A tres años del desplazamiento forzado forzado de mujeres con sus hijos e hijas, desde La Plomosa en Guadalupe y Calvo, instituciones federales y estatales acudieron a brindarles apoyo y levantar el registro de cada una de las personas que ahora habitan a la intemperie, en el ejido Aldama
Por Patricia Mayorga/Raíchali
Traducción de entrevistas: Leo Barro/Raíchali
Desde hace tres años no bailan matachín ni beben tesgüino, lo que es esencial en su cultura para orar a Dios. Salieron de su comunidad La Plomosa, seccional de Dolores en el municipio de Guadalupe y Calvo, después de soportar alrededor de medio año de balazos constantes y cada vez más cercanos. Hoy resisten a la intemperie, con altas temperaturas y moscos que les impiden descansar bien.
“Alguna ocasión pasaron (los malos) y nos escondimos en nuestras casas. Nos fuimos a Santo Domingo (una comunidad cercana), pero después también llegaron los balazos y salimos de ahí”, recuerda una de las mujeres en su lengua ódami y traducido por Raíchali.
Las fechas en las que dejaron sus casas coinciden con el desplazamiento masivo de familias de la comunidad de Dolores y rancherías cercanas, como El Pinito.
Al inicio de diciembre de 2024, alrededor 80 familias salieron en camionetas de la cabecera seccional de Dolores hacia Parral y El Vergel, municipio de Balleza. Los testimonios evidenciaron el uso de drones con explosivos por primera vez en la Sierra Tarahumara, para desplazar gente de sus territorios. La Fiscalía General del Estado y la Secretaría de Seguridad Pública del Estado lo negaron, pero en manos de un mes agentes que conformaban una de las Bases de Operación Interinstitucional (BOI) fue atacada con drones y reconocieron la modalidad de violencia que hasta ahora utilizan en parte del territorio serrano.
Hace casi tres años dejaron su tierra sin tener la certeza de regresar algún día. Sin saber hablar español, iniciaron una nueva vida. Son siete mujeres con sus hijas e hijos (cuatro adolescentes y los demás niños y niñas desde 1 y 2 años de edad). Como pudieron, llegaron a la ciudad de Chihuahua, donde tenían conocidos de su comunidad en quien apoyarse. Su primera estancia fue en la colonia Cerro Grande, aunque por poco tiempo.
Las mujeres jefas de familia llegaron a la capital con sus hijas e hijos, los hombres se fueron para otro lado, sostienen. Sólo el papá de dos de los niños vive cerca, aunque no se hace cargo de ellos.
Después de unos meses encontraron trabajo como jornaleras en el ejido Aldama, donde viven desde hace poco más de dos años. Una persona les rentó una casa pequeña donde vivieron hacinados. Les pidieron la vivienda y hace más de un año les rentaron otra, más pequeña.
Hace un mes, les pidieron la casa de nuevo porque la quieren arreglar para venderla y se quedaron sin un techo dónde vivir. En un espacio común del mismo ejido, encontraron un espacio dónde levantar pequeñas chozas sostenidas con palos de madera y hule negro.
Levantaron su hogar entre mezquites y tierra. Se encuentran cerca de un arroyo y de las vías del tren. Alzaron cuatro cuartos cubierto de hule. Algunos duermen dentro de carpas en colchones viejos, hacinados. Afuera de los cuartos improvisados, colocaron tarimas de madera entre los árboles, utilizadas como camas tendidas con escuálidas cobijas.

Foto: Patricia Mayorga
Lograron colocar una manguera para que les llegue agua de una toma cercana, para lavar su ropa, trastes y tomar agua. Dobla la manguera para que no se salga el chorro de agua mientras no la utilizan. Y un vecino les permitió tomar la luz para tener un foco a través de un cable eléctrico.
Colocaron una piedra grande y plana para tallar la ropa. Cocinan en una estufa de leña al aire libre, mientras que una parrilla de gas se encuentra guardada porque está descompuesta. Llevan leña de alrededor. Un trastero muestra los vasos y platos que han logrado comprar y al lado está la única mesa que tienen.

