dónde está. A pesar de que el cliente lo había contratado como mecánico desde hacía más de quince años, Gabriela asegura que aportó poca información y no quiso declarar sobre lo ocurrido.
Aunque agosto llegó y la boda no se celebró, Gabriela se refiere a José Luis como su esposo. Cuando tuvo que escoger una foto para la ficha de búsqueda que el colectivo Luz de Esperanza iba a difundir, José Luis salía en la mayoría de las imágenes con la playera de las Chivas. Tenía una por cada torneo que el Rebaño Sagrado iniciaba. Todas se las había regalado Gabriela en aniversarios, navidades y cumpleaños. Para la fecha en que debían casarse, las Chivas estrenaban el nuevo jersey rayado de la temporada 2023-2024. “A la mera hora, ya pasando la emoción de la boda y los preparativos”, supone Gabriela, “le hubiera regalado esa camiseta también”.

Los hermanos que compartían la cancha
De no haber ido a jugar fútbol aquel 16 de enero de 2020, quizá Jesús Daniel Sandoval León no estaría desaparecido, dice su hermana Paula. Fue la rutina de cada jueves, siempre a las nueve de la noche, en una cancha cercana a los abarrotes El Florido, al este de Tijuana, lo que probablemente permitió a sus captores saber cada movimiento de Jesús y de su hermano, a quienes se llevaron cuando llegaban de visita a la casa de sus padres después de un partido.
Siempre habían jugado, desde chiquitos, en equipos de fútbol de alguna liguilla. Ya de grandes, no importaba qué tan saturada tuvieran de tareas la semana, siempre hacían un hueco para sumarse a partidos donde batían la cancha junto a primos, cuñados, y amigos de la misma colonia.
Hoy, Paula ya no recuerda ni cuál es el equipo favorito de sus hermanos. Entre menos sepa de fútbol, mejor. “Lo cierto es que, por más aversión que tenga ahora hacia este deporte, el fútbol no tuvo la culpa; la tuvieron las autoridades coludidas”, agrega la fundadora del colectivo Familiares Unidos Buscando a Nuestros Desaparecidos.
Las cámaras de videovigilancia muestran que los mismos hombres armados que bajaron de tres camionetas para detener a los hermanos estaban también afuera del campo de fútbol vigilándolos, con ropa de civiles, y sin ponerse aún los chalecos antibalas con siglas de la Policía Federal que usarían minutos después, cuando se los llevaron, corporación que días antes había dejado de operar.
Un par de horas más tarde, Paula recibió una llamada de los secuestradores, una banda que actuaba en la zona —de la que se ha logrado detener a ocho personas—; pedían una gran suma de dinero. Como pudo, con los bancos cerrados y a altas horas de la noche, la familia consiguió el efectivo para el rescate, pero solo regresaron a uno; faltaba Jesús. Hasta la fecha, el hermano que fue liberado carga con profundas secuelas emocionales y psicológicas; es por eso que ha pedido resguardar su identidad.
“No, señora, nosotros no hicimos ningún operativo ni hemos detenido a sus hermanos”, le respondieron a Paula cuando marcó a la policía local pensando que todo se trataba de un malentendido.
A los pocos minutos de colgar, entró al celular de Paula una llamada de un número desconocido: “Ya nos dijeron que andan haciendo llamadas a las autoridades. No les va a servir de nada, nadie les va a ayudar. Nosotros le pagamos piso al gobierno para poder secuestrar aquí”.
Los secuestradores pedían más dinero para que Jesús regresara con vida. Mientras las negociaciones seguían, una patrulla con los logos de la Policía Federal, que nadie había solicitado, vigilaba la casa de la familia Sandoval.
A pesar de que entregaron el dinero del segundo rescate, Jesús, estudiante de derecho de 26 años cuando desapareció, aún no regresa. A veces portero, a veces delantero, desde los cinco años su mayor diversión era salir con su balón viejo y desgastado a la cancha. No le importaba que cada partido fuera la burla de su familia debido a que, por más ganas que le echara, su equipo siempre perdía.
