Chihuahua

domingo 21 julio, 2024

A un año del asesinato de los jesuitas, comunidades rarámuri e iglesia exigen paz para la Sierra Tarahumara

Dos días después de una mesa de seguridad, en la que la gobernadora de Chihuahua intentó responsabilizar al gobierno federal de la crisis de seguridad en la Sierra Tarahumara, decenas de personas indígenas y no indígenas se congregaron en la comunidad de Cerocahui para recordar y rendir honor a los padres Gallo y Mora. Clérigos afirman que la muerte de su victimario, Noriel Portillo, alías “El Chueco”, no es sinónimo de justicia. Junto a las poblaciones rarámuri, exigieron un alto a las economías criminales que operan en la zona.

Texto de Óscar Rosales

Fotografías por Raúl F. Pérez y Claudio Grijalva

URIQUE, CHIHUAHUA. – “Que el Gallo, que Joaquín, que Pedro, Paúl, nos mantengan siempre indignados”, se escuchó decir al obispo Jesús Omar Alemán en el templo de San Francisco Javier, durante la misa del pasado 20 de junio. Frente al altar, los rostros sonrientes de los sacerdotes jesuitas, Javier Campos Morales, alias “el Gallo” y José Joaquín Mora Porras, junto al joven Paul Berrelleza, eran acompañados y observados por dos mujeres rarámuri.

Tan solo hace un año, en esa misma parroquia de la comunidad serrana de Cerocahui, los padres Gallo y Mora intentaron proteger a Pedro Eliodoro Palma Gutiérrez, un guía de turistas que era perseguido por José Noriel Portillo, alias “el Chueco”. El agresor disparó contra los tres y se llevó sus cuerpos, los cuales fueron encontrados hasta dos días después. El cuerpo de Berrelleza, también asesinado el mismo día, fue localizado hasta el 7 de julio.

Ahora, en esta semana, hombres, mujeres, niños y niñas, indígenas y no indígenas, bailaron, oraron y agradecieron a los padres que por tantos años se entregaron por completo a la Sierra Tarahumara.

La conmemoración del aniversario luctuoso inició desde el lunes 19, con una “caravana por la paz” que comenzó cerca de Pitorreal, zona en la que fueron encontrados los cuerpos de El Gallo, Mora y Palma. Ahí, frente a tres cruces blancas, las comunidades rarámuri guiaron el pascol y el matachín, dos bailes tradicionales del pueblo originario. Por su lado, los padres acompañaron con oraciones cristianas y se unieron a las danzas.

La danzas de pascol y matachín comenzaron desde el lugar donde fueron encontrados los cuerpos de Joaquín, Javier y Pedro. Fotografía: Raúl F. Pérez Lira

La caravana atravesó varios kilómetros de la Sierra Tarahumara y realizó paradas en las comunidades de San Rafael y Buahichivo, así como en El Paso de la Virgen. Fue casi al atardecer del lunes que el conjunto de vehículos llegó a Cerocahui.

Dentro y en el atrio del templo, a un lado de las tumbas de los padres, los pueblos rarámuri continuaron con sus danzas tradicionales, sin dormir, durante toda la noche. Ahí mismo, llevaron a cabo el nutema, una ceremonia tradicional en la que también se canta y brindan ofrendas a las almas difuntas. Dicho ritual, a la par de las oraciones cristianas de la vigilia, culminaron poco antes de la misa de las tres de la tarde del día siguiente.

Tras un repique de campanas que se replicó en varias de iglesias del país, en honor a Gallo, Mora y las miles de víctimas de violencia en México, tres mujeres rarámuri dirigieron la caminata alrededor de las sepulturas, para purificarlas con el humo del sahumerio proveniente de un incensario tradicional.  

“Que esta eucaristía, este homenaje a nuestros hermanos, sea para nosotros un momento en que podamos despertar y podamos decir ‘esto no está bien’”, dijo Jesús Alemán, obispo de la diócesis de Cuauhtémoc-Madera durante la homilía.

“No podemos tolerar ni una muerte más, no podemos aceptar ni un desaparecido más”, enfatizó el clérigo, quien pidió seguir los pasos del padre Gallo, en su forma de ser y servir, “el silencio, el no protagonismo, la discreción y el mucho amor a los pobres”.  

Alemán contó que fue acompañado en su viaje desde ciudad Cuauhtémoc por la madre de Paul Berrelleza, quien compartió un poco de su sentir durante el duelo. Juntos, fueron a la casa del joven que murió a los 22 años, ubicada a las orillas de Cerocahui. De acuerdo con el obispo, el lugar sigue en ruinas, aún son visibles los rastros de las llamas con las que Noriel Portillo incendió la pequeña casa.

“Esa casa es un monumento a la impunidad, a la injusticia, ya pasó un año y la casa está igual, ya pasó un año, y su mamá sigue con ese dolor”, denunció el obispo.

“El jesuita más diocesano”

Tanto en la caravana, como en la misa, estuvieron presentes algunos familiares del padre Javier Campos, entre ellos, su hermana. Esta última agradeció el cariño y la solidaridad que tuvieron las comunidades de la Sierra Tarahumara con El Gallo en vida.

Uno de sus sobrinos compartió su canto “de gallo”, tal como lo hacía su tío, y por el cual había ganado su apodo.

