Chihuahua

sábado 8 mayo, 2021
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    El río de los dos mundos

    En los confines del estado de Chihuahua, al borde del Río Bravo, reposan las ruinas de un pueblo que hace no mucho fue el escondite de uno de los capos de la droga más buscados del país. Entre el abandono y el polvo del desierto nos aventuramos con algunos descendientes de sus antiguos habitantes a ese río que, para muchos, es sinónimo de tragedia.

    Crónica por Sebastián Estremo / TW @S_Estremo

    Fotografías por Raúl Fernando / IG @raulfernandopl

    Río Grande y caudaloso, tus aguas corren ligeras

    Tú no eres el que los mata, pero ya muertos los llevas

    “Corrido del Güero Estrada” – Los alegres de Terán

    SANTA ELENA

    Decidimos pasar la noche en Manuel Benavides, una pequeña población de no más de ochocientas personas situada al noreste de Chihuahua, a tan solo sesenta kilómetros de la frontera con el estado de Coahuila y a menos de veinte del Río Grande (Río Bravo). A las afueras de la localidad se encuentra la entrada al Cañón de San Carlos, el cual lleva su nombre por uno de los arroyos que alimenta el río Conchos. Este, a su vez, desemboca un poco más al norte en el Río Grande.

    Los techos triangulares de las casas y las puertas de los negocios con letreros en inglés dejan ver que los habitantes de Manuel Benavides están más ligados al vecino del norte que al resto del país. El litro de gasolina cuesta quince pesos y la red de telefonía celular mexicana no cubre el municipio.

    Frente a uno de los tres depósitos de cerveza del lugar, un hombre sentado en una silla de ruedas eléctrica nos hablaba sobre las minas y los campos de algodón que hace tiempo dejaron de trabajarse en toda la región. Su esposa también se acercó a platicarnos sobre su vida, era enfermera. Durante años visitó los pueblos de los alrededores para las campañas de vacunación. Uno de estos era Santa Elena, un pueblo casi abandonado a orillas del Río Grande al que nos aventuramos a la mañana siguiente.

    El pueblo de Santa Elena (Benito Juárez)

    En el camino no encontramos ningún tipo de señalización. Un par de caseríos y unas cuantas latas de cerveza desperdigadas entre la vegetación desértica eran lo único que atestiguaba la presencia humana. En el cielo revoloteaban aguilillas y zopilotes que sobrevolaban las planicies rodeadas por las paredes planas y rocosas de la Sierra de Ponce, a mil metros sobre el nivel del mar. Tras tres horas de terracería irrumpió entre el blanco, rojo y beige del paisaje una franja verde que presagiaba la inminente presencia de un río. Al fondo se alzaba una roca gigante con bandas rojizas y anaranjadas que atestiguan el paso del tiempo y la erosión del viento en medio del desierto. Este peñasco lleva el nombre de Castolón y está situado dentro de la reserva del Big Bend en el estado de Texas, en los Estados Unidos.

    El Río Bravo y los Estados Unidos vistos desde México.

    Minutos más tarde se dejaron ver unas cuantas construcciones de adobe desmoronándose que anunciaban nuestra llegada al pueblo de Santa Elena, cuyo nombre oficial es Benito Juárez. Según los datos censales más recientes, la pequeña aldea cuenta con dieciocho habitantes permanentes, doscientos menos que hace treinta años, setenta menos que hace veinte y cinco menos que hace diez.

    Santa Elena fue noticia internacional cuando el 24 de abril de 1987 el capo de la droga, Pablo Acosta Villarreal (también conocido como el Zorro de Ojinaga), fue abatido por la Policía Federal en una acción conjunta con el FBI. La inaccesibilidad del pueblo, situado tan solo a cuarenta kilómetros en línea recta de Manuel Benavides, fue el motivo por el cual Acosta lo utilizó durante años como su escondite, lejos del bullicio de ciudades fronterizas como Ojinaga o Juárez. Catorce años más tarde el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York cambió la historia de los santaelenenses para siempre.

    La plaza principal del pueblo de Santa Elena.