Por eso, dice Paula, Jesús estaría feliz de que México sea una de las sedes del Mundial. “Lamentablemente no le tocó verlo. Y lo que más me molesta es que no es posible que una institución con tanto poder político y monetario como la FIFA, esté siendo tan omisa sobre lo que pasa en nuestro país. Si les interesara aunque sea un poquito, yo creo que tendrían el alcance para ayudarnos a visibilizar la ausencia de nuestros desaparecidos”.

Los jugadores estrella de los Lochos
Los Lochos, el equipo de fútbol del barrio El Fortín de Tixtla, Guerrero, quedó campeón tres veces seguidas en la liguilla local. Disputaron su última final en las canchas de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, donde los jugadores clave para el triunfo fueron Adán Abraján de la Cruz —portero de 24 años— y José Ángel Campos Cantor —delantero de 33 años—.
Mientras uno defendía el arco, el otro anotaba los goles. Así era desde antes que Adán entrara al equipo cuando era un estudiante de secundaria: ambos crecieron en la misma calle y hacían dupla en las cascaritas.
Los Lochos dejaron de ganar partidos cuando, en julio de 2014, casi un año después de haber quedado campeones, Adán y José Ángel decidieron ingresar juntos a la Normal de Ayotzinapa porque el trabajo en el campo ya no era suficiente para alimentar a sus familias.
Dentro de cuatro años, como en la escuela había canchas para practicar, podrían regresar al barrio para seguir jugando en el equipo. Pero todo cambió en la noche del 26 de septiembre de 2014, cuando los dos amigos fueron desaparecidos junto a otros cuarenta y un normalistas: los Lochos se desintegraron porque sus miembros ya no quisieron mantener el equipo después de la desaparición de sus jugadores estrella.
La hija menor de José Ángel no conoce a su papá, nació poco después de los hechos de Iguala. Hoy tiene once años y se llama Gabriela. Aunque ella prefiere el basquetbol, sus tíos le dicen que sería muy buena futbolista. Ese gusto de su papá por los deportes también lo lleva dentro, dice orgullosa Blanca González, su madre. Cuenta que cada vez que la ve correr por la cancha, reconoce en su hija la misma emoción con la que José Ángel jugaba sus partidos.
América es la hija mayor. Se prepara para ser maestra de preescolar. Fue ella quien heredó el sueño de José Ángel de ser maestro. Se llama así por el equipo favorito de su padre, gran admirador de Cuauhtémoc Blanco, uno de los mejores centrocampistas de México, quien fue fotografiado durante su gestión como gobernador de Morelos junto a tres líderes criminales; uno era Irving Eduardo Solano Vera, el Profe, integrante de Guerreros Unidos y señalado por las autoridades como posible implicado en la desaparición de los normalistas.
Coincidencia o no, Adán decidió ponerle a su hijo mayor el mismo nombre del compañero con quien creció jugando fútbol: José Ángel. Desde los 16 años, asumió junto a su esposa, Érica de la Cruz, la responsabilidad de sacar adelante a su hijo y, más tarde, a su hija Allison.
Lo pambolero lo sacó de su padre, el señor Bernabé Abraján. Desde chiquito, adondequiera que iban, se lo llevaba cargando. A la tienda, a la milpa, a caminar por el campo, y cuando se les atravesaba un balón, se ponían a jugar. Así, Adán fue aprendiendo los movimientos y las jugadas de su padre. Por los problemas de circulación y las enfermedades que Bernabé desarrolló tras la desaparición de su hijo, ya no volvió a practicar fútbol. La última vez que lo hizo fue poco después de que se llevaran a los normalistas, cuando en algunos actos políticos se ponía a jugar cascaritas con otros familiares.
