A través del testimonio de un estudiante universitario en tratamiento de Profilaxis Preexposición, un activista por los derechos LGBT+ y de una persona que vive con VIH, esta crónica íntima busca exhibir la mala praxis médica y la falta de tacto en las instituciones públicas de salud en Puebla
Por: Arturo Zavala Zamora* / LadoB
** Foto de portada: Imagen ilustrativa generada con IA (Gemini)
Son las seis de la tarde y sigo en la universidad. Desde el tercer piso de la biblioteca, se observa una atmósfera que huele a entregas finales; a mi alrededor, las mesas se han convertido en talleres improvisados por alumnos de arquitectura, donde conviven maquetas inconclusas, cortes de madera y planos extendidos en el piso.
Las voces inundan toda la sala, rompiendo el silencio habitual del lugar: disputas entre colegas, videollamadas y el ruido de asesorías que escapan de los cubículos. Estoy solo en una mesa al final de un rincón. Me duele la cabeza. Hace mucho calor. No quiero hacer nada por el momento. No puedo pensar en nada. Solo quiero graduarme y largarme de aquí.
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Son las seis cuarenta. La universidad está casi vacía. Solo quedan algunos salones con las luces encendidas, tal vez son los estudiantes de posgrado.
En la entrada principal están los guardias de siempre, hay pocos alumnos esperando el transporte escolar, algunos chicos esperan a sus papás en la parada.
Pido un Uber. Por un momento dudo: ¿Qué tengo que hacer?, ¿a dónde voy?, ¿se me olvidó algo? Pronto lo recuerdo: mi consulta en el Centro Ambulatorio para la Prevención y Atención en SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual (CAPASITS). Han pasado más de tres meses desde mi última cita. Odio ir allá, siempre me tratan mal, pero es un compromiso al que no me puedo negar.
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Son las seis cincuenta y el Uber ya está llegando por mí. Dentro del carro, empiezo a revisar mis pendientes. Para mi consulta de hoy, me pedían llevar mi carnet de citas y los resultados de mis laboratorios de sangre: análisis para detectar sífilis (VDRL), hepatitis B y C, y una prueba Elisa (Enzyme-Linked Immunosorbent Assay), un examen para detectar anticuerpos del Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH). Pruebas de rutina como usuario de Profilaxis Preexposición (PrEP), un tratamiento preventivo —como su nombre lo indica— ante una posible exposición al VIH o hepatitis.
Todos estos estudios me los encargó mi médico infectólogo del CAPASITS, una clínica pública especializada en enfermedades de transmisión sexual.
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Son las siete y todavía no llego a mi destino; el viaje marca $156.04 pesos, una tarifa algo elevada para mi cartera.
De mi universidad al CAPASITS hay apenas nueve kilómetros de distancia. El tráfico de las siete es lo peor de vivir en la ciudad de Puebla. Un trayecto de diez minutos se puede volver una pesadilla. Cuarenta minutos de viaje marca la aplicación.
El chofer no me habla en todo el camino. La oreja de Van Gogh se escucha de fondo. Me sudan las manos y siento un pequeño hormigueo en los pies.
Es la primera vez que tengo consulta en la noche. Tengo miedo de llegar tarde; no quiero arriesgarme a perder mi cita, especialmente porque no veo a mi doctora desde diciembre. Esta cita es, en realidad, una reprogramación de mi cita original, que fue el 2 de febrero, pero mi médica no pudo atenderme ese día; se le olvidó que era el Día de la Calendaría y había puente.
Esta sería la primera vez que la vería desde que inicié mi tratamiento de PrEP.
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Son las siete y cinco, y el tráfico sigue jugando en mi contra. ¿Se preguntarán por qué es importante llegar puntual? Básicamente porque un retraso implica la pérdida de tu consulta médica. La única alternativa para quienes llegan tarde es resignarse a esperar por una “consulta bajo tolerancia” ese mismo día. En pocas palabras, llegar tarde significa esperar a que se libere un espacio en la agenda de tu médico. En mi experiencia, pueden ser 6 u 8 horas en una clínica sin internet y con baños fuera de servicio.
