Chihuahua

domingo 5 febrero, 2023
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    Brenda, entre la inclusión y el rechazo en un mundo de “chabochis”

    Este ejercicio periodístico complementa de opiniones con líderes y representantes indígenas y mestizos, para abrir una ventana al mundo de las chicas transgénero, a partir de realidades paralelas.

    Por: Gustavo Cabullo y Elizabeth Ramos / SerVisible

    CIUDAD JUÁREZ, CHIH., MX.- El 9 de septiembre de 2021, en el Centro Cultural de las Fronteras fue inaugurada la exposición fotográfica “Identidad sin fronteras”, que retrataba la forma de vida y cultura de cinco comunidades indígenas asentadas en Ciudad Juárez.

    La primera, de 20 imágenes que comprendía esta galería, mostraba a una mujer de la comunidad ralámuli (o rarámuri), posando sobre una banca del histórico Parque Federal El Chamizal. 

    Su mirada, postura, su cabello teñido de rubio y su sonrisa franca frente a la lente llamaban la atención de los presentes, quienes se quedaban, no únicamente a contemplar la imagen, sino a leer el pie de foto, el cual generaba mayor expectativa:

    ¿Cómo es ser una mujer trans, dentro de la comunidad ralámuli?

    Me siento a gusto porque no soy discriminada dentro de mi comunidad; allí me respetan, me valoran tal como soy y me quieren. La comunidad fue parte de mi transformación, nunca fui discriminada y siempre me respetaron. He podido realizar actividades como cualquier otra mujer en la ciudad y dentro de mi comunidad.

    Brenda Berenice Rodríguez Moreno, de 31 años, es la primera mujer abiertamente transgénero perteneciente al pueblo ralámuli, radicada en la Colonia Tarahumara, en Ciudad Juárez, lo cual despertó nuestro interés por conocerla y compartir su historia.

    Este ejercicio periodístico se complementa de testimonios con líderes y representantes indígenas y mestizos, para abrir una ventana al mundo de las chicas transgénero, a partir de realidades paralelas.

    Buscamos a Brenda hasta su actual empleo como afanadora en el Instituto Municipal de la Mujer (IMM), en el corazón de la Zona Centro, para que nos guiara hasta su hogar, en la Colonia Tarahumara y, desde la comodidad de su entorno, saber de viva voz cómo es Ser Visible una mujer transgénero de clase trabajadora, perteneciente a un grupo étnico, dentro y fuera de su comunidad.

    Nos improvisa un espacio en el recibidor de su vivienda que también funge como habitación y donde se observa una cama con una cobija impresa con el logotipo del equipo de futbol Club América, un peinador rústico, un espejo y un cuadro de la Virgen de Guadalupe coloreado con brillantina rosa.

    El cuarto conecta con otro espacio de mayores dimensiones, donde están sus familiares, a quienes pide permanecer en silencio, para no intervenir durante la entrevista.

    Brenda se refresca, se libera de la ropa de trabajo y, en su lugar, se pone un vestido de manta blanco, con formas geométricas bordadas en rojo y azul y se posiciona frente al espejo para retocarse el maquillaje.

    Tan pronto termina, se sienta frente a la cámara para entablar el diálogo.

    Cuenta que nació y creció en Ciudad Juárez, pero que sus padres Rosa Margarita y José Baristo (†), así como su única hermana Josefina, son originarios de Tehuerichi, un pequeño poblado de la zona serrana, perteneciente al municipio de Carichí, de unos 150 habitantes.

    Su padre se empleaba en la industria minera, en el ejido La Esperanza, en Meoqui, Chihuahua, y su madre aún se ocupa en las faenas del hogar.

    ***

    Migración de comunidades indígenas

    Ciudad Juárez se caracteriza por la migración de grupos étnicos, procedentes de diversas zonas serranas del estado de Chihuahua y la República mexicana que llegan, en su mayoría, buscando una mejor calidad de vida y encuentran en la periferia una primera opción para hacerse de un patrimonio.

    El Directorio de Comunidades Indígenas de Ciudad Juárez, elaborado por la Comisión Estatal para los Pueblos Indígenas en octubre de 2020 lo constata.

    El documento, publicado en su portal web, da cuenta que mil 435 familias de 11 etnias radican en esta localidad y que están distribuidas de la siguiente manera:

    • Mixtecos, asentados en las colonias Rancho Anapra y Ampliación Plutarco Elías Calles, Siglo XXI, La Campesina y Las Gladiolas: 116 familias.
    • Ralámulis (o rarámuris), en las colonias Tarahumara, Mezquital, Hacienda de las Torres y Kilómetro 30: 144 familias.
    • Nahuas, en las colonias Universidad y Ladrillera: 14 familias.
    • Purépechas, en las colonias Granja Sta. Elena, Blvd. Zaragoza, Portal del Roble, Tierra Nueva, Puerto de Palos, San Francisco, El Papalote, Riveras del Bravo y Morelia: 40 familias.
    • Mazahuas, en las colonias Municipio Libre, Revolución Mexicana, Los Ojitos, Palo Chino, La Campesina, Pavorreal, Los Aztecas, Granjas de Chapultepec, San Francisco, Pradera de los Oasis, Luis Echeverría, Independencia II y La Joya, La Montada y Zapata: 567 familias.
    • Chinantecos, en las colonias Colonial del Sur, Blvd. Zaragoza, Paquimé, Riveras Etapa 9, Parajes del Sur, Eco 2000, Gustavo Díaz Ordaz, La Conquista, Lomas del Valle, Terrenos Nacionales, Parajes del Valle, Carlos Chavira y Parajes de Oriente: 467 familias.
    • Cuicatecos, en la colonia Juanita Luna: 15 familias.
    • Zapotecos, en las colonias Palo Chino, Rancho Anapra y Gregorio M. Solís: 43 familias.
    • Huicholes, en las colonias Hacienda de las Torres y Kilómetro 20: 10 familias.
    • N’dee/N’nee/Ndés, en la colonia División del Norte: 15 familias.
    • Otomíes, en la colonia Ampliación Fronteriza: 4 familias.

    Pero establecerse en asentamientos limítrofes de la mancha urbana, algunos en condiciones irregulares, no es un asunto de autoexclusión de las y los integrantes de los pueblos originarios.

    Faviola Vásquez Tobón

    Faviola Vásquez Tobón

    “El motivo es que son los primeros espacios que encontramos”, suelta Faviola Vásquez Tobón, perteneciente a la comunidad mixteca en esta frontera y responsable de Contenidos del área de Culturas Populares de la Subdirección de Formación y Vinculación Cultural de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Su cargo y cruzada personal es visibilizar a los pueblos indígenas, revalorizarlos y evitar su proceso de aculturación.

    ***

    Brenda, ¿cómo era tu colonia cuando llegaste a vivir aquí? “Era como un jacal donde vivíamos, poco a poco se fue construyendo”.

    Colonia Tarahumara

    Colonia Tarahumara (Google Maps)

    La Colonia Tarahumara se localiza dentro de la Colonia Plutarco Elías Calles, al poniente de Ciudad Juárez, justo en las faldas del icónico cerro marcado con la leyenda “La Biblia es la Verdad, Léela”.

