Chihuahua

lunes 22 julio, 2024

En México, mujeres indígenas transforman prohibiciones en una oportunidad

Tras enfrentar por años las restricciones a la venta ambulante en Guadalajara, cinco mujeres lograron convertir a un grupo de artesanas de pueblos originarios en emprendedoras y revertir la adversidad.

Priscila Hernández / Global Press Journal

GUADALAJARA, MÉXICO — La artesana Juana Reyna muestra las manchas de sol en sus mejillas, huellas que la venta por las calles le dejó para siempre. Durante la pandemia del coronavirus sobrevivió caminando entre vehículos. “Vendía cubrebocas bordados”, dice. “Andaba sudando, vendía en las esquinas”. El sol implacable, día tras día, abrasaba su piel.

La venta ambulante en México es peligrosa y difícil. Las artesanas suelen merodear en busca de un rincón donde ofrecer sus creaciones. Junto a la suciedad de las calles y las alcantarillas malolientes, bajo el sol, el frío o la lluvia, se exponen a que les pisen y destruyan su trabajo, los perros orinen sus mantas y la gente escupa cerca de ellas. De pie, los clientes las observan desde arriba y crean un desequilibrio de poder mientras regatean y pretenden pagar poco por una pieza de artesanía que, en algunos casos, puede llevar todo un día de trabajo. Como es la única forma de ingresos para muchas artesanas mexicanas, las restricciones a la venta ambulante pueden poner en peligro su subsistencia.

Juana Reyna, quien pidió ser identificada siempre con su nombre completo, trabajó de esta manera durante 30 años, desde que tenía 12. Pero ahora, cuenta su historia a la sombra de un toldo blanco en una exposición de artesanías.

Junto a otras cuatro artesanas indígenas, Angélica García fundó Mujeres raíces de la ZMG, un colectivo que ayuda a mujeres como Juana Reyna a acceder a ferias artesanales y convertir las restricciones a la venta ambulante en Guadalajara en una oportunidad. Las exposiciones ponen a las artesanas en pie de igualdad con posibles compradores y les permiten vender con dignidad y ganarse mejor la vida en condiciones más seguras y saludables.

Más de 20 artesanas entrevistadas por Global Press Journal dicen que lo más importante es que los esfuerzos de Mujeres raíces han devuelto la dignidad a su trabajo.

“Cuando estás en el suelo, los clientes te hacen sentir inferior”, dice García. Pero en las exposiciones, las artesanas se sienten más respetadas. “Tienes la oportunidad de mostrar tu cultura”.

(Priscila Hernández Flores/Global Press Journal) La indígena mixteca, Angélica García, posa para un retrato junto a sus artesanías. Fundó el colectivo Mujeres raíces de la ZMG, junto a otras artesanas, para garantizar que mujeres indígenas tengan un espacio digno para vender sus creaciones.

En la exposición, Juana Reyna coloca en una mesa figuras de barro pintadas a mano como búhos, gatos y colibríes, decoradas con flores que recuerdan a las de Ameyaltepec, su pueblo natal. El amarillo, azul, rosa y negro contrastan con el mantel blanco. Ya no teme que alguien pise su obra.

Según los últimos datos disponibles en el sitio oficial Data México, la fuerza laboral de vendedores ambulantes fue de 1.63 millones de personas en todo el país. El 56.1% eran mujeres. La venta ambulante representa casi el 3% del total de la fuerza laboral ocupada de México. En Jalisco, donde se encuentra Guadalajara, hubo un crecimiento de 27,700 vendedores ambulantes entre 2021 y 2023. Es un 41% más.

El Gobierno de Guadalajara realizó su última restricción a la venta ambulante en el Centro Histórico de la ciudad en 2017. Limita los espacios donde pueden comerciar las personas y los inspectores municipales pueden incautarles sus productos e imponerles multas de hasta 5,600 pesos mexicanos (unos 304 dólares estadounidenses) si venden en áreas no permitidas. Con un ingreso promedio de 3,890 pesos (unos 211 dólares) al mes según Data México, para las personas que se dedican a la venta ambulante esas multas se vuelven imposibles de pagar y prefieren perder la mercancía. En siete ocasiones, cuando vendía en la calle, los inspectores incautaron las artesanías de Juana Reyna y no pudo recuperarlas, dice.

Juana Reyna llegó a Guadalajara a los 8 años, a la misma edad que su papá le enseñó a pintar el barro. Ya no está angustiada mirando a todos lados a la espera de inspectores municipales. “¡Estoy feliz!”, dice, sentada en una cómoda silla. “¡Tan feliz!”.

(Priscila Hernández Flores/Global Press Journal) Las hermanas Esperanza Acevedo (izquierda) y Teresa Acevedo posan para un retrato en su puesto en la exposición Encuentro de Lenguas Maternas.

