Paradojas

Columna de opinión por Alex Fish

Hace dos años entré a trabajar en un restaurante de ¨tacos chihuahuenses¨ soy motociclista desde hace más de una década y aunque la profesión de mensajera-repartidora es peligrosa, era la que más me agradaba realizar porque no me gusta estar encerrada las ocho horas de la jornada laboral.

No puedo decir que en esa empresa el salario es el peor, tampoco el mejor, además de mi salario de base tenía un pago semanal de comisiones que se me daba en efectivo y sin ningún recibo (lo sé, lo sé).

Cuando entré me dieron a firmar contrato y una de las hojas era diferente a las demás, para empezar era tamaño oficio, en la parte superior tenía un pequeño párrafo, la firma y huella me la pedían hasta la parte inferior, supe al instante que esa era una famosa ¨hoja en blanco¨ y que firmar me sentenciaba a que en caso de ser necesaria una denuncia, la empresa podía protegerse de mí. Pero vaya, vivía sola, pagaba renta, tenía bocas que alimentar, recibos por pagar, la nefasta necesidad de comer, vestir y enfermar de vez en cuando y pues me sentí obligada a firmar.

Después platicando con compañeras de la empresa me dijeron que una vez un joven que también pidió trabajo de repartidor se topó con dicha hoja, la firmó pero tachó la parte en blanco entonces la encargada principal de las oficinas dijo ¨¡ay no!  yo no voy a estar batallando¨ tomó el contrato, lo rompió y le dijo al joven que se fuera porque no lo iban a contratar. 

Al año renuncié en buenos términos, me dieron mi ahorro, una baba de finiquito etc. y todo bien, al mes siguiente el gerente con quien me llevaba muy bien volvió a llamarme para pedirme que volviera, prometiendo que todo había cambiado, que el otro repartidor ya se portaba mejor (porque acosador y violento), que la moto nueva que me habían asignado después de accidentarme en otra, volvería a ser mía; la necesidad económica me llevó de nuevo a estar de frente al contrato con la hoja en blanco y ahí me tienes haciendo malabares con el celular para al menos poder tomarle una foto y tener evidencia de la hoja en blanco que me habían hecho firmar, porque yo confiada en la tecnología sé de antemano que la policía cibernética tiene la capacidad de acceder a los metadatos de las imágenes en las que incluso puede indicar el lugar, la fecha y al hora en que fue tomada. Pasó otro año en la que el otro repartidor NO CAMBIÓ, incluso me agredió físicamente, los casos de acoso sexual y laboral iban en aumento, la situación para mí como mujer consciente de la violencia de género y laboral era insostenible; llegué a enfrentarme incluso contra un mesero racista que agredió a una auxiliar de cocina de origen mixteco, le dije a ella que era discriminación racista y que podía interponer una queja, pero ella también necesitaba el trabajo y poner una denuncia era hacerse notar como ¨grillera¨ y problemática, nadie quiere esas etiquetas porque para empezar te dejan sin trabajo. 

Puedo escribir una o varias anécdotas de cada uno de los delitos marcados en la ley federal de trabajo que fueron cometidos dentro de ese restaurante y cómo el encargado de recursos humanos, misógino y machista también, terminaba ¨cambiando¨ de sucursal a las mujeres y no a los agresores. El caso es que seguí las reglas y la escalerita de quejas, primero al gerente, después al de recursos humanos y luego en conciliación y arbitraje. Terminé renunciando confiando en la fotografía, más un mensaje enviado a mi entonces gerente diciéndole claramente que no iba a firmar renuncia ni ningún documento y me iba a ir a conciliación y arbitraje. 