    María Rosalinda Guadalajara Reyes

    Para conocer más a detalle este sector, buscamos a María Rosalinda Guadalajara Reyes, quien de 2014 a 2017 ostentó el cargo de gobernadora de la Colonia Tarahumara y conoce muy bien su estructura urbana, social y política; sabe cómo se ha ido desarrollando y gracias a quiénes se ha colocado en el mapa de Ciudad Juárez.

    Rosalinda llegó con su familia a esta urbe desde que era una niña, a los 11 años, procedente de Tehuerichi y se establecieron en esta demarcación cuando empezaba a tomar forma, pero sin ser prioridad en la agenda del gobierno en turno.

    Describe que al poco tiempo de su fundación (1996), en la Colonia Tarahumara vivían entre cinco y seis familias en casas de madera o plástico, protegidas con lonas y cartón. 

    Actualmente, está constituida por unas 50 viviendas, ocupadas por cerca de 350 habitantes.

    “Es una colonia que está como en forma de aro, con una entrada y una salida por el mismo lugar”, describe Rosalinda.

    Hoy por hoy, este circuito ofrece un panorama distinto; sus casas son de concreto, su calle principal está pavimentada, cuenta con escuela, biblioteca, iglesia, salón multiusos, dispensario médico y comedor.

    ¿Quién ha logrado todos estos cambios?, se le cuestiona a Rosalinda, a lo que responde que es el resultado del trabajo que se ejerce conjuntamente entre los colonos y la autoridad tradicional o el/la gobernadora.

    “Nos organizamos como comunidad; tenemos reuniones cada 15 días y ahí se plantean las problemáticas, necesidades y prioridades”.

    A la autoridad tradicional le corresponde hacer vínculos con las dependencias gubernamentales para establecer diálogos, enviar oficios y llegar a acuerdos para solicitar apoyos como, por ejemplo, material para construcción.

    ***

    Sabino, antes de Brenda

    Brenda, ¿con qué nombre te registraron? “Mi nombre era Sabino”.

    ¿Qué recuerdas de tu infancia? “Recuerdo que fui creciendo tal y cual era yo, siempre me identifiqué como una mujer, nunca como un hombre, porque mi sexualidad yo ya la tenía clara desde los cinco o seis años, porque siempre me llamaron más la atención los chicos que las chicas. Con las mujeres platicaba, jugaba… jugaba barbie, jugaba mono”.

    De niño, Sabino se vestía con ropa holgada, huaraches, pantaloncillos cortos y pants.

    E insiste en que en su círculo social nunca fue víctima de discriminación por su orientación sexual y posterior identidad de género, mucho menos por su vestimenta, acento o color de piel. Tampoco le violentaron física o verbalmente.

    Se jacta de haber sido valorada como la persona que es. 

    Incluso, comparte aquella anécdota, cuando una vecina se le acercó para preguntarle:

    “Brenda, ¿por qué nunca te vestiste desde pequeña así, como una niña tarahumara?, pues ya eras así, ya creciste así y nadie te dijo nada, nadie te discriminó, nadie te dijo ‘hazte a un lado porque eres joto (hombre homosexual: RAE)’ o algo así”.

    Brenda se sonrojó.

    Eso de pertenecer a una comunidad rarámuri me sorprende que no me hayan hecho nada o preguntado cosas… ¿por qué te vistes así, por qué te pones así?… Todo ha sido tranquilo hasta ahora.

    La escuela la cursó en la Primaria Indígena Adelina Romero Fontes, ubicada dentro de la Colonia Tarahumara.

    “En la escuela (compañeros y personal docente) sabían que yo era gay cuando todavía no me transformaba en mujer, pero todo un trato digno, respetuoso”.

    Respeto que atribuye a que no estaba en sus compañeritos la malicia y crueldad para ofenderle y hacerle sentir mal.

    En contraparte, en algunos casos, en el mundo de los mestizos, la realidad es otra. Platicamos con la mundialmente reconocida soprano Morganna Love, quien hace unos años se sometió a la operación de reasignación de sexo, lo que hoy la convierte en una chica transexual, ella dice que su niñez estuvo eclipsada por el acoso, el daño físico y mental. Cuenta que de regreso a su casa los niños le daban alcance para agredirla hasta las lágrimas. También le pedimos su opinión a Samantha Flores, mujer transgénero que a los 85 años de edad salió del clóset para dedicarse al activismo. “De ser una mujer, me volví una mujer trans”, ése ha sido su lema. Platica que, en su defensa, en la secundaria empezó a organizar fiestas en su casa para conquistar la amistad de aquellos compañeros que pudieran defenderla ante cualquier ataque o bullying. 

    Por decisión propia, Brenda ya no estudió la secundaria, pero hoy está entre sus planes.

    ***

    Una cuestión de respeto

    Ignacio Díaz Hinojos

    El respeto que Brenda ha experimentado en su comunidad es algo que no deja de sorprenderle a Ignacio “Nasho” Díaz Hinojos, secretario ejecutivo del Consejo Municipal Para Prevenir la Discriminación (COMUPRED).

    “Se me hace tan hermoso que no discriminen, que se respeten como personas”.

    Es precisamente lo que hace difícil censar a la población LGBTTTIQA+ inmersa en los grupos étnicos, debido a que no suelen etiquetarse entre sí, atribuye.

    Menciona que, a la fecha, de las personas raláumulis con alguna orientación sexual distinta a la heterosexual o una identidad de género opuesta a la cisgénero y que viven en esta frontera, sólo se tiene detectada a Brenda como una mujer transgénero, debido a que se le tuvo que “etiquetar” para ubicarla dentro de la población LGBTTTIQA+ y así poder ayudarla en trámites futuros.

    Regresando al tema del respeto, el derechohumanista reprueba:

    “Han sido los ‘chabochis’, así como nos hacen llamar a los mestizos, los que la han señalado (a Brenda), quienes la han criticado, rechazado y quienes tristemente le han negado algunos derechos”.

    ¿Por ejemplo? “Al querer trabajar en áreas más urbanas o empresas ajenas a su población”.

    ¿Qué diferencias percibes entre los “chabochis” e indígenas pertenecientes a la población LGBTTTIQA+? “Bueno, pues las diferencias son enooooormes”.

    Empezando por la clasificación: LGBTTTIQA+Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Transexuales, Travestis, Intersexuales, Queer, Asexuales, que se tuvo que generar para ubicar a la población no heterosexual.

    “Así, los chabochis nos reunimos en grupos, de acuerdo con nuestra etiqueta, para entre nosotros detectar problemas y buscar soluciones. Tal vez de ahí surge el activismo”.

    Mientras que los ralámulis “pueden comportarse y amar libremente”, ataja el funcionario público.

    “Quizá se rigen por creencias o alguna filosofía de vida que les van sembrando desde que tienen uso de razón, como ese respeto a la naturaleza. No crecen con prejuicios para con su propia gente o con ambiciones o con algunas cositas que a nosotros -a quienes somos del mundo occidental o que estamos regidos por ideas religiosas-, se nos ha venido a etiquetar por las orientaciones sexuales o por las identidades de género”.

