Por Vanessa Beltrán y Marcos Vizcarra / Revista Espejo
Culiacán, Sin.– El 15 de mayo de 2017, en pleno mediodía, el periodista Javier Valdez fue privado de la vida a balazos frente a las oficinas de RíoDoce, medio de comunicación en el que trabajaba y del que era fundador.
A nueve años de su asesinato, colegas del medio periodístico y defensores de los derechos humanos acompañaron el viernes pasado a la familia del periodista en un homenaje en su memoria, en el que exigieron justicia para Valdez, levantando la voz bajo el discurso de que justicia a medias es impunidad completa.
Griselda Triana, viuda de Valdez y activista, señaló que la investigación por el asesinato de su esposo se encuentra estancada, ya que, a pesar de que existen dos detenidos como presuntos responsables del crimen, aún no se ha logrado presentar ante la justicia mexicana al autor intelectual, Dámaso López Serrano, alias “El Mini Lic”, quien fue sentenciado a cinco años de cárcel en Estados Unidos.
La familia, el medio de comunicación RíoDoce, Artículo 19, el Comité para la Protección de Periodistas y Reporteros Sin Fronteras exigen la extradición de “El Mini Lic”.
“Creo que el gobierno mexicano, las autoridades, siempre tendrán otras prioridades sobre otras situaciones que se viven en México y el tema de la extradición del autor intelectual del asesinato de Javier, por supuesto que no es una prioridad, no es algo que les interese a las autoridades.
Mientras Dámaso López Serrano, ‘El Mini Lic’, no sea enjuiciado, no sea llevado ante los tribunales para que responda por el asesinato de Javier, pues su crimen seguirá impune”, comentó Griselda.
Periodismo en Sinaloa y el peligro que existe al ejercerlo
Durante el homenaje, Griselda Triana también habló sobre el contexto de violencia que atraviesa actualmente Culiacán y el riesgo constante que enfrentan las y los periodistas al cubrir hechos relacionados con seguridad.
La activista recordó que Javier Valdez fue asesinado en un escenario de violencia similar al que actualmente vive Sinaloa y expresó preocupación de que otro periodista pueda convertirse en víctima de homicidio.
“Es muy preocupante, es muy preocupante sobre todo lo que sucede en Sinaloa, especialmente en Culiacán. Hay que recordar que Javier fue asesinado en un contexto similar, no de la magnitud de lo que se está viviendo en este momento, pero sí en una situación similar”, señaló.
Triana comentó que existe temor entre familiares y organizaciones defensoras de periodistas por las agresiones que continúan enfrentando reporteros y comunicadores en la entidad. Asimismo, insistió en que las autoridades deben garantizar condiciones seguras para ejercer el periodismo y que los mecanismos de protección funcionen de manera efectiva.
“Nuestra preocupación desde lejos y aquí es pensar que en algún momento otro colega pueda ser asesinado. Entonces, las autoridades tienen una responsabilidad, tienen que garantizar que el ejercicio de su profesión, de su labor periodística, no tenga consecuencias fatales”, expresó.
Javier Valdez, el buen periodista que le faltó sociedad civil que lo acompañara
Cuando matan a un periodista, cuando lo agreden o lo desplazan, suele quedar solo.
Griselda Triana lo dice con la memoria puesta en Javier Valdez Cárdenas, su esposo, el periodista sinaloense asesinado el 15 de mayo de 2017 en Culiacán. Recuerda constantemente una frase que él repetía cada vez que un compañero o una compañera era agredida en México: al buen periodismo le hace falta sociedad civil que lo acompañe.
“Javier lo veía cuando publicaba algún trabajo y por ejemplo nadie le daba seguimiento, no había reacción, no había reacciones de parte de la sociedad, entonces se cuestionaba si de verdad valía la pena seguir escribiendo, seguir publicando, seguir publicando historias ante las cuales debería haber una reacción de la sociedad”, cuenta Griselda.
En México, los periodistas que cuentan la violencia, que acompañan a comunidades, que documentan abusos, que toman fotografías, graban videos, escriben reportajes o hacen coberturas en vivo, muchas veces arriesgan el pellejo por unos cuantos pesos. Y cuando la amenaza llega, casi siempre descubren que están solos.
Javier Valdez lo dijo en noviembre de 2011, en Nueva York, al recibir el Premio Internacional de la Libertad de Prensa del Comité de Protección a Periodistas.