Además, no quiero llegar tarde porque no quiero ser regañado de nuevo. Todo les molesta a los policías, el personal de recepción, las enfermeras, el médico, la nutrióloga…
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Imagen ilustrativa generada con IA (Gemini)
Una vez quise reagendar una cita con mi psicóloga. No la podía ver, tenía coloquio en la uni. Fui un día antes con ese único propósito. Al verme entrar a su consultorio su rostro se veía molesto
—¿Qué necesitas? Estoy ocupada –su voz gruesa y cortante sonó en medio de pasillo. Empezó a regañarme. Aun así le pedí por favor que me cambiara la cita. Su respuesta fue algo agresiva: me arrebató mi carnet y me hizo esperar más de dos horas.
Sentí que me castigaba por cambiar la fecha. ¿Era mucho lo que pedía? ¿Era necesario actuar así? No lo sé.
Tal vez sea un problema en México la saturación de los servicios médicos.
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¿Pero cómo puedo hablar de la saturación de los servicios? Creo que en esta parte sería buena idea introducir a Adán, un experto en el tema.
Adán Cuamatzi es un activista que defiende los derechos de la comunidad LGBTTTIQ+ y de las personas que viven con VIH. Su labor incluye abrir espacios de organización, dignidad y empoderamiento colectivo. Adán es de las personas más cool y amables que conocí recientemente. Es una persona que lucha contra el sistema.
A grandes rasgos, imagínense un atleta fan de los gatos con una personalidad amigable, ese es Adán. Mide 1.75 cm, creo. Ojos cafés. Cuerpo definido. Tatuado. El día que lo conocí me dijo que traía una tote bag de gatitos, que así lo podría ubicar fácilmente.
Como experto en el tema de PrEP y salud pública, Adán asesora a personas que recientemente tuvieron una exposición de riesgo, que tienen problemas con alguna solicitud de medicamentos, con el cambio de unidades médicas o que reciben malos tratos por parte del personal de salud. Es una persona a la que le gusta ayudar a los demás, alguien que ama su trabajo en la organización Vida Plena.
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Adán me contó que en Puebla el desabasto de medicamentos antirretrovirales no ha sido un problema al menos desde 2019, pues el estado ha mantenido un suministro constante en hospitales y clínicas especializadas.
Los verdaderos problemas radican en la mala praxis médica y la saturación de los servicios. Adán me explicó que en CAPASITS Puebla actualmente atienden a más de 8 mil 500 personas que viven con VIH –aunque el gobierno del estado afirma que son 5 mil 959– además de las que viven con hepatitis o sífilis. Las clínicas especializadas también dan atención a personas que toman PrEP, que en el primer semestre de 2025 fueron 85 pacientes, según una publicación de e-consulta.
De acuerdo con Adán, el CAPASITS cuenta con apenas ocho médicos infectólogos, cuatro psicólogos, dos dentistas y dos nutriólogos, además de tres o cuatro enfermeras, el personal de archivo y los policías de la entrada. Este equipo se encarga de dar cobertura en todo el estado de Puebla, por eso están saturados, y algunos médicos te regañan y te castigan por llegar diez minutos tarde, e incluso te hacen sentir mal por preguntar sobre los efectos secundarios de los medicamentos.
Los doctores están bien capacitados para brindarte un servicio médico, pero en su actuar dejan mucho que desear. No hay tacto, no hay un interés genuino por el paciente. Muchas veces me hacen sentir como una cifra más. La psicóloga me juzga cada vez que voy a consulta, me hace sentir como una persona promiscua en todo momento.
Para la clínica y su cuerpo médico, la prioridad de los servicios se reduce a vigilar que los pacientes cumplan con su dosis diaria de medicamentos. Su interés no radica en la salud integral del paciente, sino en el control epidemiológico.
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Son las siete y veinte y casi llego al hospital. El tráfico sigue hecho un caos, hay carros por todas partes, el sonido del claxon empieza a ser molesto. Siento que no avanzo. ¿Llegaré? Hacia adelante solo se ve una hilera infinita de vehículos completamente inmóviles. Tres carriles y ninguno avanza.
