Chihuahua

viernes 17 septiembre, 2021
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    En la naturaleza no hay nada recto: de Gaza a la frontera norte

    Tras el intento de desalojo por parte de colonos israelíes de familias palestinas del barrio de Sheikh Jarrah, al oriente de Jerusalén (Al Quds) y una serie de bombardeos sobre la Franja de Gaza que cobraron más de 230 víctimas mortales, este viernes se decretó un cese al fuego. Estos eventos han sido para los palestinos solo un episodio más de la violencia colonial ejercida por el Estado de Israel desde hace más de setenta años.

    Texto y mapas por Sebastián Estremo

    Fotografías por Raúl Fernando

    Pero la muralla no sirve sólo para defenderse. Al tiempo que protege de la amenaza que acecha al exterior permite controlar lo que sucede en el interior.

    – Ryszard Kapuściński

    En la Naturaleza no hay nada recto.

    Esta es una de las frases que más me marcaron durante mi licenciatura en Geografía. Cuando se ve el territorio desde una imagen satelital o la ventanilla de un avión todo aquello que se vea recto es porque el ser humano lo moldeo de esa manera. Esto se confirma cuando observamos el mapa político-administrativo del mundo. La mayor parte de las fronteras de África y Oriente Próximo son rectas por los caprichos de un puñado de políticos de poca monta, pero con grandes nombres (generalmente británicos, franceses o estadounidenses).

    En muchas ocasiones las fronteras que no son rectas obedecen a un “accidente geográfico”, como es el caso del Río Grande (Río Bravo) que separa México de los Estados Unidos desde Chihuahua hasta Tamaulipas. Fue el ser humano o, mejor dicho, algunos seres humanos, quienes decidieron ver en los ríos una línea de separación y no una oportunidad de encuentro e intercambio. Las fronteras no son naturales, sino creaciones humanas que responden a las necesidades del sistema político-económico en el que vivimos. Contrario a la creencia popular, las fronteras no son permanentes, sino que fluctúan con el tiempo, pero para verlo hay que ampliar la escala.

    La función de una frontera es separar, dividir el territorio y establecer límites de propiedad. Cuando se trata de un Estado su cometido es delimitar el geocuerpo en el cual acontecen los mitos historiográficos sobre los cuales se construye la idea de una nación. A veces la narrativa historiográfica de dos o más Estados coincide en una determinada área geográfica. Ahí es cuando comienzan las guerras, porque casualmente dos Estados consideran suya una parte donde, por designios del Señor, resultó que había agua o petróleo.

    Naturalmente esas disputas no siempre son entre iguales. Muy frecuentemente el establecimiento de un Estado-nación implica el sometimiento de uno o varios pueblos. Sucede en América con los “pueblos indígenas”, sucede en Australia con los “aborígenes”, sucede en el Kurdistán con los kurdos sometidos por los gobiernos de Turquía, Siria, Iraq e Irán, sucede con las poblaciones nómadas en el Saharaui ocupado por Marruecos y sucede en Palestina con la instauración del Estado de Israel, etcétera. Esas poblaciones sometidas muchas veces también sirven a la narrativa oficial como chivo expiatorio responsable de todas las desgracias del país. Es el negro, el latino, el palestino, el árabe, el kurdo, el hondureño, el migrante… Son ese villano que permite cohesionar el discurso nacionalista a lo interno y que puede llegar a justificar la construcción de un muro para “salvaguardar” las fronteras y la “seguridad nacional”. El nacionalismo requiere de un enemigo común identificado pues sin él su razón de ser carece de sentido.

    Gran parte de la frontera entre México y Estados Unidos está amurallada.

    En la actualidad hay cerca de 70 líneas divisorias amuralladas. Estados Unidos construyó la suya en su frontera con México y México replicó el modelo con Guatemala. Turquía hizo lo propio al sur con Siria. Marruecos con Argelia y España con Marruecos. Arabia Saudita y Omán con Yemen. Namibia con Angola. Turkmenistán y Kazajstán con Uzbekistán y Uzbekistán con Kirguistán y Afganistán. Irán, Kuwait, Arabia Saudita y Jordania con Iraq. Las dos Coreas en lo único que han trabajado de forma conjunta es en su muro. La Unión Europea construyó los suyos en Hungría para separar a la Europa que le importa de la que no. Israel dividió Palestina con muros y puestos de control hasta por debajo del mar y todavía me faltan muchos más por enumerar.

    Lo interesante con los muros es que repetidamente provocan que empresas que en el discurso parecen estar muy comprometidas con su nación terminan traicionándola. Un gran ejemplo es Enrique Escalante, director general de Cementos Chihuahua, quién en 2016 declaró que debían respetar a sus clientes, sin importar que fueran los que construirían el famoso muro de Trump. Por aquel entonces CEMEX tenía una participación indirecta en Cementos de Chihuahua. No sé qué tanta injerencia siga teniendo una en la otra, pero lo que no ha cambiado es que CEMEX participa desde hace años en la construcción del “muro del apartheid” con el que Israel aísla a los palestinos en Cisjordania. Un muro mediante el cual cada movimiento de los palestinos es monitoreado y que al mismo tiempo los separa de las mejores tierras y de las fuentes de agua.