    Estima que entre los indígenas, en general, podrían estarse manifestando otras variantes, como una bisexualidad o una pansexualidad (atracción por las personas sin importar su género).

    En cuanto a la mayoría de los mestizos, “los prejuicios están a flor de piel”, vuelve a la comparativa. Y remata: “Ven a un joven con comportamiento femenino y se le empieza a rechazar, criticar y, a estas alturas, hasta a tratar de componer”.

    Dice que antes de conocer a Brenda de forma presencial, sus compañeros asumían que se trataba de un chico gay.

    “Pero cuando la veo, me doy cuenta que no es un gay, sino una mujer transgénero”.[Mujeres Transgénero.- Personas, cuyo sexo asignado al nacer fue considerado social y biológicamente como hombre o masculino, mientras que su identidad de género es de mujer o femenino. Fuente: cndh.org.mx].

    Durante ese primer encuentro con Brenda, charlaron un rato y fue cuando reafirmó ese respeto que se ejerce entre los colonos de la Tarahumara y sus efectos positivos en la vida diaria.

    Pero ese respeto hacia las orientaciones sexuales o identidades de género que practican los ralámulis no es privativo de este grupo étnico, ataja Faviola Vásquez Tobón.

    “En las comunidades indígenas el respeto es uno de los valores fundamentales”, afirma.

    “Para nosotros, el sexo de la persona es irrelevante. No importa si te identificas como hombre, mujer, gay, lesbiana, bisexual, etc., aquí realmente lo importante es que cumplas con las tradiciones, las costumbres y los demás aspectos que nos identifican”.

    Y se remite a sus paisanos los muxes “el tercer género”, personas que no corresponden al género masculino o femenino, sino a uno que se niegan a definir y que son considerados una bendición en Juchitán, región zapoteca del Istmo de Oaxaca.

    Entre los pueblos originarios, subraya, se les ha enseñado a no actuar en función a hechos que afecten al prójimo.

    “Tienes que conducirte siempre con responsabilidad, pero si en tu ‘loquera’, digámosle así, te dan ganas de hacer algo que no está bien visto por la comunidad, pues sólo debes asegurarte de que esa acción no afecte a las demás personas, sino a ti y a tu cuerpo”.

    Al respecto, Ignacio Díaz parafrasea al activista mexicano y candidato presidencial en el año 2000, Gilberto Rincón Gallardo (†):

    Mientras no se lastime la dignidad de la persona, hay que respetar los usos y costumbres de las comunidades indígenas, porque son tan válidas como los acuerdos y reglamentos como la palabra que empeña el hombre y la mujer mestiza.

    Gilberto Rincón Gallardo (1939-2008)

    Antes de abordar a Rosalinda Guadalajara sobre cómo se va inculcando el respeto entre los ralámulis, se le pregunta por el concepto “chabochi”.

    ¿Es cierto que “chabochi” significa “hombre con telarañas en el cerebro”, por considerársele codicioso y materialista? 

    Rosalinda se sorprende ante el cuestionamiento de este escribano y, entre risas, corrige: 

    “No es ninguna ofensa. Chabochi significa hombre con cara de telaraña (refiriéndose a los hombres con barba) y lo usamos (el término ) para diferenciar al tarahumara con el mestizo”. Y ahonda: “¿Has visto las arañas patonas, juntas?, pues así se ven los chabochis con barba, como un montón de arañas en la cara…, pues entre nosotros no hay hombres barbudos”.

    Al respecto, el Dr. Fernando Sandoval Gutiérrez, catedrático de la Universidad Autónoma de Ciudad Juarez, autor del libro “Rarámuri nivel inicial: cuaderno para el docente”, ahonda: “Chabochi surge de una teoría muy interesante. En la lengua tarahumara, telaraña se dice “chabó” y existe la idea de que chabochi proviene de los que tienen telarañas en el rostro por las barbas de los primeros colonizadores”.

    Aclarado lo anterior, la exgobernadora de la Colonia Tarahumara comenta que el respeto es un valor que entre los ralámulis se va forjando a partir de la niñez, desde el núcleo familiar.

    “Conforme vas creciendo, el respeto te lo enseñan en casa y así tú vas a aprender a ser una persona respetuosa con los demás porque, al final, así como te traten vas a tratar. A nosotros sí no han faltado mucho al respeto allá afuera, pero no nos ponemos al brinco porque nos discriminen o nos humillen”.

    Sostiene que esa energía negativa, que podría llegar a la agresión física o verbal, los ralámulis la canalizan en darse a conocer y luchar por el respeto y la inclusión. 

    ¿Cómo se promueve esa empatía por los demás, desde niños, cómo se educa para eso?, se le insiste. 

    “Es a través de contarles historias; hablar, convivir con ellos, enseñarles a ser serviciales, a cómo dirigirse a un adulto mayor”.

    Mediante esas historias, cuentos o leyendas narradas por los abuelos, el infante empieza a descubrir la importancia de ayudarse los unos a los otros.

    “Ahí, ellos empiezan a visualizar qué es lo que quieren hacer de grandes, cuál es su vocación, su función y por qué Dios nos dio la vida en esta tierra”. 

    Otra manera de promover el respeto y la inclusión entre ellos es fomentando la convivencia y el trabajo comunitario, con lo que terminan por conocerse y redescubrirse.

    “Porque cuando conviven se conocen y se dan cuenta para qué son buenos. Desde ahí, se va notando su liderazgo”, tal fue su caso, que desde muy jovencita llegó a convertirse en autoridad tradicional.

    Como una manera de demostrarle su inclusión y cariño, a Brenda en la Colonia Tarahumara los niños la conocen como la “Chata”.

    “Aquí nunca nos dirigimos con groserías”, confirma Brenda.

    Y aplaude que, a la fecha, pese a los cambios derivados de la tecnología y el surgimiento de las redes socio-digitales, en su comunidad aún se percibe a unos niños inocentes, amorosos.

    “Cuando me ven me dicen ‘mira, ahí va la Chata’. ‘Hola Chata’, me gritan”.

    De pronto, aunque esté ataviada con su vestido tradicional, se atreve a “echarse una cascarita” con ellos.

    “Nunca me gritarían cosas como ‘mira, ahí va un joto’, eso jamás”.

    Dentro de la comunidad, ¿cómo entienden la diversidad sexual?, se le aborda a Rosalinda.

    “Aunque son pocas las personas que demuestran que tienen otras preferencias sexuales en mi comunidad, a las que hay no las miramos como extrañas o raras, así como muchas personas que, incluso, piensan que no deberían existir. En mi comunidad se aceptan tal y como son, al final es a la persona a la que le damos ese valor, sea como sea o cual sea su preferencia sexual”.

    En la comunidad Ndé, de acuerdo con Juan Luis Longoria Granados, promotor y perteneciente a la Nación Ndé en Ciudad Juárez, hay personas de dos espíritus y se les denomina ‘Nai’gleh’.

    Juan Luis Longoria Granados

    Explica que estas personas de dos espíritus son un ser que puede estar en un cuerpo biológico masculino y comportarse como hombre o mujer o puede tener un cuerpo biológico femenino y comportarse como hombre o mujer, incluso manifestar ambos, “ya que son un amplio espectro las personas con dos espíritus”.

