Raíchali

Yo fui vendida

La dote es una tradición ancestral de los pueblos originarios, aunque ahora es una simple transacción económica. Antes, era una ofrenda que una familia brindaba a otra por la felicidad de la nueva pareja. Ahora se meten a intensas negociaciones hasta llegar a un precio. Los precios varían: 40, 80 hasta 150 mil pesos por una niña, por una mujer. El precio se puede establecer en tres aspectos: la edad, el comportamiento y la educación.


Texto: Arturo de Dios Palma

Fotografía: Salvador Cisneros

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Alicia no recuerda la fecha cuando, por primera vez, la obligaron a irse a vivir con un hombre desconocido. Sí recuerda con nitidez que era niña. Por ella pagaron 150 pesos de los de antes, un peso con cincuenta centavos de ahora, calcula. Nunca estuvo de acuerdo. No lo conocía. Esa “relación” duró dos años y medio.

Al año comenzaron las agresiones. Fue maltratada; primero porque visitaba a su papá que estaba enfermo y después se reveló la verdadera razón: no podía embarazarse. Un día, el padre del hombre desconocido con el que vivía la golpeó con una vara, después la corrió y le gritó que sí no podía embazarse entonces no les servía.

Alicia regresó a su casa, sus padres intentaron convencerla para que volviera con el “esposo”. Le dijeron que estaba vendida, que le pertenecía. Se negó. La rechazaron. Entonces, vivió unos años con una tía, hasta que le permitieron volver a su casa.

Ahora, Alicia tiene 74 años, ocho hijos y muchos nietos. Está sentada pegada al fogón de leña en su casa de adobe. En medio de la plática se detiene para recordar el fin de esa primera “relación”. Con la experiencia que ha obtenido con los años, dice, cree que no se puedo embarazar porque aún no menstruaba.

La siguiente vez que la obligaron a vivir con un desconocido, no pagaron ningún peso, se la robaron.   

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Es la una de la tarde en este pedazo de la Montaña de Guerrero. Los rayos del sol no penetran las densas nubes grises. La vida y las familias se mueven con cotidianidad, nada extraño se ve a simple vista. Aunque en el interior de muchas casas, hay una tradición que a las niñas les quita su niñez y las convierte en adultas, en madres. Aquí, casi todas las familias han pagado o vendido a una de sus hijas. Le llaman la dote.

La dote es una tradición ancestral de los pueblos originarios, aunque ahora es una simple transacción económica. Antes, era una ofrenda que una familia brindaba a otra por la felicidad de la nueva pareja. Entregaban flores, panes, cerveza, algunos animales y dinero, sin tarifas. Era una manera de agradecer por la crianza de la mujer y una forma de apaciguar la tristeza que provocaba a la familia dejar ir a una de sus hijas, que son “la alegría de la casa”.

Ahora no, las familias se meten en intensas negociaciones hasta llegar a un precio y la ofrenda la dejan en segundo plano. Los precios varían entre los 40, 80 hasta 150 mil pesos por una niña. El precio, según la tradición, se establece en tres aspectos: la edad [mientras más niña más vale] el comportamiento [si se sabe que ya tuvo novio su valor se demerita] y la educación [más educada menos valor].

Neil Arias es abogada del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, en los últimos cinco años ha documentado unos 50 casos de venta de niñas; diez por año. Explica que la venta de niñas es una tradición tan arraigada en los pueblos de la Montaña que intervenir para evitarlo es casi imposible. La abogada menciona que no conoce a un sacerdote de la iglesia católica que se haya negado a casar a una niña.

“Hay pueblos completos que sí eso pasa, el sacerdote nunca más vuelve a pisar la comunidad. Y muchos sacerdotes sacan cuentas y mejor prefieren seguir casando a las niñas”, afirma.

Otro problema, expresa, son los ayuntamientos que no mueven un dedo para evitar la venta de niñas y, cuando una mujer ya no quiere seguir en la relación, siempre le dan el lado al que paga. Neil Arias ve otro problema, éste estructural: la pobreza. Muchas veces con la venta de las niñas las familias se quitan una boca de encima, es un gasto menos; pero, agrega, igual de pobres son los que pagan por las niñas.

Neil Arias afirma que la pobreza va acompañada de la falta de escuelas, de hospitales y de caminos. “Estas niñas, niños y jóvenes no tienen alternativas para un futuro”, dice.

Estamos frente a una escena desoladora: pobres comprando pobres.

La historia completa en Amapola Periodismo

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