“A veces me pongo a pensar que todo lo que mi hijo soñaba ya no se hizo”, lamenta Bernabé. “Pero, como quiera, nosotros tenemos la confianza de que algún día van a regresar. Para que, ahora sí, Adán y José Ángel puedan volver a ver a sus familias y, si todavía tienen la capacidad de correr y jugar, pues que vuelvan al fútbol”.

El goleador que organizaba quinielas en familia
Como centro delantero y como goleador; jugando cascaritas en equipos de siete o ganando ligas barriales; como fanático de Cristiano Ronaldo, del Real Madrid y de las Chivas; haciendo quinielas, asistiendo a los estadios, o viendo por televisión los partidos; en torneos de simulación por Xbox o en la calle; tras salir del trabajo o en sus días de descanso. De todas las formas posibles, Héctor Adrián Águila Corona vive el fútbol, lo lleva en la sangre.
A los seis años, heredó de su padre y de su abuelo la pasión por el deporte más popular de México; lo aprendió a jugar y se convirtió en goleador estrella. Sus anotaciones eran narradas en las finales de los torneos interligas amateur, en las que triunfaba su equipo gracias a su destreza con el balón.
Hasta el 21 de julio de 2023, cuando Héctor Adrián, de 27 años, salió con sus amigos a jugar un torneo de la FIFA en Xbox y no volvió a casa. “Cada semana hacía sus viernes sociales, a veces tocaba aquí en la casa, muy contados sus amigos de mi hijo, hacían un torneo de fútbol en el Xbox. Y ese día tocó en Hacienda San José, donde vive uno de los amigos de mi hijo, en las espaldas del Iteso”, relata su padre Héctor Águila Carvajal, quien forma parte del colectivo Luz de Esperanza.
Geógrafo de profesión, egresado de la Universidad de Guadalajara, Héctor Adrián es un apasionado en todo lo que hace y el fútbol no es la excepción. En los mundiales de Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar, disfrutó los partidos con su familia y organizó quinielas en las que pedía con todas sus fuerzas que no le tocara Argentina porque no le gustaba ese equipo.
“Nos desvelábamos con botana y una cerveza o dos para disfrutar, y ‘pues que va a jugar Ecuador contra Inglaterra, pero va a ser a las dos de la mañana’. Y otro decía: ‘No le hace, es del Mundial, lo vemos’. Y pues en la familia, con mis primos, hacíamos la quiniela ya cuando quedaban ocho equipos, y pues a 50 pesitos la quiniela. Eran de mucha pasión los mundiales, una pasión muy bonita. Lo quieren mucho a mi hijo, sus tíos, mis primos, y están sufriendo igual que nosotros por la falta de él. Ahorita no se hacen quinielas, ahorita no se ven casi partidos con la misma pasión. Nos hace mucha falta”, dice el padre buscador.
Cuando desapareció en la colonia Hacienda San José, en el municipio de Tlaquepaque, Héctor Adrián trabajaba en la Comisión Nacional Forestal, pero ser funcionario no ayudó en el caso. Su reporte —sin una explicación oficial, salvo la afirmación de funcionarios federales de que el gobierno de Jalisco no lo informó— no fue incluido durante dos años en el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas y, pese a que su mejor amigo está detenido por presunta participación en los hechos, hasta ahora la familia desconoce el paradero del pambolero.
Héctor Adrián es hincha del Guadalajara, por varios años compró sin falta su chivabono anual para no perderse ningún partido ni la playera oficial. En 2023, cuando llegó el paquete que garantizaba su entrada a todos los encuentros en el Estadio Akron, hoy sede mundialista, ya había desaparecido. Tres años después, el paquete sigue intacto, a la espera de que regrese, para que porte la camiseta de sus Chivas y sus padres puedan tenerlo de vuelta en casa.

La seguidora del Cruz Azul que cambió el fútbol por el box
“Soy María del Rocío Fragoso Granada. Y ando buscando a Karen Estefanía Domínguez Fragoso. Ella es mi hija. Desapareció el 27 de octubre de 2018 —en la colonia La Tinaja de la alcaldía Cuajimalpa, en la Ciudad de México—. Tenía 23 años. Se fue a trabajar y era sábado; salía a mediodía. Sí llegó a trabajar, pero ya cuando salió, nadie sabe de su paradero”.