    Los israelíes son expertos en asesorar dictaduras y movimientos contrainsurgentes en América Latina y también son expertos en muros. Una nota de Will Parrish para “The Intercept” en 2019 detalla como la “border patrol” trabaja con Elbit Systems, la compañía militar más importante de Israel, para construir un “muro virtual” en todas las fronteras de los Estados Unidos. Este “muro virtual” consiste en una serie de torres que monitorean las 24 horas del día el movimiento de cualquier ser vivo cerca de la línea fronteriza. Los israelíes ya implementan eso en la Franja de Gaza que ha fungido durante un par de décadas como un buen experimento del cual países como los Estados Unidos o la Unión Europea se ven beneficiados para implementar sus proyectos anti-migrantes. Esta misma tecnología, señala Parrish, está pensada para aplicarse no solo a aquellos que desde afuera “amenazan la seguridad nacional”, sino también para vigilar aún más a los sectores marginalizados históricamente por el Estado y/o a aquellos que se le oponen.

    Cruces fronterizos en la Franja de Gaza.

    Las fronteras son curiosas porque a veces ni siquiera es necesario que se construya un muro a lo largo de ellas para que la barrera funcione pues frecuentemente éste se instala dentro de la cabeza de las personas. Es interesante pensar que en los Estados Unidos los republicanos se llevan todo el crédito por el muro en la frontera sur cuando fueron los demócratas (Bill Clinton) quienes comenzaron a construirlo. De hecho, son también los demócratas (con Obama) quienes ostentan el récord de deportaciones. Según datos publicados por el Instituto Cato y el Pew Research, Barack Obama deportó durante sus ocho años en el poder a tres millones de personas, esto es un millón más que su predecesor George W. Bush, y un promedio anual más alto que el de Trump durante todo su mandato.

    El discurso anti-migrante de Trump fue uno de los ejes que lo llevó a la presidencia por haber encontrado en él al chivo expiatorio perfecto para explicar la miseria de la clase trabajadora blanca. Y sin embargo durante su mandato, según datos de la BBC, apenas construyó 76 kilómetros de barreras primarias totalmente nuevas. En Estados Unidos el muro es el mismo. La narrativa entre partidos cambia un poco, pero el resultado es a grandes rasgos el mismo.

    Cada año miles de mexicanos y centroamericanos se ven orillados a intentar entrar de forma “ilegal” (“ilegal” ¿según las leyes de quién?) a los Estados Unidos mientras sus lugares de origen son saqueados y contaminados por mineras, refresqueras, cementeras y demás empresas extranjeras y no tan extranjeras. Cada año se talan más bosques para introducir soya para el ganado o aguacate para el guacamole, los ríos se secan más y el agua llega más sucia a donde de por sí no llega. El discurso del nacionalismo en México y el mundo sirve para maquillar las diferencias de clase y traducirlas en un discurso de odio que desvíe la atención de los verdaderos responsables de la miseria humana.

    El muro que separa a Belén, en Palestina, del territorio israelí.

    Durante estas semanas el Estado de Israel llevó a cabo otra operación más de exterminio y marginación contra los palestinos. En específico contra civiles enjaulados como ganado en la Franja de Gaza. Los gazatíes desde hace años han logrado perforar el muro que los aísla (particularmente del lado egipcio) para sobrevivir, pero nada más que eso. La decisión de cuantas filtraciones se permiten al año es algo que está bajo el control de quien construyó el muro.

    Lo mismo sucedió en 2014-5 en la frontera de Siria con Turquía, cuando el Estado Islámico masacraba poblaciones kurdas a diestra y siniestra. Mientras eso sucedía cerraron las fronteras y, los militares turcos, quienes observaban el espectáculo desde las colinas, decidían quiénes sí y quiénes no podían pasar. Poco después comenzaron la construcción de su muro. Cada vez que vemos una balsa naufragando en el Mediterráneo ante la mirada de las patrullas fronterizas de Grecia, Italia y España estamos atestiguando el mismo proceso.

    Sea en el desierto de Chihuahua, en las frías aguas del Mediterráneo, en un checkpoint israelí, en una calle sucia en la periferia de Paris, en el cauce del Suchiate o en un Walmart en El Paso, son los pobres los que terminan pagando con la vida los caprichos fronterizos de unos cuantos. De aquellos que inventaron los Estados y las naciones que separan a la humanidad en categorías tan artificiales como un bosque que desde el cielo se mira de forma rectangular.

    Sebastián Estremo es cartógrafo y analista del Medio Oriente. Sus crónicas y artículos han sido publicados en Raíchali y Letra Fría, integrantes de la Alianza de Medios de Periodistas de a Pie. Twitter: @S_Estremo

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