    Y añade: “Esto, dentro de nuestra gente es muy valioso, porque tienen posibilidades de hacer más cosas espiritualmente y, por ello, los Nai’gleh han sido siempre muy respetados dentro de los Ndé, tanto en el pasado como en el presente”.

    En el clímax de la entrevista, ya entrada en confianza, Rosalinda nos comparte un poco de su cosmovisión, respecto a la diversidad sexual entre los ralámulis y, para ello, nos traslada a sus ancestros:

    “La creencia del rarámuri es que no naces con esa preferencia sexual, sino que la vas adquiriendo. Nuestros antepasados nos contaban aquello que si tú te quedabas dormida o dormido a un lado del manantial, él podía cambiar tu sexualidad”, revela. Y agrega: “Nosotros consideramos que el manantial también es un ser vivo y si a ese ser vivo le gustó una persona para que lleve la sexualidad que quiere manifestar, entonces puede elegirla. Ante eso no hay curación o lucha, tienes que aceptar que fuiste elegida (o) para representar la sexualidad del manantial o del guardián del manantial. Todo esto tiene que ver con la cosmovisión y la creencia”.

    ***

    Tras una escueta declaración de amor y una decepción, nació Brenda

    ¿Cuándo y cómo decides vestirte por primera vez como mujer, frente a tu comunidad? “Decidí vestirme de mujer cuando me enamoré por primera vez”.

    Cuenta que empezó a travestirse desde que era menor, con los vestidos tradicionales tarahumaras de su madre, cuyos colores llamaban su atención, de hecho, le gustaban tanto que aprendió a confeccionarlos.

    Pero fue hasta los 18 años, cuando se presentó en sociedad, durante una fiesta organizada en su comunidad, donde se encontraría con un muchacho que le gustaba y quería observar su reacción al verla ataviada de mujer.

    Ella, con el ánimo y ayuda de una amiga también ralámuli transgénero (†), pusieron manos a la obra. El resultado la deslumbró y su presencia fue todo un éxito, sobre todo en la pista de baile.

    “Es que uno se aloca y quiere verse con las naguas que vuelan y dan vueltas cuando bailas. Ese día hasta mallas (medias) me puse.”, dice entre risas.

    Se sintió bien, cómoda consigo misma, relata.

    “Me sentí identificada con mi cuerpo y en ese momento supe que así quería ser yo”.

    El galán se le acercó, le habló bonito, bailaron, pero luego llegó el desencanto, cuando Brenda se le declaró.

    Él le recordó que era un hombre matrimoniado y con hijos; razón de más para no darle rienda suelta a su idilio. 

    Brenda todavía recuerda nostálgica aquella confesión de amor:

    –Me enamoré de ti, no sé cómo, no sé en qué momento –, le soltó al galán.

    –Pero a mí me gustas como amiga –, le respondió.

    –Yo sé… y está bien que me lo hayas dicho –, le contestó resignada.

    Continuaron los besos, “calenturas”, roces, pero el trato seguiría siendo de “amigos con derechos”.

    Ella ya no insistió.

    A pesar del sinsabor, esa noche Brenda obtuvo su mayor triunfo. Se redescubrió y de ahí emprendió un camino que difícilmente admite retorno. 

    “Me gustó vestirme y salir a la calle vestida como una mujer; me crecí el cabello poco a poco, luego me lo pinté y de ahí he seguido evolucionando”.

    ¿En qué mujer te inspiraste esa primera vez?

    “En ninguna en particular”, repara. “Me inspiraba en las muchachas que se vestían bonito, me gustaba como se veían, con su peinado. Pensaba, si ellas se ven hermosas, por qué yo no”.

    No obstante, a los 23 años vio en la acaecida cantante méxicoamericana Jenny Rivera un modelo a seguir. 

    “Una mujer bonita, guerrera, chingona”, así la recuerda.

    “Siempre que había que echarse una cheve (cerveza), era de poner canciones de Jenny Rivera. Y sí, si me dolió su muerte, la verdad, me caló”.

    ¿Por qué te gusta la ropa tradicional tarahumara?

    “Porque me llaman la atención sus colores, se ven muy bonitos, fuertes”.

    Entre sus diseños destacan aquellos con vuelos multicolor para que, al usarlos sobre la pista de baile, luzcan espectaculares.

    Brenda presume sus mejores galas cada 12 de diciembre, Día de la Virgen de Guadalupe; Navidad; Año Nuevo y Semana Santa, fechas importantes en el calendario tarahumara.

    “En esos días hasta me animo a bailar (en público)”, dice jactanciosa.

    En su vida diaria se viste de jeans, eso sí, muy ajustados, por aquello del coqueteo.

    Y después de tu decepción amorosa, ¿te volviste a enamorar?, se le aborda.

    Su respuesta es asertiva. Reconoce que, de nuevo, anduvo saliendo con un hombre casado; “con un chabochi”, quienes son los que regularmente la buscan.

    “Éramos casi novios. Cuando quedábamos de vernos, nunca me fallaba”.

    Era atento con ella.

    A veces le cancelaba, pero nunca la dejaba “plantada”. 

    “Si no tuviera mis hijos, yo ya estuviera contigo”, le prometía.

    Hasta que un día ella se cansó de ser “la otra”:

    –Yo no puedo luchar contra tus hijos para que estés conmigo. Mejor ve, sigue tu camino, sé feliz con tu pareja, ve crecer a tus hijos. Sufriré, lloraré, será un duro golpe, pero me levantaré y seguiré mi camino–, le dijo y desde entonces no ha dejado que nadie más lastime su corazón.

    ¿Aventuras? “Muchas, a montones”, suelta entre risas.

    “He tenido tanta suerte que a veces me sorprendo”.

    Se le indaga si ha sufrido maltrato físico de parte de sus parejas o durante encuentros casuales, a lo que responde que nunca lo permitiría.

    …De pronto se dice que hay violencia intrafamiliar en la Colonia Tarahumara, problemas de alcoholismo y que los hombres abusan de sus mujeres, ¿qué tan cierto es eso?

     “Aquí la gente en general es como en todas las colonias; se enojan, hay peleas como cuando hacen convivios o cuando juegan carreras, que es arihueta o bola y, como todo, en las comunidades hay chisme y así”.

    Al respecto, Rosalinda Guadalajara Reyes acepta que, derivado del alcoholismo de algunos lugareños, se han registrado conflictos, “pero nada que no se resuelva en nuestras asambleas vecinales”, en las que platican, se sermonean, se les brinda un consejo y se llegan a acuerdos, a efecto de crear conciencia.

    “Esta colonia se sigue rigiendo por sus autoridades tradicionales, para resolver los conflictos que lleguemos a tener. Nosotros tenemos nuestra propia normativa dentro de la comunidad, con la misma validez que cualquier ley mestiza”.

    Siempre y cuando esos conflictos no sean tan graves porque, de ser así, junto con la autoridad tradicional se levantaría la denuncia y se le daría a la víctima el acompañamiento ante la institución competente.