    El cruce fronterizo en chalupas por el río fue cerrado por las autoridades norteamericanas. Los restaurantes y tiendas de abarrotes que atendían a los pasantes cerraron sus puertas, las casas fueron desocupadas progresivamente y los más ancianos han ido falleciendo con el paso de los años. Hoy en día, solo un puñado de familias instaladas en Chihuahua, Ojinaga, Manuel Benavides y Presidio visitan ocasionalmente la zona.

    El pueblo consta de dos calles paralelas que corren de sur a norte en dirección al río. La mayor parte de las casas que siguen en pie tienen las puertas y ventanas tapiadas, y las que no hace tiempo que fueron saqueadas. La plaza del pueblo es blanca, cuenta con una pequeña explanada, no más de diez bancas y una enorme red que simula una cancha de voley. Ahí mismo ambos caminos se unen en el de terracería que comunica con el resto del país. Más adelante se encuentra el baldío que antes ocupaba la casa donde se resguardó el Zorro de Ojinaga previo a su muerte, y a un costado la escuela primaria.

    Esta es una construcción blanca con adornos en celeste y vidrios quebrados. Dentro permanecen algunos pupitres, un pizarrón verde para gises y un escritorio azul lo suficientemente pesado y desgastado para no ser saqueado. Un libro de texto que yace en el patio y el piso quebrado de la cancha de basket atestigua que el lugar fue abandonado hace años.

    La escuela primaria del pueblo, que también sirvió como museo por un breve tiempo, ahora abandonada.

    A las afueras de lo que queda del pueblo descansan sus difuntos. La mayor parte de las tumbas son cuerpos que reposan bajo una montañita de piedras apiladas sin mayor ornamentación. Los vivos se reúnen en sus trocas en la plaza o al borde del río a escuchar corridos y tomar cartones de cerveza traída de muy lejos. Mientras, algunos niños de no más de diez años recorren al volante las calles principales.

    Nos instalamos en una de las casas frente a la plaza principal. Desmontamos con palos y escobas cientos de telarañas de los actuales inquilinos de la propiedad. Conectamos una larga manguera parchada por el peso de los carros para abastecernos de agua. Cuando la llave estaba abierta, los agujeros en el tubo dejaban salir unos chorros sobre la explanada que parecían fuentes de alguna plaza pública de cualquier ciudad del país. En cosa de cinco minutos la localidad entera advirtió nuestra presencia, si es que no habían sido notificados antes por medio de la frecuencia de radio con la cual se comunican con el mundo exterior.

    La radio es uno de los pocos medios de comunicación accesibles en el pueblo.

    EL RÍO

    Desde chico he tenido una fascinación por los ríos pues para mí representan comunicación e intercambio entre pueblos. Las tierras irrigadas por el Tigris y el Éufrates son cuna de algunas de las civilizaciones más antiguas de las que se tiene registro. El gran diluvio al que se hace referencia en la Biblia no es otra cosa más que un refrito de la epopeya de Gilgamesh, que consta de una serie de versos en donde se hace referencia a las aguas de los ríos gemelos en el Medio Oriente. El Danubio es otro de mis preferidos, pues el escurrimiento de sus aguas atraviesa pueblos que hablan lenguas muy diversas como el alemán, el eslovaco, el húngaro, el serbio y el rumano en ciudades como Viena, Bratislava, Budapest y Belgrado hasta su desembocadura cerca de Brăila, en Rumania.

    El Río Grande también me es bastante especial. Los indios pueblo también solían llamarlo así en sus respectivos idiomas hasta que en el siglo XVII los españoles decidieron nombrarlo Bravo. La primera vez que lo vi fue detrás de una reja cuando crucé caminando a los Estados Unidos por Juárez, donde era apenas un hilito de agua. Más al norte vi su poderoso caudal irrigando los campos de chile chilaca en Hatch, Nuevo México y un par de días más tarde, durante un hermoso atardecer en Albuquerque, pude sumergir mis pies en sus violentas aguas perturbadas por una fuerte tormenta que caía a lo lejos en las montañas de San Juan, en el estado de Colorado.