Foto: Patricia Mayorga
En ese pequeño espacio viven 6 de las 7 mujeres con sus hijas e hijos. La otra mujer vive en otra vivienda cercana y han llegado más familias. La última que llegó, también de Guadalupe y Calvo, es una familia rarámuri.
Son jornaleras
Cuando se cambiaron a vivir al ejido Aldama, a unos 20 minutos de le ciudad de Chihuahua en vehículo, las mujeres comenzaron a trabajar en los campos jornaleros de alrededor. Ahora trabajan en la pizca de tomate, una vez que sembraron rábanos.
Ellas son agricultoras natas, sin embargo, les ha costado adaptarse a horarios como se acostumbra en la cultura occidental. En la sierra, ellas tenían sus milpas que trabajaban, de acuerdo a los ciclos agrícolas que ellas conocen desde niñas.

Las mujeres no pierden su alegría, han tomado con sentido del humor su situación. “El agua de la lluvia nada más pega en sus techos y los moscos no las dejan dormir”, dicen en su idioma y entre risas.
Ellas entran a trabajar a las 6 de la mañana y llegan a su casa por la tarde, alrededor de las 5 de la tarde.
Cada una gana entre mil 500 y mil 800 pesos a la semana, que reúnen para todas las personas que viven en la pequeña aldea improvisada.
Consiguen maestra ódami en el sistema Conafe
La Plomosa, la tierra de las siete mujeres ódami, es una localidad pequeña que se localiza en lo profundo de la Sierra Madre Occidental o Sierra Tarahumara al sur del estado. Es una zona altamente aislada rodeada de concesiones mineras que aún no están en etapa de explotación. Allá se dan áraboles frutales de clima templado más húmedo y tiene microclima más cálido porque se encuentra al fondo de los cañones, donde también se encuentran frutos semitropicales.

Imagen tomada de Google Maps
En ese aislamiento geográfico, los niños y niñas no iban a la escuela. Allá no hay planteles ni aulas educativas, tampoco llegan maestros para atender a la niñez. Tampoco llegaban brigadas de salud.

Imagen tomada de Google Maps
Para llegar de La Plomosa a la cabecera seccional, Dolores, deben caminar 8 horas y a la cabecera municipal, un día con ocho horas. No tienen vehículos.
Al llegar a Chihuahua, las niñas y los niños cambiaron por completo su entorno. Ahora viven cerca del aeropuerto Roberto Fierro. El ruido de los aviones fue la primera agresión que recibieron porque no están acostumbrados.
Pasó alrededor de un año, cuando el colectivo Cuatro Raíces conoció a las niñas y los niños, quienes manifestaron su deseo de ir a la escuela. Después de unos meses, lograron que el sistema del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), contratara a una maestra que les da clases en lengua ódami.
Las niñas y niños en etapa escolar, toman clases en la escuela Leona Vicario del sistema federal, a unos 300 metros de donde viven. Sin embargo, tienen que compartir aula con otra maestra que imparte clases en español con alumnos mestizos o que hablan sólo español. Al lado del aula, hay otra cuarto que utilizan como bodega.
Gabino Gómez Escárcega, del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres (Cedehm), dio a conocer que la organización propondrá que habiliten dicha bodega como aula para que todas y todas las estudiantes tengan mayor aprovechamiento escolar.

Foto: Patricia Mayorga
Entre las niñas desplazadas se encuentra Sofía, una pequeña de 11 años que estaba ilusionada con ingresar a la escuela, pero no está registrada por lo que no cuenta con acta de nacimiento y está a cargo de su abuelita. Les dijeron que requieren que la mamá esté presente para que puedan registrarla.
De la Comisión de Desplazamiento Forzado Interno del gobierno estatal, acordaron con la familia que harán los trámites necesarios para que Sofía pueda estudiar, ya que además, por su edad no puede ingresar a la primaria, tendría que ser en otro sistema.
Alrededor de 20 niñas y niños desplazados acuden a la escuela, cuatro de ellos son adolescentes. Tres niños han nacido durante el desplazamiento.
Cerca de la escuela, vive Orlando con su familia. Es un joven de 17 años que cuando tenía 10, sufrió una descarga eléctrica que le quemó su brazo y su pierna izquierda. El Cedehm y otras personas preguntaron a Orlando si le gustaría tener prótesis. Él está resignado, dice que tuvo una prótesis pero creció y ya no le quedó. Con una emoción contenida, accedió a que le ayuden a gestionar sus prótesis.
Las familias desplazadas de La Polmasa conviven en el ejido, con otros jornaleros que llegaron hace más de 20 años del estado de Guerrero y otros lugares.