El Encuentro de Lenguas Maternas, la exposición en la que Juana Reyna y las otras artesanas de Mujeres raíces venden sus productos, fue gestionado por Norma Joela Acevedo Olea, directora de la Dirección de Pueblos Originarios del Gobierno de Guadalajara, departamento encargado de la protección, promoción y defensa de los derechos indígenas.

“Es una manera más digna de exponer su trabajo”, dice Acevedo Olea. “[Mejora] la calidad de vida, porque el andar en las calles es exponerse a muchas situaciones conflictivas, al sol, a la inseguridad”.

El alcalde interino del Gobierno de Guadalajara, Juan Francisco Ramírez Salcido, dice que las restricciones a la venta ambulante buscan fomentar “espacios como este donde pueden dar a conocer su cultura gastronómica y artesanal”, en referencia a las ferias y exposiciones. Añade que está abierto a “permitir un comercio ambulante ordenado” y grupal. Pero, a nivel personal, dice, “a nadie puede dársele ese permiso” por las prohibiciones vigentes en el Centro Histórico de la ciudad, como desean las personas que trabajan con artesanías. Los cupos en las ferias son limitados y no todas las personas consiguen uno.

En la actualidad, Mujeres raíces representa a 45 artesanas, procedentes de los grupos indígenas Wixárika, Purépecha, Nahua, Otomí y Mixteco. La mayoría de ellas estuvieron en la exposición Encuentro de Lenguas Maternas. “La necesidad de trabajar, de mostrar lo que hacemos, es lo que más nos une”, dice García, quien proviene de una familia artesana que ha vendido en las calles por generaciones. “Estos espacios ayudan a que la gente conozca nuestra artesanía”.

Revertir la adversidad

Cuando vendía collares en la calle, la indígena mixteca Esperanza Acevedo tenía que salir corriendo con sus cuatro hijos cada vez que los inspectores llegaban de sorpresa. Ahora, en la exposición arrulla a su bebé de 7 meses en calma mientras atiende a sus clientes.

“Aquí es diferente. Aquí estamos a gusto. Tenemos un lugar fijo y sin miedo a que nos quiten la mercancía”, dice. Las mesas en las que apoyan sus artesanías les proveen no solo comodidad sino precios justos y mejores ventas. Acevedo reconoce que cuando vendía sentada en el suelo, entre la suciedad, las personas no querían agacharse y si lo hacían, terminaban pagando menos.

Juana Reyna confirma que en las exposiciones obtienen mejores ganancias. Vende una escultura de gato que le lleva todo un día a 200 pesos mexicanos (unos 11 dólares). Cuando vendía por las calles, al final del día, aceptaba la mitad. “Estaba todo el día ahí, escondida, caminando”, dice. “Una se cansa”.

A García también le ha pasado. “Tenemos que agarrar [lo que nos ofrecen] porque no tenemos qué comer ese día o porque no se vendió. Es lo único que te están ofreciendo. Eso cambia cuando estás en una mesita”, dice, en referencia a las ferias y exposiciones.

Mejorar la calidad de vida

Eulalia Zabala Sotero pertenece al pueblo Wixárika. A sus 67 años, vender sus artesanías en una exposición es un cambio enorme para ella. Ya no padece el dolor de piernas que le generaba tener que pasar horas sentada o arrodillada en el suelo. “Se siente bien, a gusto, sentada en la silla”, dice, rodeada de figuras sagradas como el peyote o el águila, hechas a mano con piedras pequeñas llamadas chaquiras.

(Priscila Hernández Flores/Global Press Journal)
(Priscila Hernández Flores/Global Press Journal) Eulalia Zabala Sotero, indígena wixárika, muestra sus artesanías de chaquira en un puesto en la exposición Encuentro de Lenguas Maternas.

Teresa Acevedo, hermana de Esperanza, vende sus tortilleros tejidos con palma, collares de madera y coloridas chaquiras, mientras su hijo de 7 años juega y corretea seguro, lejos del tránsito. En el pasado, tenía que andar de un lugar a otro “batallando con los niños” para que no cruzaran las calles y tuvieran un accidente.

En la misma manzana de la exposición de artesanías, familias indígenas caminan bajo el sol, vendiendo artesanías, servilletas bordadas y cubos de fruta. Deambulan en busca de un lugar donde ofrecer sus productos, atentas a los inspectores, como tantas veces hizo Juana Reyna. De vez en cuando hay vehículos que pasan cerca de los niños. Le rompe el corazón ver a familias luchar como ella antes lo hacía. “Ojalá pudiéramos conseguir un espacio más grande para que estuviéramos todos”.

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Este contenido fue originalmente publicado en Global Press Journal. Raíchali lo republica con el permiso correspondiente. Aquí puedes consultar su publicación.


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