    Apenas apagaron los motores de las trocas, salimos disparados al río, que está a unos 250 metros de la plaza de Santa Elena. En este punto se puede ver uno de sus recodos, el agua es color verde, en su parte más baja no tiene más de un metro de profundidad y se extiende unos treinta o cuarenta metros de ancho. Cruzando el cauce se alza una pared de pastos altos que no dejan ver más allá y un poco más abajo un depósito de sedimentos arrastrados por la corriente que ya son parte de los Estados Unidos. Por las absurdas leyes de aquellos que dominan el mundo y trazan fronteras en lugar de puentes, cualquier persona al sur del río tiene estrictamente prohibido tocar esos pastos y esos sedimentos a los que se podría llegar gateando sin mayores contratiempos.

    Chapoteamos en el agua durante largo rato y también nos divertimos lanzando piedritas tercermundistas de un lado al otro desafiando las leyes internacionales. Al atardecer comenzaron a salir murciélagos que cazaban sus alimentos a unos cuantos metros (y a veces centímetros) de nosotros. Los apacibles sonidos del río en medio del desierto hacían muy difícil comprender por qué miles de personas han perdido la vida estos últimos cien años tratando de llegar al “otro lado”. ¡Maldito sea aquel que vio en el agua una barrera y no una senda de intercambios!

    Permanecimos durante la noche a orillas del río, adivinando las constelaciones que se dibujaban en el firmamento y observando las nubes y truenos del norponiente que se acercaban amenazantes anunciando una tormenta. De pronto, en medio de la oscuridad, surgió del otro lado una luz blanca que alumbraba a menos de cien metros de nosotros. Una luz que nos volvió a recordar aquello que podíamos ver, más no tocar.

    Una de las embarcaciones abandonadas en el lado mexicano del Río Bravo.

    El pueblo de Santa Elena debe su nombre a un célebre cañón que se encuentra unos diez kilómetros río arriba. Su auge se dio tras la Segunda Guerra, cuando colonos provenientes de Esperanza, a las afueras de Juárez, la integraron al cinturón del algodón, que se desarrolló por toda la línea fronteriza chihuahuense por esa época. Paulatinamente familias provenientes de rancherías aledañas y otras partes del estado la fueron poblando. Así la localidad prosperó hasta los años ochenta.

    Pese al auge algodonero, su existencia no se explica sin la línea fronteriza. Si ésta hubiera estado más al norte o más al sur el pueblo muy probablemente jamás se hubiese consolidado. Razón por la cual la sustitución del algodón por derivados del petróleo, pero sobre todo el cierre fronterizo de 2001 fueron devastadores.

    Nuestra travesía hacia el desfiladero comenzó en un rancho donde gente del pueblo tiene a su ganado, de ahí nos adentramos hacia lo desconocido. Por momentos caminamos a las orillas del cauce y, cuando este se hacía más ancho, debíamos trepar un poco hacia las paredes de la sierra de Ponce, entre espinas y rocas sueltas, bajo el inclemente sol del desierto chihuahuense. Del otro lado escuchábamos de cuando en cuando el ir y venir de carros que transitaban por un camino pavimentado.

    Trayecto por el monte hacia el cañón de Santa Elena

    Tras unas tres o cuatro horas de recorrido nuestra expedición se encontró con el ruido de unos cuantos vacacionistas norteamericanos que instalaron sillas y hieleras de “su” lado del río y con un joven que navegaba tranquilamente sobre una balsa. Unos cuantos metros más adelante las altas paredes de roca se partieron en dos por la acción erosiva del agua de cientos de miles de años; era la entrada al cañón. Para recorrerlo todo hacen falta varias horas en una balsa hasta llegar al pueblo binacional de Lajitas.

    Del lado mexicano sus habitantes tuvieron que abandonarlo y fundar otro un poco más lejos de la frontera con el nombre de Nuevo Lajitas, mientras que del lado “gringo” la localidad tiene un campo de golf. Cuentan que cada 10 de mayo las autoridades de ambos países dan permiso a las familias separadas por la línea divisoria de juntarse y pasar el día. Por esas fechas el nivel del agua es muy bajo, en parte por la temporada de secas, y en parte por la serie de presas construidas en la parte alta de la cuenca que lo desangran para irrigar los campos de cultivo de Nuevo México.

    El Cañón de Santa Elena. A la derecha, los Estados Unidos. A la izquierda, México.

