Plasman en tesis de antropología efectos del desplazamiento forzado en la niñez

Carlos Fierro / Raíchali

Paloma Chavira, egresada de la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, acompañó durante diez meses a niñas y niños de familias que salieron de su comunidad y llegaron a un refugio en la ciudad de Chihuahua.

“La violencia no termina con el desplazamiento”, dice en entrevista para Raíchali, mientras explica que durante ese tiempo recopiló las experiencias de la niñez para plasmarla en su tesis de titulación llamada “Experiencia de la niñez desplazada desde el triángulo dorado en la ciudad de Chihuahua”. Para ese trabajo, ella les pidió permiso a fin de abordar las problemáticas que enfrentan al estar lejos de casa.

La tesis de Paloma hace un contraste entre los informes sobre desplazamiento forzado, enfocado en adultos, y su trabajo dirigido a escuchar a la niñez. La investigación la presentó en septiembre del 2025 en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México para su titulación en licenciatura en Antropología.

En ese trabajo ella muestra “las infancias que no vemos y cómo las graves violaciones de derechos humanos están moldeando a niñas, niños y adolescentes en Chihuahua”. También indica que en numerosos casos, los más pequeños no comprenden plenamente lo ocurrido y sólo advierten que de un día para otro todo cambió.

“Rara vez se habla de los huérfanos que ha dejado el crimen organizado en la Sierra de Chihuahua y de cómo este acontecimiento cambió sus vidas” expresa Paloma.

En una parte de la tesis, establece que existe una mayor posibilidad a que las infancias queden huérfanas de padre en las zonas serranas, debido a que los hombres están más propensos a perder la vida al ser defensores de la tierra, ser amenazados para trabajar o ya ser parte de grupos criminales por la falta de oportunidades laborales, entre otros factores.

Su trabajo busca mostrar cómo la violencia cambió la vida de las infancias, la organización, los cuidados, la vida cotidiana y las responsabilidades que asumieron dentro de un entorno completamente distinto al de sus comunidades de origen. Para proteger la identidad de la niñez, la tesis refiere nombres ficticios.

Ella, originaria de Camargo y titulada de la licenciatura en antropología, trabajó durante 5 años en Alianza Sierra Madre A.C. (ASMAC). Ahí conoció más de temas vinculados a la defensa del territorio, asesinatos de activistas y generó vínculos con integrantes de comunidades. Paralelamente, reconoce, comenzó a desgastarse emocionalmente al conocer a fondo todo lo que viven las personas en situación de vulnerabilidad, sobre todo cuando son víctimas de desplazamiento forzado, un asunto que la llevó a dejar la organización.

La marcaron casos como el de Julián Carrillo, quien fuera asesinado el 24 de octubre de 2018 por sicarios, a pesar de estar bajo protección del Mecanismo de Protección para Defensores de Derechos Humanos y Periodistas. Su muerte desató un desplazamiento forzado masivo de la comunidad, ya que su familia y compañeros de lucha aún no han podido regresar a sus tierras de manera segura, un ejemplo de los más emblemáticos de la lucha por el territorio.

Julian Carrillo Martinez, fue un líder ralámuli de la comunidad Colorada de la Virgen del municipio de Guadalupe y Calvo, conocido por su incansable lucha de defensa del territorio, los bosques ancestrales y los derechos humanos de su comunidad contra la tala ilegal y minería.

En los talleres y análisis de riesgo en los que Paloma participó, recuerda, el enfoque eran los adultos: “nunca se tomaba en cuenta la perspectiva de los infantes, lo que ellos estaban pasando, lo que necesitaban”. Por ello la tesis se enfocó en esta parte más vulnerable donde el desplazamiento deja secuelas desde muy temprana edad y que en muchos caso no son atendidos con mayor medidas, ya que ellos no expresan cómo los adultos las problemáticas como la violencia o el desplazamiento.

Al principio quería saber qué tanto sabían las niñas y los niños sobre las causas de su desplazamiento, pero la mayoría eran muy pequeños cuando salieron, y quienes sí recordaban eran tan traumáticos que no tenía las herramientas para abordar dichos temas que hasta hoy queda en la memoria de aquellos que ahora son jóvenes.

Entonces cambió el rumbo, se enfocó en cómo la violencia modificó su vida diaria, desde la organización de los cuidados hasta los casos de niñas y niños que tuvieron que incorporarse al trabajo remunerado y asumir funciones de adulto, dejando de lado la escuela o una vida de un niño más. Las madres se volvieron cabeza de familia y los niños que se quedan en el refugio se cuidan entre sí, es parte de lo que comparte la autora en su investigación.

Paloma también destaca lo positivo que observó: su capacidad de organizarse y de cuidarse entre sí. Para acercarse a ellos usó juegos, dibujos, caminatas y salidas al parque y al deporte, porque al inicio no salían del refugio, no todos hablaban español con fluidez, y las propias niñas y niños la ayudaban a entender lo que querían decir.

Hoy las familias están dispersas y ella no ha vuelto a presentarles el trabajo, dice que no tiene claro si tendrá un efecto positivo y que no quiere dar una “falsa ilusión”, pues llevan mucho tiempo esperando lo que muchas de ellas más desean regresar a su comunidad.

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