En promedio, 413 personas se quitan la vida cada año en este estado; más de una cada día. La cifra traza una presencia constante en la vida cotidiana de Chihuahua, discreta pero persistente.
El peso de estas cifras no reside solo en su frialdad estadística, sino en lo que nos obligan a mirar: comunidades donde la desesperanza se puede instalar en lo cotidiano, donde los hombres se asfixian en silencios impuestos y donde la juventud, sin redes suficientes, enfrenta su angustia desesperada.
En Chihuahua, la tragedia del suicidio no es solo un fenómeno individual, sino un espejo que refleja heridas colectivas: la precariedad de nuestras herramientas emocionales, el aislamiento autoimpuesto como paisaje íntimo, la incapacidad de tender puentes hacia quienes calladamente se desmoronan.
Por *Alberto Hernández y **Javier Armendáriz para Raíchali
Ya he descansado
un poco, lo confieso,
yo partí sin despedirme,
pero es que en mi corazón
no cabían ya más flores,
en mi corazón no entraba
ya el duro secreto de la vida.
-Javier Heraud
El trazo sobre el papel parece una herida abierta. La línea que representa a Chihuahua asciende y se curva, se eleva sobre las demás con la calma impasible de una realidad espeluznante. Su forma no engaña: señala un camino constante hacia la tragedia que, año tras año, transitan cientos de vidas.

Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento, dijo Baudelaire, y así podría describirse el paisaje que refleja esta gráfica: entre 2011 y 2023, Chihuahua ha sostenido, con cruel consistencia, una de las tasas de suicidio más altas del país. Cuando no lidera, acecha desde el segundo peldaño. Si miramos en conjunto estos años, la cifra es definitiva: Chihuahua ocupa el primer lugar absoluto a nivel nacional en la tasa acumulada de suicidios, con 11.2 ocurrencias por cada cien mil, el doble que la nacional, según las Estadísticas de Defunciones Registradas del Inegi. Una constancia inquietante y una estadística que hiela la sangre.
“Una angustia psicótica”, dijo Bertha Blum, investigadora de la UNAM, para describir la euforia que deriva en actos suicidas. Una ansiedad tan abrumadora que rebasa al individuo al punto en que atentar contra la propia vida pareciera la única solución.
En promedio, 413 personas se quitan la vida cada año en este estado; más de una cada día. La cifra traza una presencia constante en la vida cotidiana de Chihuahua, discreta pero persistente. El fenómeno no es desconocido en la región. Cada año, cuando las estadísticas se actualizan, el tema genera titulares y se coloca momentáneamente en la discusión pública. No obstante, la tendencia no se detiene.
–Desafortunadamente aún existe la idea de que hablar del suicidio puede incitar a las personas a cometerlo y la gente evitar hablar al respecto– señala Édgar Rodríguez, coordinador del Centro de Apoyo Vital Psicológico “Kikawi”, una iniciativa que busca en brindar apoyo psicológico preventivo en Parral y sus alrededores.
Así, en los pueblos y ciudades de Chihuahua, la estadística se integra silenciosamente en la atmósfera que acompaña al paso de los días. Más que una fatalidad ineludible, es un fenómeno que crece en las grietas del desierto social: en la soledad, en las escasas herramientas para gestionar la salud mental, en el peso invisible que cada persona carga en su fuero interno.
Un problema (mayormente) de hombres
Si en el primer gráfico la tragedia colectiva trazaba su ruta, aquí, la desproporción adquiere rostro y género. Mientras que cada año los suicidios femeninos aparecen en decenas, los masculinos se mide en centenas. Entre 2011 y 2023, el 80% de los suicidios consumados en la entidad fueron de hombres. Más de cuatro mil casos en doce años. El horror no reside sólo en el número, sino en lo que revela: la precariedad emocional de quienes fueron educados para callar, para resistir, para no pedir ayuda.