El aire acondicionado no está ayudando, estoy sudando frío. Ya quiero llegar, aunque realmente odio ese lugar.
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A las siete cuarenta por fin estoy en CAPASITS, solo está la policía de la entrada. Con un tono cortante me avisa que las enfermeras ya se fueron. No hay nadie que me tome mis signos.
Estoy solo en el pasillo esperando mis consultas. Mi única compañía es el sonido de una gotera al lado de los baños. La policía me ignora, lleva sus audífonos en todo momento.
De pronto escucho que me llaman. Es la psicóloga. Entro a su oficina. Me pregunta si también voy a ver a la doctora infectóloga. Le digo que sí. En menos de dos minutos ya me está regañando. Me hace un sinfín de preguntas: “¿A qué hora te tomas tu medicamento? ¿Se te ha olvidado tomarte alguna dosis diaria? ¿Cuántas parejas sexuales has tenido desde la última vez que nos vimos? ¿Cuántas parejas sexuales has tenido este mes? ¿Por qué bajaste tu número de parejas sexuales? ¿Has consumido drogas inyectables? ¿Has consumido drogas últimamente? ¿Tienes relaciones con parejas fijas o son encuentros casuales? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste relaciones sexuales? ¿Relaciones sexuales con hombres o mujeres? ¿Sabes si tus parejas tienen VIH? ¿VPH? ¿Sífilis? ¿Hepatitis? ¿Qué tipo de prácticas realizas? ¿Penetras o eres penetrado? ¿Usas condón?”

Imagen ilustrativa generada con IA (Gemini)
Se molesta porque no llevo los resultados de unos estudios de hepatitis; no me los entregaron a tiempo. Me recuerda que sin ellos, mi médica no me va a atender. Saca un par de guantes y unas pruebas rápidas del botiquín de su casillero.
En menos de dos minutos ya me está pichando el dedo, no duele el corte, pero no dejo de sangrar. Me molesta que ni siquiera me haya preguntado si quería hacerme la prueba. Ella también se ve molesta por tener que hacerlo. Esperamos el resultado en silencio. Son los minutos más largos de mi vida.
Dio negativo.
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Aquí siempre me siento juzgado.
Quizás por eso no puedo dejar de pensar en el testimonio de Arturo Jacobo.
Arturo Jacobo es un usuario del IMSS que vive con VIH desde hace más de 14 años. Al inicio, vivió un proceso de pánico ante su diagnóstico médico; para él, era difícil pedir información sobre su condición. En un inicio siempre recibía malos tratos por parte de los médicos, y nadie se tomaba el tiempo de explicarle con exactitud las razones de su deterioro físico. Vivía con temor de ver a sus doctores. De acudir a su clínica. Las condiciones de los demás pacientes eran alarmantes. Las personas de la clínica se veían algo cansadas y poco amarillentas, Arturo Jacobo se tardó 4 años en iniciar su tratamiento, sabía que era VIH positivo, pero no entendía el porqué de su deterioro físico.
Como consecuencia de ello, entró en etapa de SIDA y desarrolló enfermedades oportunistas (como candidiasis, neumonía, diarrea crónica y algunos hongos en los pulmones). Lo internaron. El personal del hospital se limitaba a guardar silencio; nadie asumía la responsabilidad de darle información sobre su estado serológico, los doctores lo ignoraban. Las enfermeras no le avisaban cuando dejaban su comida afuera de su habitación. Estaba solo, en un piso aislado, esperando respuestas del porqué de su deterioro.
Los especialistas eran muy secos y groseros con Arturo y su familia, no tenían tacto. Su médico una vez le comentó a su mamá: “Su hijo tiene VIH, tiene SIDA y está a punto de morirse… váyanse preparando porque capaz y ya se muere”.
Arturo Jacobo estuvo casi un mes internado, las enfermeras y médicos evitaban entrar a su cuarto supuestamente porque debían seguir el “protocolo de protección”.
