Algunas viviendas llevan hasta 15 años abandonadas y el paso del tiempo puede verse en la vegetación que las invade, los techos caídos, los vidrios rotos y los caminos que poco a poco desaparecen
Texto y fotos por: Karla Quintana / Raíchali
MESA BLANCA, Madera – En la comunidad pima de Mesa Blanca, municipio de Madera, algunas casas que antes estaban habitadas hoy permanecen vacías. Las familias que las ocupaban salieron en distintos momentos, principalmente para buscar trabajo y sustento en otras localidades. Con el paso del tiempo, la ausencia de sus habitantes también ha dejado que la naturaleza avance sobre esas construcciones.
El gobernador pima de Mesa Blanca, Benito Álvarez, explica que parte de la población sale de la comunidad durante determinadas temporadas para trabajar.

De acuerdo con Álvarez, las razones por las que las personas se trasladan son principalmente económicas. Algunas salen por cuestiones laborales y otras establecen relaciones de pareja fuera de la comunidad, lo que también deriva en cambios de residencia.
“Principalmente por lo que se van, la mayoría se van por cuestiones de trabajo. O muchas veces porque se consiguen otras parejas por allá y pues tienen que viajar. Y ahí es donde ellos tienen que irse a buscar la manera de vida en sus comunidades”, relata.
Pero para el gobernador pima, estas salidas forman parte de una historia más amplia de movilidad de su pueblo. Durante 2025, al acudir al ejido El Largo Maderal para gestionar proyectos de huertos familiares, conoció a personas indígenas que habían llegado a esa zona décadas atrás, cuando la actividad de los aserraderos tenía mayor presencia.
“Me dio el gusto de conocer personas que están en la comunidad de El Largo Maderal que son indígenas y que ellos se trasladaron por cuestiones de trabajo, cuando los aserraderos estaban en su puro punto”.
De acuerdo con su relato, algunas de esas personas comenzaron a trasladarse desde que eran niñas o niños. Otras nacieron ya en las comunidades a las que llegaron sus familias y permanecieron ahí. Con el paso de los años, hay quienes dejaron de regresar a sus lugares de origen y establecieron su vida fuera de ellos.
“Algunos ya no volvieron a sus lugares de origen. Entonces, la mayoría de las comunidades indígenas que estamos viviendo aquí somos descendencia de los pueblos de Yepachi”.

Álvarez sitúa este proceso de movilidad en varias generaciones atrás y dice que, de acuerdo con los relatos de personas adultas mayores de la comunidad, algunos de sus antepasados salieron alrededor de 1890 de Yepachi, una comunidad ubicada a 275 kilómetros de distancia de Madera.
Los testimonios que ha escuchado, hablan de personas que abandonaron sus lugares de origen cuando todavía eran niñas o niños y que posteriormente se establecieron en distintos puntos de la región.
“Algunos de ellos, yo cuando los empecé a conocer, algunos ya tienen de 85 a 90 años de edad. Ellos dicen que se fueron muy jóvenes, muy niños”, relata.
En otros casos, las personas ya nacieron en las comunidades a las que sus familias habían llegado. La historia de su origen, explica Álvarez, se ha mantenido principalmente mediante las conversaciones con sus abuelos y otros adultos mayores.
Los relatos que ha recogido, indican que los primeros desplazamientos hacia estas regiones ocurrieron en condiciones distintas a las actuales. Las familias avanzaban por caminos que no estaban trazados y se orientaban siguiendo los ríos.
“Sus abuelos, cuando ellos salieron de allá de Yepachi, cuentan que salieron abriendo brechas por el río porque era la manera de cómo se venían ubicando, pues no sabían dónde se iban a encontrar”, relata.

Con el tiempo, esas familias llegaron a lugares que hoy identifican como El Largo Maderal, entre otras comunidades, donde algunas terminaron estableciéndose.
El traslado, en estos casos, no significó únicamente cambiar de lugar de residencia, también implicó una transformación en las formas de vida y en los elementos culturales que se transmiten entre generaciones.
Para Álvarez, uno de los efectos de este proceso de movilidad ha sido la pérdida gradual de la lengua pima. En el estado de Chihuahua hay alrededor de 341 personas hablantes de pima, también llamado o’óba, según las estadísticas oficiales del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI).
Benito Álvarez detalla que algunas personas mantienen sus rasgos culturales e identitarios, pero ya no hablan la lengua. La pérdida, sostiene, ocurre conforme las generaciones crecen fuera de los lugares donde históricamente se utilizaba y transmitía.
El gobernador también relaciona esta pérdida con distintos momentos históricos en los que las familias indígenas tuvieron que refugiarse en la sierra. De acuerdo con los relatos que ha escuchado, algunas personas lograron conservar la lengua porque permanecieron en espacios donde continuó utilizándose.
“Puede haber personas que tienen sus rasgos indígenas, muy arraigados, pero no hablan la lengua ya por motivos de que se va perdiendo”.
Así, los movimientos de población no sólo modifican dónde viven las familias. También pueden alterar las condiciones en las que se transmiten prácticas, conocimientos y lenguas entre generaciones.
“Porque hay veces que cuando se va uno fuera de su localidad, se va uno a sufrir”, dice Benito Álvarez al referirse a las personas de Mesa Blanca que salen de la comunidad en busca de trabajo y sustento. La frase adquiere otra dimensión al recorrer las casas que esas familias han dejado atrás.
Durante un recorrido realizado junto con el gobernador pima por algunas de las viviendas abandonadas de Mesa Blanca, se observan los años transcurridos desde que dejaron de ser habitadas.
Hay casas que llevan hasta 15 años vacías. La yerba ha crecido alrededor y dentro de ellas; algunos vidrios están rotos, hay techos caídos y plantas que crecen entre los muros de adobe.

Dentro de algunas viviendas hay pertenencias de quienes las habitaron, objetos que quedaron atrás cuando las familias se fueron. Los caminos que conducían a algunas de estas viviendas también comienzan a perderse entre la vegetación.
Lo que se observa en el recorrido reafirma con la historia que Álvarez cuenta sobre las personas que salieron de la comunidad. Algunas se fueron por temporadas para trabajar y otras terminaron estableciendo su vida en otros lugares.
Para Álvarez, el abandono de las viviendas es parte de una transformación que puede verse en distintos puntos de la comunidad. “Aunque tengas una muy bonita casa, cuando dejas de vivir ahí, la casa va muriendo poco a poco”, recuerda que eso le dijo Salvador Álvarez, una de las personas adultas con las que ha hablado sobre las casas que permanecen vacías.
Mientras, las familias construyen su vida en otros lugares, el territorio que dejaron atrás continúa transformándose. Las casas de Mesa Blanca se han cubierto de la vegetación que crece entre muros, techos y caminos que se desvanecen poco a poco.