Aquí me tienes meses después a pocos días de la segunda audiencia, con ataques de pánico y ansiedad esperando que llegue el día después de haber recurrido a instancias de apoyo a la mujer, a diferentes abogados y el resultado es el mismo: ¨tienes las de perder¨ 

Me dijo una abogada de conciliación y arbitraje que hace poco tuvieron una campaña de no firmar hojas en blanco, campaña que yo creo ni en su casa se enteraron, y la paradoja es la siguiente: para no firmar una hoja en blanco necesito no tener la urgente necesidad de un trabajo, y para no tener la urgente necesidad de un trabajo necesito no ser pobre, y según Maru Campos y el emprendedurismo actual, soy pobre porque quiero, porque no trabajo y está mal pedirle ¨una ayudita¨.

Uno de los abogados a los que recurrí me dijo que él como representante de una compañía grande, se alegraba cada que veía que una denuncia venía de los abogados de conciliación y arbitraje porque sabía perfectamente que la denuncia estaba mal hecha, que fácil hallaría la forma de hacer que no procediera. Y yo recuerdo bien el rostro de la abogada de conciliación diciéndome que le permitiera representarme, que ella me iba a defender y que confiara porque tenía a grandes empresas suplicando un arreglo. Antes de la primer audiencia, me llamó un abogado de conciliación diciendo que él traía mi caso y que debía presentarme al día siguiente con las evidencias que tuviera a la mano y tres testigos. O sea, la abogada dejó mi caso, no me avisó y quien sí me avisó lo hizo unas horas antes, ni siquiera un día completo.

Y aquí va la segunda paradoja: La Secretaría del Trabajo te hace recomendaciones y campañas para que no permitas abusos laborales y a la vez se excusan de no tener recursos para atender todos los casos con la debida atención humana y profesionalismo que requieren. Quieren que Chihuahua deje de ser de los primeros lugares a nivel nacional en violencia laboral pero no tienen forma de hacerlo. ¿A quién le sirven entonces estas acciones infértiles? sólo a quien quiere aparentar que hace algo. 

Y de nueva cuenta estoy aquí, sin mis pagos que legalmente me corresponden porque la empresa presentó la renuncia falsa en la que incluyó los pagos de finiquito y demás prestaciones. 

Una de esas tantas anécdotas violentas en el restaurante, fue cuando aparentemente detectaron a un mesero robando cuentas. El dueño ¨don Víctor¨ nos citó a la mayoría de las y los empleados a la parte trasera del restaurante para gritarnos que él nos estaba haciendo el favor de darnos trabajo, que cómo era posible que robáramos y que fuéramos unas ratas malagradecidas. Era tanto su enojo y era tanto el mío por sentirme tan insultada y violentada, su empresa llevaba años robándose la mitad o más de nuestras prestaciones al no reportar nuestro verdadero sueldo, pero las ratas somos nosotrxs, lxs que nos quedamos sin nada cuando a él se le da la gana. Y la opresión de la pobreza no nos deja pagar para llegar a la justicia que está secuestrada entre las simulaciones, el partidísmo y compadrazco de funcionarios y empresarios.  

La mantequilla y el perdón

Supongamos que don Víctor me reclama por la barra de mantequilla que me encuentra entre mis pertenencias, dice que le robo, que soy una muerta de hambre malagradecida y le habla a la policía. Se abre un proceso en mi contra, pero al momento en el que yo me quiero defender y demandar el robo que durante años ha hecho de mis prestaciones y calidad de vida, él dice que me perdona y el público le aplaude. Si comparamos la barra de mantequilla con los miles de pesos que me ha robado a mí y a cientas de personas, si comparamos las notas en medios que salen a su favor retratado como el jefe benevolente y empático que logra entender mi necesidad; con las notas y la estructura cultural aporofobica, el emprendedurismo, mi aparente decisión de ser pobre ¿cómo es mi retrato en medios? 

¨Tengo todas las de perder¨ me dirían de nuevo incontables abogados y abogadas. ¿Qué más pueden quitarme? ¡ah sí! las pocas victorias en derechos laborales que otrxs consiguieron y que hoy perdemos uno tras otro. Pero¿qué se pierde realmente en una cultura laboral canibalista?   

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