    “En las leyes estatales y nacionales está escrito que, como grupos originarios, tenemos que seguir desahogándonos de la manera en que nosotros queramos y nos sintamos a gusto. Nosotros tenemos que seguir haciendo valer eso y no que nos digan o nos sometan a la ley chabochi”, agrega la exgobernadora de la Colonia Tarahumara.

    ***

    Muchas mujeres u hombres transgénero, desde niños han llegado a sentirse en un “cuerpo equivocado”, ¿ha sido tu caso, Brenda?

    “Obviamente que sí, porque yo ya me comportaba como una mujer”.

    Al cuestionarle cómo ha sido su relación con sus padres desde que asumió su identidad de género, responde que “bastante respetuosa”.

    “Con mi mamá súper bien, todo tranquilo, maravilloso, hermoso”.

    Pero, de pronto, al empezar a recordar a su padre, su rostro se torna triste, sus ojos se llenan de lágrimas y no para de mecer el pie.

    ¿Por qué te pones emocional?, se le indaga.

    “Porque se van a cumplir dos años que se me fue. A pesar de lo que soy, nunca me discriminó; cuando me empecé a arreglar, a pintar, nunca me dijo nada”.

    ¿Entonces, por qué la emoción? “Siento emociones fuertes porque mis padres han sido mi vida, mi motor para seguir adelante. Se me fue uno, me queda una”.

    José Baristo Rodríguez padecía presión alta y falleció de una parálisis cerebral, a la edad de 55 años.  

    “No sé si me voy yo primero o mi madre, pero su partida sería la más dolorosa, un golpe muy duro que ya no existiera en mi vida”, expresa Brenda, mientras sus ojos se vuelven a humedecer.

    Pero no todos los padres de familia toman con filosofía la identidad de género u orientación sexual de su o sus hijos.

    Desafortunadamente, en un mundo de “chabochis”, la mayoría de las chicas trans tienen una historia triste que contar.

    ***

    Desterrada, a 825 kilómetros de su hogar

    Deborah Álvarez

    Tan pronto sus padres supieron de viva voz de Deborah, que tenía una preferencia sexual distinta a la heterosexual y que su identidad de género no propiamente obedecía a la de un varón, fue desterrada de su hogar, a 825 kilómetros de distancia (de Gómez Palacio, Durango, a Ciudad Juárez).

    La también derechohumanista, comparte su historia:

    “Cuando les dije a mis padres que yo no era lo que ellos querían que fuera, que yo era gay, me acuerdo que les dije esa palabra y que además quería ser una persona que se vistiera de mujer, que era lo que me agradaba, fue un golpe muy duro para ellos”.

    Recuerda que su padre se molestó tanto, que en ese momento le propinó una golpiza y la sacó a empujones de su vivienda, ante la mirada atónita de su madre y (ocho) hermanos.

    Pero ella justifica el hecho. Atribuye que en aquella época, a mediados de los ochentas, así reaccionaban las familias ante estas declaraciones; teoría que ha comprobado con otras chicas trans que circundan su misma edad (49).

    Recapitula. Ese mismo día, al caer la noche y mientras todos dormían, su madre la despertó, le pidió que se vistiera y metiera su ropa en una maleta improvisada. Luego arribó un taxi que las llevó a la central camionera, donde tomaron el primer autobús, rumbo a esta frontera.

    Fue una noche muy larga. “El camino fue muy triste para mí, yo venía llore y llore porque, por una decisión que era mía, que era algo que yo quería hacer, pues me sacaron de casa”.

    A su llegada a esta urbe, su madre la dejó en casa de su abuela paterna y emprendió su regreso a Durango.

    La idea era que en Ciudad Juárez, encerrada y alejada de todas sus comodidades, Deborah cambiara su forma de pensar y de actuar.

    Transcurrieron dos meses y Deborah continuaba presa entre cuatro paredes.

    “Hasta que hubo un momento en que vi la puerta abierta y me fui, me escapé”.

    ¿A dónde te fuiste? “A la calle. Recuerdo que me fui a vagar, caminé hasta la Catedral, pasé por el Monumento (a Juárez) y ahí conocí a otras chicas trans que habían atravesado por mi misma situación”.

    Prueba de ello, cuenta que a los 15 días de estar deambulando por la Zona Centro, una noche se encontró a una chica llorando desconsolada. Su nombre era Vianney.

    Vianney le contó que sus padres la habían expulsado de su hogar cuando descubrieron que era una mujer transgénero. Deborah se sintió identificada. La consoló, le dijo que no estaba sola y le ofreció su amistad incondicional.

    “Me acuerdo que, dentro de mi pobreza, con el poco dinero que traía, la invité a cenar”.

    Pasaron unas horas y, en gratitud, Vianney le propuso que se fueran a refugiar a El Paso, Texas, donde hallarían trabajo seguro, techo y comida.

    Deborah no la pensó mucho. Era tanta su desesperación que, con suerte, burló el filtro migratorio y logró entrar al vecino país.

    ¿Y qué hiciste, a qué te dedicaste? “Llegué al trabajo sexual”.

    Hasta que un día, por azares del destino, alcanzó a ver a su abuela cruzando la calle y, con el temor de regresar al encierro y de ser obligada a vivir una vida ajena, pensó en irse muy lejos, así que tomó el poco dinero que le quedaba, consiguió papeles de residencia falsos y se trasladó a Los Angeles California.

    Tanto era su resentimiento con su familia, que se propuso olvidar el nombre con el que le registraron.

    Para sobrevivir, cuenta que en Los Angeles la hizo de “milusos”. “Hasta en un car wash (lavado de autos) trabajé”.

    Transcurrieron varios años, hasta que la policía la detuvo por estar ejerciendo el trabajo sexual en la vía pública y, tras revisar su estatus migratorio, la regresaron a esta frontera.

    ***

    Brenda y su transitar en un mundo de “chabochis”

    Brenda Berenice Rodríguez Moreno

    Desafortunadamente, ese respeto, inclusión y la libertad de ser y de estar para Brenda, se desmoronan al salir de su comunidad, al interactuar con el citadino, con el “chabochi”.

    ¿Anécdotas?, “muchas”, rememora Brenda.

    En el centro comercial

    Cuenta que mientras aguardaba en la fila para pagar la despensa, notó que un chico guapo” se le quedaba mirando, a lo que inocentemente supuso que se trataba de un coqueteo. Ella también le sostuvo la mirada, pero al sonreírle, el hombre le contestó con un ‘qué me miras, pinche joto maricón’.

    Brenda se paralizó de vergüenza, no sabía cómo reaccionar, sólo se volteó y, a manera de defensa, dijo entre dientes: “ni que estuvieras tan bueno”.

    “Me di la vuelta y me puse en la otra fila. Fue una experiencia un poquito amarga, pero dije ¡Nah, no pasa nada!”.

    En la maquiladora

    Platica que al incorporarse a la fila de solicitantes de empleo, en las afueras de una empresa maquiladora, empezó a notar miradas que la incomodaban.

    Fue paciente y tras una larga espera, entrevistas y trámites burocráticos, la contrataron.