Desde la infancia, los hombres en Chihuahua —como en muchas otras partes— empiezan a habitar una camisa de fuerza restrictiva que los mantiene erguidos, correctos, invulnerables. Cuando crecen, la camisa sólo se ajusta más y más. Apenas permite respirar. Evita tejer puentes que lo mantengan a uno a flote. Una camisa que, de tanto tiempo portándola, con frecuencia ni siquiera se sabe que se lleva puesta, aunque sus costuras aprieten el pecho cada vez que se quiere nombrar la tristeza o se necesita pedir ayuda. Años después, cuando la angustia los inunda, los varones se descubren a sí mismos incapaces de buscar auxilio: la camisa está demasiado ceñida y sus costuras se han fundido con la piel. El silencio se vuelve su única posibilidad, y hace que año tras año, ellos aporten cientos de casos a la estadística.

La antropóloga Rita Segato llama “mandato de la masculinidad” a la expectativa cultural a la que los varones deben ceñirse para entrar en las delimitaciones de lo que es ser hombre. Cumplir el mandato implica la aceptación del individuo como hombre y los beneficios que dicho estatus trae consigo. Sin embargo, también hay un costo:
“(…) considero que las primeras víctimas del mandato de masculinidad son los hombres. Creo que eso se confirma con el hecho de que los hombres viven menos en todos los países del mundo. Sufren y no pueden percibir su propio sufrimiento, por lo que tampoco pueden tratarlo” .
Ser hombre en la región implica cumplir con reglas no escritas pero claramente definidas desde el espacio social, la cual se organiza con la verticalidad propia de las jerarquías. Los distintos ámbitos de la vida se vuelven campos de una competencia perpetua. La virtud se alcanza a través del trabajo duro. Las dificultades se atraviesan con estoicismo. Las penas se llevan con discreción y silencio. El llanto es motivo de vergüenza. El alcohol y la ira son de las pocas vías de escape aceptables para el dolor, o la frustración, o cualquier otra sensación desagradable y tan desconocida que con frecuencia carece de nombre.
La violencia autoinfligida
Rodríguez apunta que, en la desproporción de suicidios consumados en varones, la elección de los métodos elegidos juega un papel de peso. Las estadísticas confirman sus palabras: Las mujeres suelen usar métodos en los que la consumación toma tiempo y permite la atención médica. Señala el envenenamiento por ingesta de medicamentos como un ejemplo frecuente en los casos femeninos. Los hombres, en cambio, se decantan por métodos más violentos, como ahorcamientos y el uso de armas de fuego. Pareciera haber una tendencia hacia expresar la masculinidad incluso en la manera de extinguir la propia vida.

Para aquellos que se animan a buscar ayuda, su mundo interior se revela como un segundo desierto, uno intimidante y sin cartografía.
–Con frecuencia atendemos hombres que buscan ayuda por cosas que parecieran ser nimias, pero cuando comenzamos a trabajar descubrimos que cargan una ideación suicida muy fuerte que ni ellos mismos quieren expresar-, explica Ramírez.
El peso de la juventud
El peso del suicidio en Chihuahua recae, sobre todo, en los jóvenes. Es la juventud la que aparece más expuesta. No es la vejez con sus dolores acumulados ni las crisis tardías: es el ímpetu atolondrado de la adolescencia y los veintes tempranos, cuando todo es urgente, absoluto, sin matices. Esta edad en que los fracasos pesan más se revela como la más vulnerable; aún no se entiende que al final fracasar es intrínseco a vivir, las emociones se viven sin red y cualquier caída parece definitiva. La vida se presenta como un escenario imposible: demasiado ancho y, al mismo tiempo, claustrofóbico.