Foto: Patricia Mayorga
Extrañan su tierra, buscan plantas medicinales para curarse
Cuando las familias ódami de La Plomasa se enfermaban, se curaban con plantas medicinales, tenían a su alcance agua de manantial y lo suficiente para vivir dignamente. Eran felices y ahora extrañan su tierra, los árboles, las barrancas, sus casas.
Durante su estancia en el ejido Aldama, se han enfermado del estómago, “de las tripas” y les ha dado fiebre en diferentes ocasiones. Hay personas que han durado entre una y dos semanas con temperatura pero se han curado con plantas medicinales que consiguen en el centro de la ciudad de Chihuahua.

“Nos curamos con hierbas, como yerbabuena, palo de Brasil. Las plantas medicinales las conseguimos en el centro, los compramos ahí, porque ya conocemos a los mismos que venden. Aquí (donde viven) no encuentramos nada, sólo con la corteza de mezquite (que rodean su pequeño campamento) nos curamos el estómago. La yerbabuena es para la gripa y la fiebre la curamos con el palo de Brasil”, detalla otra de las mujeres en entrevista ódami.
“Aquí nos ha costado el ruido, se complica comprar hierba porque debemos ir hasta el centro (no hay transporte público accesible hasta allá). Hace unos días apenas fuimos a una farmacia porque un niño se enfermó de gripa y buscamos reporte”.
Después de tres años de desplazamiento, el lunes pasado, acudió con las personas deplazadas una persona del servicio nacional de salud pública, quien se comprometió a estar cerca de las familias para brindarles atención médica y este martes, acudió personal médico de la Secretaría de Salud estatal para revisar a las niñas, niños y a las mujeres.

Asimismo, de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas del Estado y servidores públicos de la Mesa de Desplazamiento Forzado, acudieron a llevarles colchonetas, despensas y artículos de limpieza, luego de que el Cedehm dio aviso de la situación de las familias ódami desplazadas.
Conservan su cultura con su lengua, vestimenta y trabajo, mientras sus casas quedaron abandonadas
Han pasado tres años de su desplazamiento y han aprendido un poco de español, pero las niñas, niños y mujeres hablan en ódami, su lengua.
Las mujeres portan alegres vestidos que elaboran ellas mismas. Les gustan las telas floreadas y de colores vivos, con detalles de encaje y listones. Sus faldas son tableadas por ellas mismas.

Foto: Patricia Mayorga
Sueñan con bailar matachines y tomar tesgüino, el ritual que les da fuerza y con el que manifiestan su fe y esperanza, para que llueva, para que la vida siga en paz. Poco a poco han cobrado confianza en la ciudad y los domingos salen a pasear.
No han logrado hacer tesgüino porque no tienen molino, un tambo de 200 o 100 litros y porque su vida ha transcurrido en sobrevivir y en que sus hijas e hijas vivan su niñez y adolescencia.
En la ciudad, les ha costado mucho adaptarse a las viviendas (con hacinamiento), el agua, la luz eléctrica, la comida y el ruido.
Una de las mujeres, de 25 años, rompe su propio silencio durante la entrevista. “Extraño mucho la sierra. De repente lloro”.
Eran felices allá, era su tierra y sueñan con regresar.
Una de las mujeres regresó hace un año a su tierra pero hace unos meses regresó porque todavía no hay condiciones para vivir allá de manera segura.
¿Ha habido muertos por la violencia?, se les preguntó a las personas desplazadas. “Cuando estábaomos allá, supimos que entre ellos mismos había muertos”.
¿Cómo ayudar?
Lo que más requieren las personas desplazadas es una vivienda digna.
Si usted quiere apoyarles, puede contactarse al Cedehm de 9:00 a 14:00 horas o puede escribirnos a nuestras redes sociales
Requieren:
Camas, despensas, pañales etapa 4, papel sanitario, artículos de higiene personal, artículos de limpieza, repelente para insectos, toallas sanitarias, zapatos de diferentes tallas, ropa, telas con colores vivos y de flores, listón, hilo, agujas, molino para maíz, tambo para el tesgüino, trastes, alimentos no perecederos.

Foto: Patricia Mayorga
Las entrevistas con el grupo de mujeres ódami desplazadas, fueron traducidas por el reportero e intérprete de Raíchali, Leo Barro.