    Pero hubo un detalle. Cuenta que al proponerle al empleador que en su gafete llevara impreso el nombre de Brenda, éste se negó, pues todavía no gestionaba su cambio de identidad y su nombre seguía siendo Sabino. Ahí empezaron las restricciones.

    Con el paso de los días, las miradas y murmullos se hacían más latentes en la línea de producción.

    “No entendía por qué, habiendo otras chicas trans en la maquila, se me quedaban viendo sólo a mí, ¿por qué se me quedan viendo así?… me ponía a pensar”. 

    Y no porque Brenda llamara la atención por traer puesto su vestido tradicional, lo cual causaría mayor expectativa. De hecho, está prohibido en la industria maquiladora portar el traje típico de alguna etnia “por motivos de seguridad para el empleado”.

    Otra incomodidad y que pasó a ser un verdadero problema, fue cuando empezó a hacer uso del sanitario.

    Al principio entraba al de mujeres, pero sus compañeras se quejaron, por lo que optó por el de caballeros, hasta que un día surgió el reclamo y una falsa acusación de robo fue el detonante.

    Brenda operaba en el tercer turno, de las 12:00 a las 06:00 horas, cuando fue denunciada por una compañera de haberle hurtado su celular.

    Su acusadora buscó al guardia de seguridad para confabular en su contra.

    El uniformado la abordó:

    –Devuélvele su celular a tu compañera–.

    –Yo no lo agarré, si quieres esculca mi maleta, vamos a mi locker (casillero)–, le propuso a la autoridad en turno, quien aprovechó el momento para lanzar la advertencia:

    –¿Sabías que ahí no deben entrar las chicas como tú… allá, en el baño de los hombres?

    –Está bien–, le contestó Brenda, pero hizo caso omiso y continuó usando el sanitario destinado a los varones, pero a escondidas y con menor frecuencia.

    “Cuando habían muchos hombres me sentía más incómoda, me miraban mucho. Pensaba ‘no, mejor me regreso’ y me aguantaba hasta las seis de la mañana para ir al baño”.

    Deborah Alvarez atravesó por lo mismo.

    “Si estamos hablando de discriminación laboral, olvídate. Hay mucha. Nosotras las personas trans no tenemos otra opción, que trabajar en trabajo sexual o cortando cabello o dando show”, desestima.

    Deborah trabajó en los call center (centro de atención telefónica) y no hallaban en qué sanitario acomodarla.

    “¿Sabes qué?, yo no tengo ningún problema por entrar a un sanitario de hombres. Para nada… y nunca lo he tenido, porque cuando vas, sólo vas a eso y punto. Aquí el problema es que la demás gente es la que se queja, que no está conforme”.

    También se aguantaba a hacer sus necesidades fisiológicas hasta llegar a casa.

    “Imagínate, no, ¡no manches!. Para mí es nefasto estar pensando que, a estas alturas, la sociedad se siga preocupando por un sanitario”.

    De hecho, asegura que es un problema generalizado entre las personas transgénero. “Por lo mismo, muchas han tenido que estarse cambiando constantemente de maquila”, lo que les frena la posibilidad de acumular antigüedad en el trabajo, tener seguridad social o vivienda digna.

    Preocupada, recuerda que durante su colaboración en el Programa Compañeros desarrolló un proyecto que buscaba, entre otras acciones, habilitar sanitarios para personas trans. “Y no tanto exclusivos para nosotras, sino para los que quisieran entrar a esos baños y punto”.

    En su afán por dejar el trabajo sexual como alternativa de empleo, Deborah ha propuesto ideas y ha colaborado en organizaciones como Grupo Fanny; Misericordia y Vida para el Enfermo con Sida A.C. y Programa Compañeros.

    Pero como a muchos, la pandemia por el nuevo coronavirus, causante de la Covid-19 y sus variantes, truncó sus planes y retomó el trabajo sexual.

    Rosalinda Guadalajara refiere que, por ser la maquiladora la que domina el sector laboral en Ciudad Juárez, la mayoría de los ralámulis de la Colonia Tarahumara trabajan en esta industria.

    Mientras que otros son afanadores, limpian oficinas, casas particulares y al menos ocho son servidores públicos, tanto en instituciones municipales como estatales.

    Para ella, la discriminación en espacios públicos o trabajos, no únicamente en la maquila, ha sido una constante. Ella misma ha sido víctima de acoso.

    “Anteriormente, si queríamos ser parte de una empresa, teníamos que quitarnos nuestra vestimenta y realmente era muy difícil cambiar nuestro traje por un pantalón o unos tenis por nuestros huaraches. Todo eso nos confundía, no entendíamos por qué razón tenía que ser así; después nos explicaron que por seguridad teníamos que obedecer. Al principio sí batallamos mucho y sí nos costó cambiar, pero al final fuimos aceptando porque no teníamos otra opción. Pero cuando llegábamos a la casa nos poníamos nuestra vestimenta”.

    Sin embargo, celebra que en otros espacios laborales han sido flexibles e inclusivos, hasta permitirles el uso de sus coloridos trajes tradicionales, “sólo nos piden zapato cerrado, por seguridad”.

    ¿Qué otro tipo de discriminación has llegado a sufrir?

    Rosalinda, luego de un momento reflexiva, responde:

    “Yo sufrí discriminación en el Bar Kentucky (en la icónica Avenida Juárez, zona turística por excelencia en esta frontera)”.

    A Rosalinda le negaron el acceso a este establecimiento, conocido internacionalmente por adjudicarse la invención de la bebida “Margarita”.

    A Rosalinda se le impidió el paso por ir ataviada con su vestido tradicional, el cual, a la fecha sigue portando con orgullo.

    El hecho se volvió tendencia en los medios nacionales e internacionales.

    Así lo publicó el diario español El País:

    Fuente: https://verne.elpais.com/verne/2016/11/30/mexico/1480534746_755212.html

    “Por ser mujer indígena, anteriormente asumíamos que teníamos que aguantarnos, porque era la vida que nos había tocado vivir, no pensábamos que podíamos entablar una queja”.

    Considera que todo es cuestión de empezar a conocer sus derechos para tramitar una querella formal o tomar acción legal. 

    Por ello, pero sobre todo por aquellos que la respaldaban cuando ostentaba su cargo como gobernadora de la (colonia) Tarahumara, esa vez decidió alzar la voz.

    “Lo hice, más que por mí, por mis compañeros (as), porque así les iba a hacer ver lo importante que es conocer sus derechos. Pensé que si seguía permitiendo esto, mi gente iba a seguir sufriendo esa discriminación y creo que si queremos cambiar esto, tenemos que empezar a hacer algo”. 

    “¿Por qué (los chabochis) nos rechazan en los trabajos?”

    Faviola Vásquez Tobón

    Faviola Vásquez Tobón

    Faviola Vásquez Tobón cree tener la respuesta. Ella no pertenece a la población LGBTTTIQA+, pero sí a una etnia, a la mixteca, lo cual ha sido su cruz en un país en el que el no mestizo siempre la lleva de perder.

    Sostiene que al indígena se le ha considerado una persona tutelada. Es decir, que requiere el cuidado de la gente “con conocimiento”, como se les han llamado a las personas no indígenas, para ejecutar tareas, fuera de su entorno inmediato.