Karen Estefanía tenía dieciocho años cuando se metió al fútbol. Saliendo de la prepa se iba a entrenar con el equipo Dos Ríos, con el que jugó dos partidos; un día, al volver a casa, le contó a su madre cómo una compañera más grande la empujó con fuerza y se cayó. “No, no te metas. Te van a lastimar. Te pueden cobrar un pie”, le dijo María del Rocío. Pero a ella le gustaba la adrenalina en los deportes, así como le encantaba viajar en su moto. “Pues mejor busca otra actividad que no sea esa, por lo mismo de que te pueden lastimar”, le pidió su madre, que temía por su hija, “tan delgada”.
“Y por eso ella buscó el box”. De mal en peor, según su madre. Pero a Karen le hacía feliz.
Un día, boxeando en una fiesta patronal, Karen pensó que se le caían los dientes. “Te los van a tumbar”, le decía María del Rocío, preocupada. Su hija la culpó por meterle ese miedo, porque lo que había visto salir de sus labios era su protector bucal. Igual siguió boxeando.
Cuando cursaba la prepa, Karen llegó un día emocionada a su casa porque se había aventado desde el tercer piso de la escuela en una tirolesa, como parte de un ejercicio de protección civil. Al día siguiente, dijo, lo volvería a hacer. “Era muy aventada”, recuerda su madre. Pero cuando se iba a tirar, llegó su maestra y le pidió: “No, Karen, dame chance. Yo quiero primero”. Se puso el equipo, se amarró, pero al lanzarse se rompió el lazo. La maestra cayó de la tirolesa; no sobrevivió. “Yo ya me había puesto el equipo y, como me insistió, pues se lo dejé”, le dijo Karen a su madre ese día.
El gusto por el fútbol le nació de ver a sus tíos y a su padre, y también a los vecinos, que siempre andaban jugando. Cada ocho días organizaban las cascaritas. Eran devotos del fútbol llanero. Así fue como empezó a patear el balón.
Karen veía los partidos con su familia. Su hermano le iba a las Chivas; ella y su papá al Cruz Azul. “Se peleaban con mi hijo y ya se imagina, cuando jugaban como rivales, peor”. Karen tiene su uniforme y los tacos —botines de fútbol— del equipo de la Máquina Celeste.

El centrocampista del Atlas que rechazó a las Chivas
Como parte de las fuerzas básicas del Atlas, Gerardo Antonio Escareño Benítez, una joven promesa, juega en la media cancha y, en un rebote de la defensa, sin que el esférico toque el césped, prende la pelota con el empeine. Atlas contra Guadalajara. Gol a las Chivas.
Atlas gana el partido con dos goles de Gerardo y se corona campeón. Hugo Hernández, entrenador del Guadalajara, se acerca al padre del jugador, Jesús Escareño Pérez. Le entrega su tarjeta y le dice: “Mire, señor, en el Atlas no pierda su tiempo. No va a llegar su hijo a jugar en primera división. ¿Por qué no se pasa acá con nosotros a las Chivas?”.
Gerardo regresa a casa y escucha lo que el entrenador de las Chivas le ha dicho a su padre, que se compromete a apoyarle, a que llegue más alto. Quiere que debute en primera división. “Ese era mi anhelo y mi deseo”, cuenta Jesús.
“No, apá”, contesta Gerardo. “Yo de las Chivas no quiero saber nada”. Lo que pasa es que tenía la rivalidad metida en el corazón y en la sangre, dice su padre.
A los cinco años, Jesús llevó a Gerardo a un partido entre los dos equipos profesionales de Guadalajara. “A mí me gustan más los rojinegros”, dijo el niño. Aunque su padre insistió en que las Chivas también eran buenas, no cambió de opinión. A los 15 años ya formaba parte de las fuerzas básicas del Atlas.