Ramírez lo ha observado. Apunta a falsas expectativas alimentadas por los medios de comunicación y que en última instancia se vuelven inalcanzables para muchos. Un buen trabajo. Éxito en lo sexoafectivo. Solvencia. Significantes que en la cultura contemporánea se perciben como sinónimos de autorrealización cuya ausencia genera un sentido de insuficiencia. En la edad de las decisiones impulsivas y de los afectos intensos los sueños de muchos parecen no cumplirse con la rapidez que se espera. Los contratiempos se confunden con una derrota total. Si para cualquiera la transición a la adultez es una travesía difícil, para los hombres esta travesía a través de años confusos también implica navegar la expectativa de ser fuertes, seguros e inquebrantables. Mientras la vida apenas comienza a enseñar sus primeras lecciones, a ellos ya se les pide que no duden, que no lloren, que no teman.

La gráfica no miente: ahí están las edades más susceptibles, concentradas en la primera parte de la vida. Las mujeres también aparecen en estos años, en menor cantidad, pero de forma igualmente precoz.
No se trata de un destino escrito, pero sí de un riesgo que acecha: el desamparo emocional de una juventud vertiginosa, que juega con fuego sin saberlo y que, en ocasiones, se consume antes de tiempo.
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El peso de estas cifras no reside solo en su frialdad estadística, sino en lo que nos obligan a mirar: comunidades donde la desesperanza se puede instalar en lo cotidiano, donde los hombres se asfixian en silencios impuestos y donde la juventud, sin redes suficientes, enfrenta su angustia desesperada. En Chihuahua, la tragedia del suicidio no es solo un fenómeno individual, sino un espejo que refleja heridas colectivas: la precariedad de nuestras herramientas emocionales, el aislamiento autoimpuesto como paisaje íntimo, la incapacidad de tender puentes hacia quienes calladamente se desmoronan.
Y, sin embargo, reconocer esta sombra es también el primer paso para resistirla. En noviembre de 2024 se expidió la Ley de Prevención, Atención y Posvención del Suicidio del Estado de Chihuahua, que significa un primer reconocimiento desde lo legistlativo a la gravedad del problema. En paralelo, iniciativas como el centro “Kikawi”, que se sostiene de donaciones, continúan en su cruzada por atender este dolor y mirar lo que suele permanecer oculto tras puertas cerradas. Hacer visible el tema posibilita recomponer los hilos de una comunidad lastimada, de cuidar, de acompañar, y construir nuevas formas de sostenerse.
A veces, incluso vivir es un acto de valor, recordaba Séneca. En Chihuahua, donde el desierto no es sólo geografía sino que puede volverse también estado de ánimo, el silencio se llena de fantasmas prematuros. Y sin embargo, la vida persiste en los amaneceres amplios del desierto. Las cifras dibujan una sombra larga, pero sus habitantes nos aferramos a un ímpetu que ha sabido crear hogares en paisajes inhóspitos, aunque la muerte nos siga cobrando vidas antes de tiempo.
Referencias
Estadísticas de Defunciones Registradas (EDR). Información Demográfica y Social. Instituto Nacional de Estadística y Geografía https://www.inegi.org.mx/programas/edr/
Entrevista con Bertha Blum y Vicente Zarco. Salud mental y suicidio estudiantil. Revista de la Universidad de México. https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/fb2802dc-49d1-4403-ae3a-b4d3500b8b8b/entrevista-con-bertha-blum-y-vicente-zarco
Rita Segado. 2018. Contrapedagogías de la crueldad.
https://alejandroquinteros.wordpress.com/wp-content/uploads/2021/04/rita-segato-contra-pedagogi-as-de-la-crueldad-pdf.pdf
*Alberto Hernández es demógrafo y especialista en análisis de datos. Colabora frecuentemente con instituciones de Naciones Unidas y organismos internacionales de asistencia humanitaria.
**Javier Armendáriz es periodista y escritor, ha sido acreedor de los premios Nelly Campobello y Oculus, y actualmente es parte de los Jóvenes Creadores del Sistema Creación (antes FONCA). Ambos son originarios de Parral, Chihuahua.