    Al igual que Brenda y Rosalinda, Faviola llegó a Ciudad Juárez desde muy jovencita, a los siete años, procedente de San Andrés Montaña, Oaxaca, pero, a diferencia de ellas, fue matriculada en una escuela pública y no en una tradicional indígena, por lo que desde el primer día de clases fue presa del acoso estudiantil.

    Sostiene que a los menores les causaba risa escuchar su acento, pronunciación y al percatarse de su desconocimiento de algunas palabras en español.

    “Parecía que todo les hacía gracia”; su lengua materna, sus prendas y complementos de vestir.

    “A nosotros siempre nos ha caracterizado como esa mezcla de muchos colores. Yo recuerdo que me gustaba usar collares y detalles muy vistosos, pues también eso les provocaba risa”.

    Las burlas también hacían eco cuando la escuchaban hablar en su lengua materna con algún familiar, a la hora del recreo o salida.

    ¿Asombro?, le pregunta este escribano.

    “No lo creo. Es asombro cuando escuchan una lengua extranjera; el francés, italiano. Yo más bien diría que lo veían… y de hecho lo siguen viendo como algo inferior, raro, como algo que no vale la pena”, responde.

    …Y defiende: “Además, recordemos que son lenguas y no dialectos. Porque así como al inglés y al francés, hay que darles ese valor a las lenguas maternas… tarahumara, mixteca…”.

    Su experiencia en la maquila

    Cursaba el segundo semestre de su carrera, la Licenciatura en Administración de Empresas, cuando se vio en la necesidad de buscar un empleo y empezó a tocar puertas en ciertas empresas.

    En algunas le decían que vivía muy lejos y en otras le salían con el clásico ‘después le llamamos’.

    “Yo creo que identificarte y reconocerte como indígena, pues ya existe como ese estigma de ‘es indígena, no sabe mucho’; nos hacen ver como que somos poco habilidosos, que siempre debemos estar bajo una supervisión”.

    En su currículum, siempre incluía que dominaba el mixteco, un dato irrelevante, “inservible” para el contratante.

    Pero a pesar de los señalamientos, trabas, cerrojazos, Faviola logró sacar avante dos carreras profesionales. La segunda, una maestría en Trabajo Social en la UACJ.

    Al preguntarle ¿por qué te has dedicado a promover y a defender los pueblos originarios?, comparte que allá por el 2016, cuando cursaba la licenciatura, se dio cuenta que estaba viviendo un proceso de aculturación, algo que sucede con muchos integrantes de etnias que migran de sus comunidades a las grandes ciudades en busca de oportunidades laborales y con el tiempo empiezan a perder interés en su lengua materna, costumbres, tradiciones y se van adaptando al español y al contexto urbano.

    “Fue a raíz de un análisis crítico, de preguntarme por qué le estoy dando más valor a esto y por qué no a lo otro, a lo que me ha dado identidad. Fue una etapa en la que empecé a reflexionar y a reconocerme primero como víctima de un sistema discriminatorio, violento”.

    Ignacio Díaz Hinojos se remite al caso de Brenda.

    “Imagínate nada más, si nosotros los mestizos discriminamos por su apariencia a un rarámuri o a cualquiera de las poblaciones indígenas que viven en el municipio, agrégale por una orientación distinta a la heterosexual o una identidad de género sobre lo que prácticamente nosotros conocemos como una persona trans. Se convertiría en una doble o triple discriminación”.

    ***

    ¿Qué dicen las estadísticas, en cuanto a discriminación?

    Durante el 2021, la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) en Chihuahua documentó siete expedientes de quejas por presuntas violaciones a los derechos humanos de personas pertenecientes a pueblos originarios, mientras que en el 2020 fueron nueve y entre los agraviados habían ralámulis y descendientes de la comunidad Ndé.

    Las autoridades identificadas como posibles responsables de estos expedientes en el periodo 2020 y hasta el 13 de julio del año 2021 son las siguientes:

    En los archivos de queja de esta Comisión, se encontró que en el periodo que se informa, las posibles violaciones a los derechos humanos de los pueblos indígenas ocurrieron en siete municipios, la mayoría ubicados en la zona serrana:

    Actos violatorios:

    Los números podrían ser mayores, sin embargo, Rosalinda Guadalajara lamenta que aún muchos indígenas -no únicamente de su grupo étnico-, no se defiendan, no alcen la voz. 

    Dinorah Gutiérrez, titular del departamento de Tecnologías de la Información y Comunicación DHNet, de la CEDH en Chihuahua, menciona que no se tienen estadísticas de quejas radicadas de casos de discriminación de la comunidad LGBTTTIQA+ en indígenas.

    Pero sí, en denuncias de la población Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Transexuales, Travestis, Intersexuales, Queer, Asexuales en general:

    • Año 2020: ocho en todo el estado de Chihuahua.
    • Año 2021: seis en todo el estado de Chihuahua.

    “Las causas principales son agresión, discriminación por orientación sexual, amenazas y acoso”.

    Y agrega que en Ciudad Juárez, entre 2020 y 2021 están radicadas y en curso de investigación cinco quejas, clasificadas de la siguiente manera:

    • por arresto a mujeres/discriminación/lesbofobia.
    • de mujer trans, empleada del municipio.
    • de una mujer trans, detenida por policías municipales que la acosaron sexualmente.
    • de un policía que sufre discriminación por su orientación sexual.
    • de una persona migrante que sufrió acoso de policías municipales.

    En el plano nacional, un informe solicitado por este medio al Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), señala que de 2012 a 2021 se radicaron 216 expedientes de quejas relacionadas con personas trans, calificadas como presuntos actos de discriminación; 163 por actos atribuidos a personas particulares y 53 por reclamaciones y quejas por actos atribuidos a personas servidoras públicas federales y/o poderes públicos federales.

    Mientras que las causas de discriminación fueron 245

    Nueve por apariencia física, cuatro por condición de salud, dos por discapacidad, cuatro por edad, una por estado civil, tres por género, 208 por identidad de génerodos por origen nacional y 12 por orientación sexual. 

    El documento aclara que las cifras no coinciden, debido a que cada expediente puede tener una, dos o más causas de discriminación.

    Las entidades que encabezan el Top 5 de expedientes de quejas relacionadas con personas trans, calificadas como presuntos actos de discriminación, son la Ciudad de México: 76, Estado de México: 22, Jalisco: 19, Nuevo León: 12 y Puebla: 8. Chihuahua sumó 3.

    Discriminación entre iguales

    Su gusto por la cocina tradicional mexicana, motivó a Brenda a trabajar en un puesto de gorditas en la Zona Centro de Ciudad Juarez. Ahí conoció a muchas personas, “a chabochis buena gente, a chabochis mala gente”. Fue precisamente ahí donde se dio cuenta que la discriminación también prevalece entre las mismas chicas trans.

    “Una vez llegó una chica trans ya mayor, iba con su compañero y le dijo ‘mira, ¿ya viste a este joto?’. Yo me volteé, seguí preparando las gorditas y, pensé: para qué enojarme, si me veo hermosa”.

