Chihuahua

sábado 23 enero, 2021
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    El desafío de buscarles vivos

    Voz y texto desde Jalisco: Paloma Robles

    Ilustración: La Lechuga Ilustradora

    No todas las personas desaparecidas están muertas. Muchas están vivas y son víctimas de redes de trata, trabajo forzado, o están impedidas para volver a casa. El colectivo “Búsqueda Nacional en Vida” reúne a madres que se dedican a buscar a sus hijas e hijos dentro de cárceles, hospitales psiquiátricos, centros de rehabilitación y en las calles. Y a veces encuentran.

     Escucha el podcast corto de esta historia. 10:50 min

      Escucha el podcast largo de esta historia. 23:03 min

    A la cárcel del municipio de Tonalá, Jalisco, en el occidente de México, llegan 22 mujeres que esperan su ingreso en la fila de visita. Ellas no son familiares de los internos, no conocen a nadie adentro. Son madres que buscan a sus hijos e hijas desaparecidas y que forman parte del colectivo Búsqueda Nacional en Vida.

    Es 10 de marzo de 2020, las mujeres llegan vestidas de negro al penal de Jalisco sin celulares, libretas o plumas, como obliga el protocolo de ingreso. Entran sólo con la foto de su hija o hijo impresa en papel o estampada en sus playeras. 

    “Nos adaptamos a los requisitos que cada penal tiene (…) no alhajas, no aretes, no collares, no broches en el pelo, no tenis con agujetas, no calzado de huarache, tacón tampoco”, dice Rosaura Magaña, integrante del colectivo y enfermera jubilada. Ella busca en la cárcel de Tonalá algún rastro de su hijo Carlos Eduardo Amador Magaña, desaparecido junto con 3 muchachos por policías ministeriales de Tlaquepaque, Jalisco, en julio de 2017. 

    Rosaura no acepta perder a su hijo así, “de repente”, y se sostiene en la fe de que 

    Carlos Eduardo está vivo: “Mi hijo tenía 20 años cuando se lo llevaron, ahora tiene 24 años, mi hijo está en una edad productiva, entonces yo hasta el último momento voy a esperar a encontrarlo en vida”. 

    Dentro del penal las mujeres apenas tienen unos minutos para recorrer los módulos, cotejar tatuajes y otros rasgos físicos, exhibir las fotos de sus hijos o hijas por los pasillos enrejados y ganarse la confianza de los internos. Muchos son jóvenes olvidados por sus propias familias.

    “Ahí los tienen”, dice María de la Luz López Castruita, líder del Colectivo. “Sabemos que no hay comunicación con las familias. Inclusive hemos encontrado chicos que nos dicen: ‘tengo 5 años aquí y mi familia no sabe que aquí estoy’”.

    Cuando les muestran las fotos, a veces los reclusos les dicen que los vieron en algún lugar o les comentan que sus hijos fueron compañeros suyos de trabajo. Si la fecha de desaparición es anterior a los hechos que relatan los presos, entonces surge una línea de investigación. 

    Ruth Gumersindo es mamá de Marco Antonio Guerrero, desaparecido hace 11 años en Altamira, Tamaulipas. El joven tenía un tatuaje en el antebrazo derecho con el nombre de su hija Jimena. Desde aquella región del norte Ruth viajó a Jalisco para sumarse a la brigada. 

    Ella explica que en las cárceles los celadores les rayan un número en sus brazos y las acomodan de tal forma que no estén cerca de los reclusos. 

    “Cuando vemos que se quedan viendo mucho a las fotos, que voltean y se regresan, entonces ya podemos preguntarles: ¿Se te hace conocido? ¿Crees haberlo visto?”.

    Ruth encontró pistas de su hijo en el Centro Preventivo y de Readaptación Femenil de Tonalá. Allí, 2 mujeres reclusas le aseguraron haberlo visto en la enfermería del Penal Preventivo de varones.

    “Pasa una chica y lo observaba y lo ve y me dice: ‘yo lo conozco’. ¡Ya te imaginarás! ¡Sentí que el hígado se me subía hasta las orejas!”, recuerda emocionada. Ahora lo que sigue para Ruth es regresar a su estado, ir a la fiscalía y ampliar su denuncia, diciendo que estuvo en Jalisco y que existe la posibilidad de que su hijo se localice en ese estado.

    Para dar seguimiento al caso del hijo de Ruth, las comisiones locales de Búsqueda y de Derechos Humanos, tomaron la declaración de una de las internas y elaboraron un informe con los detalles de un “posible positivo”. Este es un concepto que repiten las madres al referirse a las pistas certificadas que cada una consigue para integrarlas a las carpetas de investigación de sus hijas e hijos desaparecidos.

    “Somos puras madres con dolor, puras madres, que nos urge, localizar a nuestros hijos”, dice María de la Luz López Castruita, que desde hace más de 12 años recorre el país con la foto de su hija, Irma Claribel Lamas López, desaparecida en Torreón, Coahuila, a los 17 años. 

    Lucy recuerda muy bien el último día que vio a su hija. Era miércoles 13 de agosto de 2008; Irma tomó sus cosas y se fue de casa sin permiso. Tenía días buscando pretextos para ir a un concierto de Caifanes en Saltillo. Lucy pensó que era una rebeldía más de su hija, pero Irma no volvió. Su esperanza es encontrarla con vida.

    Desde entonces se ha dedicado a organizar labores de búsqueda en grupos, con los que recorre calles, hospitales, salas de emergencia, centros de rehabilitación o de detención de menores, clínicas psiquiátricas. Y ahora, las cárceles. En esos lugares las madres buscan una pista, un testimonio, una descripción que las ayude a encontrar en algún sitio a sus desaparecidos. 

    Sigue leyendo la historia en www.adondevanlosdesaparecidos.org

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