“¿Esta es una guerra? Sí, pero por control del narco. Pero nosotros los ciudadanos ponemos los muertos y los gobiernos de México y Estados Unidos, las armas. Y ellos, los encumbrados, invisibles y agazapados dentro y fuera de los gobiernos se llevan las ganancias. Dedico este premio a los periodistas valientes, a niños y jóvenes que viven una muerte lenta. He preferido darle rostro y nombre a las víctimas, retratar este panorama triste y asolador, estos pasos agigantados de tomar atajos hacia el apocalipsis en lugar de contar los muertos y reducirlos a números. Este premio es como un faro de luz del otro lado de la tormenta, un puerto seguro más allá de la tempestad”
Aquella vez, cuando recibía el premio, habló de Ríodoce, el semanario que cofundó en Culiacán como un acto civil de resistencia para ejercer un periodismo libre. Y desde ahí advertía:
“En Ríodoce hemos experimentado una soledad macabra, porque nada de lo que publicamos tiene eco ni seguimiento. Y esa desolación nos hace más vulnerables. Y a pesar de esto, con ustedes, con este premio puedo decir que tengo dónde guarecerme y sentirme menos solo”
Ese año, 2011, la violencia en Sinaloa era imparable. La llamada “guerra contra las drogas” alcanzaba uno de sus puntos más graves en esta región del noroeste de México. De acuerdo con los datos oficiales citados en el proyecto, hubo hasta mil 905 asesinatos, la mayoría atribuidos a confrontaciones criminales.
Javier no quería alimentar el morbo. Quería provocar indignación. Que los lectores del Semanario y de sus libros se levantaran y dejaran los teléfonos móviles para exigir cuentas a los poderosos. Quería que las historias no se quedaran en el papel, ni en la pantalla, ni en el archivo. Quería que la sociedad reaccionara.
Griselda recuerda que cuando Javier publicaba un trabajo y nadie le daba seguimiento, cuando no había reacción de la sociedad, él se preguntaba si de verdad valía la pena seguir escribiendo. Si valía la pena seguir publicando historias ante las cuales debería existir una respuesta colectiva.
Tal vez Javier Valdez, dice Griselda, era un soñador. O tal vez era uno de esos periodistas que entienden el oficio como algo más que una acumulación de datos, escenas y nombres.
El periodista polaco Ryszard Kapuscinsky decía que para ejercer el periodismo, antes que nada, había que ser buenos seres humanos. Javier parecía escribir desde ahí: desde la necesidad de comprender a los demás, sus dolores, sus tragedias y sus dificultades.
“No hay sociedad, no hay quien te acompañe, no hay quién te respalde, no hay voces que defiendan a los periodistas y a las periodistas en este país. Las voces son las mismas, no hay gobierno que se manifieste a favor del trabajo de las y los periodistas en este país. No hay sociedad, somos las familias y somos unos cuantos del gremio que estamos ahí y por eso están solos”.
En México, ese buen periodismo puede parecer un contrato con la muerte.
De acuerdo con Artículo 19, desde el año 2000 y hasta enero de 2026 se habían registrado hasta 176 asesinatos de periodistas en México. Además, hay por lo menos 34 periodistas que se encuentran desaparecidos.
La lista es larga y dolorosa. En por lo menos el 90 por ciento de esos asesinatos hay una constante: la impunidad. En los casos de periodistas desplazados, no se conoce una sola sentencia en México que haya llevado a un agresor a la cárcel por amenazar o atentar contra la vida de un periodista.
“Javier se sentía solo”, repite Griselda. “Sentía que a la sociedad no le importaba lo que le pasara a un periodista”.
Esa soledad también se aprende en el oficio. Hacer periodismo en México implica cargar con una formación incompleta, muchas veces autodidacta. No hay escuelas que enseñen cómo acompañar a las víctimas, cómo convertir bases de datos en historias sobre injusticias e impunidades, cómo soltar el dolor ajeno para que no se vuelva propio.

A nadie le explican que fuera de las aulas habrá depredadores de la verdad vestidos de traje, simulando ser amigos, listos para censurar. Tampoco que en las redacciones habrá violencias, egoísmos y complicidades.
A nadie, absolutamente a nadie, le explican que su periodismo no cambiará nada.
Y aun así, el periodismo sigue siendo necesario. Gabriel García Márquez decía que era el mejor oficio del mundo. Tal vez porque no cambia el mundo por sí solo, pero sí puede provocar que otros se indignen, salgan a las calles y empiecen a cambiarlo.
El 15 de mayo de 2017, Javier Valdez Cárdenas fue asesinado. Fue un crimen contra el periodismo que denuncia, que describe los problemas de la sociedad y que ayuda a las comunidades a organizarse.
Ese día Culiacán perdió a un periodista querido, a un músico percusionista, al hijo de un cartero, a un luchador estudiantil y guerrillero, a un luchador social, a un padre, a un esposo. Perdió a un hombre que trató de cambiar Sinaloa desde la palabra.
Javier ya no está, pero su memoria permanece como la Malayerba, aquella columna que escribía cada domingo en Ríodoce. Una memoria que resiste como protesta y como exigencia: que la sociedad civil acompañe al buen periodismo en México.
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Este contenido fue originalmente publicado en Revista Espejo, integrante de Territorial alianza de medios. Aquí puedes ver su publicación.