Por más bien que jugara, a Gerardo no lo promovían en el Atlas. Jesús le preguntó al entrenador César Andrade Hernández —exjugador del equipo— qué le hacía falta a su hijo. Técnica, le respondió. Una respuesta tonta, considera, por la calidad que todos veían en su juego. “¿Cuánto quiere para que debute mi hijo?”, encaró la madre al entrenador, quien respondió, ofendido, que no se vendía. “No, profesor. No nos hagamos. Ustedes suben a los que quieren y a los que mejor les caen. Y nosotros pensamos que hay mano negra”. Desde ese día, Gerardo no pisó ni la banca.
Decidió entonces entrar a “la talacha”, un negocio del fútbol amateur que mueve decenas de miles de pesos por partido, en el que participan exjugadores profesionales y jóvenes promesas que no llegaron a la primera división. Se dedicaba también a la venta de playeras de fútbol. El jugador Martín “Toqui” Castañeda, del Atlas, le regalaba sus camisetas para que las vendiera. Ponía su puesto en cuatro o cinco tianguis diferentes.
La tarde del 27 de junio de 2023, dos amigos de su barrio, en la colonia Heliodoro Hernández Loza de Guadalajara, le invitaron a tomar unas cervezas. Estaban fuera de una casa cuando llegaron una pick-up blanca de doble cabina, y un carro entre amarillo y color oro. Salieron varios hombres, que los amedrentaron con armas largas y solo se llevaron a Gerardo en la camioneta. También robaron el automóvil de Jesús. Fueron testigos sus familiares y vecinos. A los tres días, encontraron el coche desmantelado, en una zona vigilada por las cámaras del C5; Jesús tuvo que pagar una grúa para llevárselo.
Cada vez que vuelve a la fiscalía por noticias de su hijo, que tenía 31 años cuando fue desaparecido, le dicen que no hay avances. “¿Qué quiere que haga?” le preguntó un día su ministerio público. “Licenciado, pues su trabajo”, respondió.
La madre de Gerardo enfermó de gravedad después de su desaparición. Tiene diabetes tipo 1; perdió la vista y el oído, y está muy delgada, dice Jesús.
“Te voy a ser sincero y franco, ya no nos apasiona el fútbol como cuando estaba Gerardo”, afirma su padre. Pero el hijo del jugador, y también los hijos de su hermana, heredaron el gusto por la cancha y han logrado un buen nivel.

El Toro de Naucalpan, un defensa que no renuncia a marcar gol
Sus compañeros, por su forma de jugar tan aguerrida, lo apodan el Toro. “Es muy luchón, iba a por todas”, dice Arturo sobre su hermano y compañero de equipo, Luis Fernando Durán Tovar. Se movía rápido hacia quien tuviera el balón. En el brazo izquierdo lleva tatuado un búho, y en la pierna derecha la cabeza de un toro. “Mis Tuzos”, dice siempre sobre su equipo del alma.
En los sueños de su familia, Luis Fernando estaba en lugares con mucha vegetación, parecidos a ranchos. Eran las primeras semanas después de su desaparición. Sueños sobre qué le habrá pasado, dónde se encontrará, cómo estará.
Luis Fernando es veterinario, y el pasado febrero cumplió 36 años. Su trabajo consiste en visitar ranchos, farmacias, vender alimento y medicamentos; dar seguimiento a la gestación de las vacas y comprobar la calidad de la producción de leche. Entró hace tres años a la empresa Melder, dedicada a la nutrición animal. Se había mudado a Guadalajara en 2022, pero viajaba constantemente por su trabajo. En Michoacán se hospedó en el hotel Posada Navideña y después salió a su ruta. El GPS de la camioneta Renault en la que se trasladaba marca como punto final el municipio de Aquila, donde fue visto por última vez el 15 de marzo de 2026. El vehículo fue encontrado tres semanas después, calcinado.
