¿Cómo se nombra, se escucha y se reconoce a niñas y niños en la sociedad?
Por Andrea Cárdenas*
Forografía de archivo. Raúl F. Pérez / Raíchali
El lenguaje es dinámico e histórico: cambia junto con los procesos que transitamos en comunidad. A veces lo hace de forma casi imperceptible; otras, esos cambios abren preguntas que nos invitan a detenerse. En los últimos años, distintos espacios —sociales, académicos, educativos, legales e incluso institucionales— han comenzado a dejar atrás términos como “infancia” o “menores de edad” para dar lugar a una palabra en plural: “niñeces”.
La transformación, más que una sustitución terminológica, se trata de una invitación a revisar cómo miramos, cómo nombramos y qué lugar damos a niñas y niños en la vida comunitaria. ¿Qué vemos cuando decimos “infancia”? ¿Qué cambia cuando decimos “niñeces”? ¿Quiénes quedan dentro y quiénes fuera de esas palabras?
Durante mucho tiempo, “infancia” funcionó como una categoría aparentemente suficiente para nombrar esta etapa de la vida. Sin embargo, su origen etimológico abre otra lectura. Proviene del latín infantia, derivado de infans: “el que no habla”. Esta raíz no es solo etimológica- lingüística. Durante siglos, esa idea se tradujo en prácticas sociales donde niñas y niños eran pensados como sujetos incompletos, con potencialidad de persona, en proceso, a la espera de llegar a ser.
El investigador Eduardo Bustelo señala que la niñez —en singular— ha sido construida como una categoría de dependencia y silenciamiento dentro del orden social. En ese marco, las voces de niñas y niños quedaron, muchas veces, subordinadas a la mirada adulta. Sin embargo, la experiencia cotidiana parece contrastar esa idea. Niñas y niños participan, hablan, preguntan, interrumpen, imaginan, opinan. Participan de la vida social de múltiples maneras, aunque no siempre sean reconocidos como personas interlocutoras válidas. Tal vez el problema no haya sido la ausencia de voz, sino las condiciones que históricamente limitaron su escucha.
En ese punto, algunas preguntas comienzan a aparecer: ¿cuánto de esa falta de escucha responde a formas adultocéntricas de entender el mundo? ¿Cuánto pesa la idea de que la experiencia adulta es la medida desde la cual se interpretan todas las demás? Estas formas de pensar no solo se expresan en grandes discursos. También aparecen en lo cotidiano. Frases como “los niños son el futuro”, repetidas con buena intención, pueden reforzar una mirada que desplaza su lugar en el presente. Si son el futuro, ¿qué lugar ocupan hoy? ¿Qué espacio tienen en las decisiones que les afectan, en los debates que los atraviesan, en las conversaciones que les nombran?
Pensar la niñez únicamente como una etapa de preparación puede implicar, sin proponérselo, ubicarla en el terreno de la potencialidad: lo que todavía no es, pero llegará a ser. En ese desplazamiento, el presente corre el riesgo de volverse secundario. Frente esta visión más homogénea, el término “niñeces” -en plural- comienza a abrirse camino. No necesariamente como una respuesta definitiva, sino como una forma de problematizar esa idea de una única niñez posible.
Hablar en plural permite reconocer que no todas las experiencias son iguales. Las trayectorias de niñas y niños están atravesadas por el territorio, la cultura, el género, las condiciones materiales, y estructurales, las historias familiares. Como plantea la socióloga Lourdes Gaitán, el uso del plural permite cuestionar la idea de una niñez universal y visibilizar realidades diversas que de otro modo quedarían invisibilizadas. El plural, en este sentido, no solo amplía la mirada. También introduce cierta incomodidad. Obliga a preguntarse ¿qué experiencias han sido históricamente más visibles, más reconocidas y cuáles han quedado al margen, o incluso silenciadas, borradas? Invita a reconocer que nombrar en singular puede, simplificar una realidad que es profundamente diversa.
El cambio en el lenguaje también se ha reflejado en el ámbito jurídico. Durante buena parte del siglo XX, el término más usado fue “menores de edad”, una expresión que definía a niñas y niños desde la carencia: por lo que aún no eran. Esta forma de nombrar estaba vinculada a una lógica de tutela y control.
El jurista Emilio García Méndez describe este enfoque como la “doctrina de la situación irregular”, en la que los llamados “menores” eran tratados como objetos de intervención antes que como personas sujetas con derechos propios.
Un punto de inflexión importante se dio en 1989 con la Convención sobre los Derechos del Niño, que reconoció por primera vez el derecho de niñas y niños a expresar su opinión y a ser escuchados en todos los asuntos que les afectan.
Este reconocimiento no solo tuvo implicaciones jurídicas, sino también simbólicas: puso en cuestión la idea de que la niñez es un tiempo de silencio. En México, este cambio se consolidó en 2014 con la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, donde el lenguaje también acompaña ese desplazamiento al reconocerlos como personas sujetas de derechos. Sin embargo, el cambio de palabras no resuelve por sí solo las desigualdades estructurales y sistémicas ni transforma automáticamente las prácticas.
El lenguaje abre posibilidades, pero no las garantiza. En ese sentido, más que ofrecer respuestas cerradas, tal vez lo más valioso sea su capacidad de generar preguntas. Hablar de “niñeces” es una forma de detenerse a mirar con más atención, de reconocer diferencias, de preguntarse por las voces que han sido escuchadas y por aquellas que aún buscan espacio.
Como planteaba Paulo Freire, nombrar el mundo es también una forma de construirlo. En ese gesto, las palabras no son neutrales, pero tampoco definitivas. Se transforman, se discuten, se resignifican. Quizás, entonces, el desafío no sea únicamente encontrar nuevas formas de nombrar, sino revisar las formas en que vemos y escuchamos.
Preguntarnos qué lugar damos a esas voces en el presente, no solo en el futuro. Más que esperar lo que niñas y niños llegarán a ser, es importante reconocer lo que ya son. Y en esa escucha —más atenta, más abierta, a veces incómoda— empezar a imaginar otras maneras de compartir el mundo.
*Andrea Cárdenas es Psicóloga comunitaria. Se especializa en procesos psicosociales y forenses con niñeces, juventudes y sus redes de cuidado