La misa fue presidida por el obispo Juan Manuel González Sandoval y estuvieron presentes miembros de la Diócesis de la Tarahumara, la compañía de Jesús y otras órdenes religiosas. Fotografía: Raúl F. Pérez Lira

Como parte del esfuerzo por conservarlo en la memoria, el obispo Jesús Alemán, compartió un audio de WhatsApp que El Gallo le envió el 5 de junio del 2021, tras la masacre de Chínipas que dejó cinco muertos y tres heridos.

Para Alemán, ese mensaje describe mucho lo que fue para el padre Campos fue para la comunidad, “nuestro hermano, un padre, un defensor, nuestro ángel”.

“Buenos días, simplemente he querido comunicarme contigo para decirte que los jesuitas de la Sierra estamos contigo, y te felicitamos por la figura de pastor que estás ejerciendo tan bonita de acompañar a tu pueblo doliente y sufriente, en pena (…) felicidades, que siga siendo ese buen pastor”.
Padre Javier Campos Morales

El obispo describió a Javier Campos como alguien que “siempre estuvo ahí”, una persona que animaba todo el tiempo, como “el jesuita más diocesano de la diócesis”.

“Siempre que ando con las pilas bajas pongo este audio y me anima para el episcopado”, finalizó el obispo.

Muerte de Noriel Portillo no es justicia, denuncian

Durante la homilía, el jesuita José Francisco Méndez Alfaraz, enfatizó en que la muerte de José Noriel Portillo Gil, cuyo cuerpo encontraron el marzo pasado en Choix, Sinaloa, no es sinónimo de justicia y tampoco una solución de la violencia estructural en la Sierra Tarahumara.

“Justicia, como escribió el padre provincial en un artículo de opinión, hubiese sido detener y poner a disposición de las autoridades a quien cometió este grave crimen, justicia sería que acabaran los negocios de las economías criminales, justicia sería que ya no corra más sangre en la Sierra Tarahumara y que las personas y pueblos dejen de tener miedo justicia sería que se alcance la tan añorada paz”, denunció Méndez.

En la Sierra Tarahumara, las actividades extractivistas, como la tala ilegal, la minería y la construcción de complejos hoteleros en territorios indígenas, ya forman parte de los modelos económicos de los carteles de la droga y han generado cientos de muertos y desplazamientos forzados.

El pasado viernes 16 de junio, en una mesa de seguridad llevada a cabo en Cerocahui, la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, responsabilizó al gobierno federal de no atender la situación de violencia en la zona.

“Y necesitamos que trabajen en situaciones que son evidentemente del fuero federal, porque es crimen organizado, porque es droga y porque se utilizan armas largas ¿así o más claro?”, declaró Campos.

Noriel Portillo era líder del grupo “Gente Nueva”, que operaba para el Cartel de Sinaloa y tras el hallazgo de su cuerpo, el fiscal general de Chihuahua, César Jauregui, afirmó que “no hay a quien perseguir” e informó sobre el cierre de las carpetas de investigación.

Méndez también señaló la crisis de desapariciones en el país y la incapacidad de los gobiernos para generar un diálogo abierto que permita la construcción de vías que posibiliten la seguridad. De acuerdo a datos de la Comisión Nacional de Búsqueda (CBN), al día de hoy se contabilizan 111 mil 167 personas desaparecidas en México.

Aseguró que el miedo que impera por el poder los grupos criminales nos lleva a “encerrarnos en nuestras casas, a no iniciar relaciones con los propios vecinos”, y que es necesario reconstruir la confianza y solidaridad mutua a través de la comunicación.

De igual manera, el padre afirmó que pasamos por tiempos de “descrédito y polarización”, que destruyen la apertura y construcción de ideas, que perpetúan la descomposición social.

Junto a los retratos de los sacerdotes Javier y Joaquín, este año también colocaron el de Paul Bellereza. Fotografía: Raúl F. Pérez Lira.

“Es urgente un diálogo nacional que genere posibilidades de paz. Hoy por hoy, es imperativo que las instituciones y pueblos nos abramos a escuchar a otras personas, a descubrir en sus ideas alguna novedad creadora de paz”, dijo el padre jesuita.

“Que la sangre de nuestros hermanos Javier y Joaquín sean esa semilla y esa levadura que vaya fermentando en paz y justicia para esta tierra de Tarahumara y para México en general”, agregó.

La ceremonia finalizó con el agradecimiento de Juan Manuel Sandoval, obispo de la Tarahumara, así como con decenas de aplausos para Gallo y Mora.

Procesión silenciosa en la capital

También en la ciudad de Chihuahua se unieron en oración por el aniversario luctuoso. Después de la misa, oficiada a las siete de la tarde por el padre Javier “El Pato” Ávila, en el Sagrado Corazón de Jesús, decenas de fieles y familiares de personas desaparecidas en el estado, caminaron en silencio hacia el Palacio de Gobierno.

Frente al edificio del Centro Histórico, la procesión instaló una cruz, que se sumó a otros símbolos de exigencia de justicia en Chihuahua, como la Cruz de Clavos, por las víctimas de feminicidios; las cruces de la masacre ocurrida en Creel, en agosto del 2008; y varias lonas de denuncias de personas desaparecidas.

En la ciudad de Chihuahua el sacerdote jesuita Javier Ávila y la Compañía de Jesús realizaron una misa en honor a las víctimas. Fotografía: Claudio Grijalva.

Después de la misa, las personas asistentes colocaron una cruz blanca frente al palacio de gobierno de Chihuahua, que se unió a otros antimonumentos que demandan justicia. Fotografía: Claudio Grijalva.


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