Erasmo y Rosa, sus padres, personas mayores, tienen que trasladarse desde el Estado de México a Morelia, donde se abrió la carpeta de investigación, para preguntar sobre los avances. Han encontrado múltiples inconsistencias, como errores en el registro del nombre y la fecha de desaparición, lo que provocó que se difundiera su ficha de búsqueda con datos inexactos. Dicen que la Comisión Nacional de Búsqueda, la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de Michoacán y la fiscalía estatal no se ponen de acuerdo; solo han realizado trabajo de escritorio y no han realizado un solo operativo de búsqueda o investigación en campo.
Arturo piensa que, a lo mejor, no es tan bueno en la cancha como su hermano Luis Fernando. Jugaban juntos en el equipo Halcones de Naucalpan. En la semifinal de la tercera división contra las Panteras, un partido decisivo, Arturo entró como titular al inicio. No recuerda si ganaron o perdieron, pero no olvida cómo lo animó su hermano a darlo todo en el campo.
Su padre era el entrenador del equipo juvenil en el que Luis Fernando comenzó a jugar a los 13 años, el Buggy Junior de Naucalpan. Después entró a las fuerzas básicas del Necaxa y llegó con los Halcones a tercera división. Era tan bueno en el campo, como defensa y portero, que fue seleccionado para hacer pruebas en Perú y Uruguay, pero no pudo reunir el dinero para los viajes. Jugó con los Titanes de Tulancingo, un equipo de segunda división, y después se dedicó a las ligas amateur del Estado de México.
En las semanas previas a su desaparición, Luis Fernando le mandaba mensajes a su hermano: “Mira, metí un gol”. El fútbol, dice Arturo, era lo único que lo distraía de la rutina diaria, y de los pesares del corazón. Cree que, de no ser por el dinero y la edad, habría sido futbolista profesional.

El adolescente que sueña con las grandes ligas
José Adrián Padrón González tiene una camiseta del equipo de Argentina que le gusta mucho. Se la regaló la señora con la que trabajaba en un puesto de hamburguesas. Acostumbraba ponérsela cuando iba a jugar partidos de fútbol llanero. A los 12 años, cuatro antes de su desaparición, ya tenía muy claros sus sueños: quería ser boxeador, y dedicarse profesionalmente al fútbol.
Los jueves, sábados y domingos jugaba una cascarita, y partidos cada ocho días. Iba mucho a las canchas de la Unidad Deportiva Gobernadores, en Celaya.
Ocupaba las posiciones de portero o delantero. A José Adrián le gustan también las camisetas del América, y las del equipo de México, que le pedía a su padre, Adrián Padrón, más aún cuando se celebraba un Mundial. Se emocionaba mucho. Iba a billares donde ponían los partidos o los veía en casa con su familia.
Un sábado, el adolescente salió de su casa, alrededor de la una de la tarde. Le apasionan las motos, y ese día había una carrera; llegó a un rancho llamado San Miguel, en el municipio de Celaya, el último dato que tuvieron sus padres de su paradero. Era el 15 de marzo de 2025.
Su padre dice que la fiscalía estatal se está lavando las manos, que no han recibido ayuda de su parte. En un año y medio solo han organizado una búsqueda, y continúan a la espera de que les entreguen la sábana de llamadas, los registros del celular de José Adrián. Los familiares forman parte del colectivo Siguiendo tus Pasos Guanajuato.
“Mi niño era bien apasionado del fútbol”, recuerda su madre, Angélica. “Siempre me decía: ‘Mamá, acompáñame, llévame’. Y ahí estábamos con él. Cuando íbamos a sus partidos era bien emocionante porque decía que lo viéramos, que le aplaudiéramos. Para nosotros, ese niño era bien alegre, bien contento. Son muchos los recuerdos que nos dejó. Y aun así, seguimos de pie y con mucha fe de que lo vamos a encontrar. Y con vida. Esperemos en Dios que regrese para que siga cumpliendo sus sueños”.
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