    Del lado mexicano del cañón las imponentes paredes de la Sierra de Ponce permanecen intactas, como hace miles de años, pero del otro construyeron senderos y escalinatas con barandales por donde se pasean familias, ancianos y adolescentes. Cada tanto el interior del cañón escupía media docena de balsas con algún logotipo estampado tripuladas por gente que hablaba en inglés. Desde abajo las personas que caminaban sobre las paredes del desfiladero parecían hormiguitas. El flujo de turistas no se detenía, pero nosotros éramos los únicos que veníamos del sur. Un par de niños estadounidenses jugaban frente a sus padres del lado mexicano sin tener que preocuparse porque algún uniformado armado hasta los dientes les pidiera sus papeles. Un grupo de adolescentes con aire prepotente que cargaba un doce de cerveza Corona nos hizo recordar que a veces es más fácil cruzar ciertos límites para las mercancías que para las personas, aunque en muchas ocasiones las personas somos las mercancías.

    Después de una o dos horas en el cañón emprendimos el arduo camino de regreso antes de que cayera el anochecer. Mientras nos alistábamos para partir llegó una pareja comprometida a fotografiarse en traje y vestido de novia con el cañón de fondo. En medio del trayecto de vuelta nos encontramos con un hombre y una mujer de entre treinta y cuarenta años que chapoteaban en alguno de los recodos del río. No es para nada común encontrarse con gente que transite por esos parajes del lado mexicano, así que con mucha curiosidad entablamos una breve conversación. El hombre me pidió un mapa y me preguntó “¿Qué hay del otro lado?” a lo que yo contesté “Absolutamente nada”. Mi espontáneo amigo de Austin no parecía entender a qué me refería, pero aun así tomó de su hielera una bebida refrescante y la lanzó hacia donde yo estaba. Nos despedimos deseándonos suerte y extendimos una mutua invitación para visitar nuestros respectivos países: “Come to Chihuahua” le dije, “Come to Texas”, me respondió.

    El camino de regreso. Lo que alcanza todavía a ser iluminado por el sol está en territorio estadounidense.

    Para llegar al Cañón de Santa Elena, de un lado se requieren varias horas de caminata en el monte bajo el sol, mientras que del otro solo es necesario un automóvil y un mapa proporcionado por el parque nacional. Solo un puñado de gente conoce lo qué hay del lado mexicano, mientras que, cruzando el río, cada centímetro de roca del Big Bend ha sido cartografiado y visitado por turistas y border patrols. Bajo esta realidad convivimos con nuestros vecinos, viéndonos y reconociéndonos como si fuéramos extraterrestres de otro planeta, como en varios pasajes de “Crónicas marcianas”. Y es que después de todo, México y Estados Unidos sí son dos mundos completamente distintos que en ciertos puntos están separados por treinta metros de agua dulce. Para los del norte el Río Grande es un lugar de visita y relajación, es una atracción turística, pero para los del sur, pese a su innegable belleza, lleva a cuestas inexorablemente una alta carga de luto y dramatismo. Dos significados distintos, de dos mundos distintos para un mismo lugar. El Cañón de Santa Elena es un sitio hermoso que por lo mismo simbólicamente puede resultar muy violento.

    EPÍLOGO

    Por todo el mundo algunas mentes codiciosas han trazado fronteras arbitrarias que, por medio de un discurso de desconfianza y miedo a aquellos que están más allá de los límites, fomentan el odio y los nacionalismos. Lo han hecho los israelíes en Palestina, los países de la Unión Europea con los migrantes eslavos, kurdos, turcos, árabes y africanos, el gobierno mexicano con los centroamericanos y un largo etcétera. Solamente el contacto entre pueblos es capaz de tirar abajo los prejuicios que son construidos por las mentes perversas que dominan nuestro mundo. El Cañón de Santa Elena puede ser simbólicamente un lugar muy violento, pero a la vez fue para nosotros un lugar de reencuentro y convivencia. Los ríos, como el Río Grande, deberían tratar sobre eso y no de pasos fronterizos y patrullas anti migratorias. Ojalá ese respeto que con tanto ahínco pedimos a nuestros vecinos del norte podamos otorgarlo en el Suchiate con nuestros hermanos que vienen del sur.

    Sebastián Estremo es cartógrafo y escribe crónicas en Letra Fría, integrante de la Alianza de Medios de Periodistas de a Pie, en una sección llamada “Crónicas al Estremo”.

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