Finalmente logró recibir el alta e inició su proceso con los medicamentos antirretrovirales. Su primer médico especialista y enfermera del IMSS llevaron su proceso ameno, eran empáticos y cálidos con él. Mostraban un interés genuino en Arturo. Tras la jubilación de su médico infectólogo, fue enviado a La Margarita con un nuevo doctor. Una nueva pesadilla estaba por empezar.
Con su nuevo doctor el trato era frío. Le daba miedo interactuar con él. No le dirigía la mirada y le incomodaba preguntarle cualquier cosa. El médico nunca cruzó palabra con Arturo, solo daba órdenes a los internos: “mídelo”, “pésalo”, “reprograma sus laboratorios”. Ellos lo hacían mientras Arturo sentía las miradas juzgonas de todos. En lugar de sentir apoyo, sentía miedo.
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En su experiencia, Arturo ha detectado algunas deficiencias en el sector Salud, por ejemplo en cuanto a los mecanismos de admisión del IMSS y el CAPASITS, pues las páginas web no están actualizadas, y no hay tanta información sobre las clínicas especializadas.
También existe un vacío de información respecto a las recientes modificaciones en las reglas de operación del IMSS. En el nuevo hospital de San Alejandro implementaron un sistema de boletaje electrónico para las filas de farmacia y consultas médicas, los pacientes que van a consulta no saben cómo usarlo, lo que genera un caos, desata filas y altercados con el personal médico. Pero nadie les explica nada.

Imagen ilustrativa generada con IA (Gemini)
Sumado a ello está la rigidez de los horarios de consulta. En el IMSS y CAPASITS imponen los horarios acordes a la agenda de los doctores, lo que colisiona directamente con la vida laboral de los pacientes. Los usuarios no tienen opción de elegir sus consultas, a los médicos no les importa el tráfico de la ciudad o si te van a dar permiso en el trabajo.
Pero quizás lo más importante es que el personal médico reciba capacitación inmediata en materia de sensibilización, para garantizar un trato digno a las personas que viven con VIH o que son usuarias del PrEP. Desde la perspectiva de Arturo, el personal de salud no debería emitir juicios de valor o estigmas negativos hacia sus pacientes.
El temor a ser juzgados o ser regañados por parte del personal médico provoca que muchos eviten acudir a las clínicas a recibir tratamiento.
En la actualidad, Arturo Jacobo es atendido en el nuevo hospital de San Alejandro en el turno verpertino, donde recibe atención de calidad. Tiene buena relación con su médico infectólogo y es cercano a las enfermeras de su unidad.
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Son las ocho y media.
He esperado a mi doctora por más de treinta minutos, soy el único paciente en el edificio. El ambiente es raro, como de película de terror. No, la verdad no tengo miedo, solo estoy desesperado, muy cansado y tengo mucha hambre.
Finalmente paso a su consultorio, checa mi expediente médico.
—¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? –me pregunta.
—5 de diciembre.
Quiere saber si he estado tomando mi medicamento últimamente. Le respondo que sí. La verdad ya se me hizo hábito.
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—Me estoy graduando de la universidad.
—Felicidades —dice.
Me recuerda que tenga cuidado con el medicamento, un fármaco sumamente fuerte que, con el paso de los años, puede llegar a ocasionar fallas hepáticas. Me explica que si solo voy a tener un encuentro ocasional al mes, lo recomendable sería suspender el tratamiento.
Me programa la siguiente cita hasta octubre, y me deja de tarea valorar si quiero cambiar la modalidad de mi profilaxis preventiva. Es decir, limitar la toma del medicamento exclusivamente a las horas previas y posteriores al encuentro sexual.
No tiene caso continuarlo si disminuyó mi número de parejas sexuales. Me siento regañado. Es la primera vez en mi vida que me llaman la atención por no tener sexo.
* Recién egresado de la Licenciatura en Comunicación de la Ibero Puebla.
Este contenido fue originalmente publicado en LadoB, integrante de Territorial alianza de medios. Aquí puedes ver su publicación.