    A sus 31 años de vida, Brenda se ha hecho de amistades trans, todas mestizas, porque la única amiga trans de su comunidad, aquella que la impulsó a vestirse de mujer por primera vez, falleció hace tiempo (no quiso hablar de ello).

    “…Y sí he notado entre ellas algo de envidia, que porque se ven bien, que porque están nalgonas, bonitas, que porque se arreglan. En fin, yo nunca me he sentido mal si otra chica es mejor que yo. Al contrario, admiro su belleza, su cabello, que se sepa arreglar o que ya tienen bubis o un cuerpo increíble. Para ellas, toda mi admiración y respeto”.

    Deborah Álvarez

    La secunda Deborah Álvarez: “A veces es difícil creer que entre nosotras, tanto que hemos luchado para poder ser aceptadas en la sociedad, se dé esa discriminación por el simple hecho de no reunir los requisitos como el prototipo de la belleza o por la edad o porque estás gorda o chaparra; hay chicas nuevas, jovencitas, que ven a una persona ya un poco mayor y empiezan a criticarla o porque eres de rancho, de un pueblo o de otro estado o ciudad”.

    “Es hasta contraproducente”, reprueba.

    “Cómo es posible pedir tantas caminatas, tanto pedir justicia, si a veces entre ellas mismas (personas transgénero) se atacan. No entiendo”, remata Brenda.

    Respectivamente, se le pregunta a la exgobernadora de la Colonia Tarahumara, cómo ha visto y percibido a la población LGBTTTIQA+ fuera de la población ralámuli.

    “Sí, tengo unos cuantos amigos y veo que es complicado cuando no son respetuosos entre ellos, entre su misma población, cosa que no debería suceder, al contrario, deberían unir su fuerza como nosotros en las comunidades indígenas que, aunque nos falta mucho, eso nos ha ayudado a ser escuchados y a seguir adelante”. 

    Un moño negro, en la vivienda #3042

    Deborah nos recuerda que, aunque en Estados Unidos también prolifera el racismo y la discriminación hacia la población LGBTTTIQA+…

    “Al menos allá no me trataban como aquí, allá no me llegaron a golpear como aquí”.

    Revive el momento. “En el año 2006 nos golpearon brutalmente a toda la población trans de Ciudad Juárez, asentada en la Zona Centro, a tal grado que a raíz de esa golpiza me tuve que hacer activista social. Chin… tuve que defender la causa”, ríe irónica.

    Y agrega: “Nuestro querido presidente municipal de aquella época desarrolló una nueva policía que se llamaba Policía Militarizada, ‘la Milipol…’, pues a la Milipol se le encomendó limpiar el primer cuadro de la ciudad, desapareciendo a la fuerza a todas las personas trans de aquí”.

    Menciona que ya las tenían sectorizadas.

    “Llegaba la Milipol y tumbaba la puerta de los cuartos que rentábamos y, entre 10 y 15 uniformados, nos sometían a golpes”.

    ¿Quién era el alcalde en aquel entonces?

    “Teto Murguía (2004-2007). Pero me le fui a la yugular, no me dejé. Logramos que ya no nos detuvieran, porque antes de esa golpiza nos detenían 36 horas por andar vestidas de mujer o por andar maquilladas. Después de esa golpiza empezamos a estudiar la ley, a conocer nuestros derechos y descubrimos que el delito por el que se nos estaba deteniendo no era real”.

    A raíz de ello, celebra: “las chicas trans volvimos a caminar libremente por las calles de Juárez”.

    A Brenda le aterra pensar en los ataques que han sufrido las y los chicos trans y de los que ella no está exenta.

    Platica que recientemente participó en una charla virtual, en la que chicas transgénero de países centro y sudamericanos compartieron cómo son sus vidas, dentro y fuera de sus comunidades.

    “Ahí, una chica de Honduras mencionó que durante un ataque le querían cercenar un pecho”, comparte.

    El tema pone muy triste a Deborah Álvarez y secunda:

    “Me ha tocado convivir con amigas que, tristemente, han sufrido crímenes de odio y pues es muy duro para mi recordarlo, sobre todo cuando estamos todas en bolita platicando, esa nostalgia y esa añoranza de tener un mundo mejor, de ya no ser asesinadas”.

    Asegura que todos los casos que ha vivido la han trastocado.

    Todavía recuerda aquel día en que su amiga Danna no cabía de la felicidad, porque había formalizado una relación con un muchacho que la pretendía.

    “Un día pasó por mi casa, me dijo ‘ya me voy, me voy con el otro’ y le dije ‘hay Danna’”. 

    Danna no apareció en días, “no daba señales de vida”, hasta que después de una semana la hallaron muerta en la habitación que rentaba con su nueva pareja, en un cuarto marcado con el número 3042. 

    “Para mí fue muy doloroso, porque pasó por aquí a decirme que ya se iba con su galán. Su final fue muy sorprendente”.

    Deborah pide ya no hablar del tema, porque aún le afecta sobremanera.

    “Lo que sí, es que ya basta de tanta discriminación, violencia hacia nosotras”.

    Para quienes sufren con su pareja, Deborah lanza una advertencia:

    “Mira, yo siempre le he dicho a todo el mundo -y creo que ese ha sido siempre mi consejo-, que el amor es el amor y si no sabes qué es el amor, métete a Google y busca esa palabra; cuando empiezas a detectar todo lo contrario a lo que encontraste en Google, entonces estás a tiempo de preguntarte qué estás haciendo ahí. Así de sencillo”. 

    Dice que muchas de las chicas trans se aferran a un amor que no es verdadero y que sólo se exponen a ser humilladas, golpeadas, ultrajadas.

    “¿Pues qué están haciendo ahí?, tienen que salirse de esa relación tan tóxica, enfermiza, que lo único que hace es que ellas cada vez estén más tristes y solas”.

    Un informe del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra Personas LGBTTTIQA+, detalla que de 2014 a 2020 se registraron 209 asesinatos.

    De esos 209 crímenes de odio, seis se cometieron en Baja California, 37 en Chihuahua, 14 en Coahuila, 13 en la Ciudad de México, 22 en Guerrero, 10 en Jalisco, 28 en Michoacán, 12 en Nuevo León, 18 en Puebla y 49 en Veracruz

    “Si bien, cada caso es motivo de nuestra preocupación, las crecientes cifras en Veracruz, Chihuahua y Michoacán han resultado motivo de especial atención”, cita el estudio y agrega que de mayo de 2020 a abril de 2021, México documentó 87 crímenes de odio; seis en Chihuahua.

    Aquí, el resumen estadístico más actualizado y completo:

    Informe de crímenes de odio contra personas LGBTTTIQA+ en México.

    ***

    “Respeto a la diferenciación”

    A manera de conclusiones, se les pregunta a quienes participaron en este ejercicio periodístico ¿En qué estamos fallando como sociedad mestiza, por qué no respetamos los usos, costumbres, tradiciones, orientaciones sexuales o identidades de género y cuáles serían sus sugerencias?

    Faviola Vásquez Tobón es la primera en levantar la mano para responder.

    “Yo me he dado cuenta que en la comunidad no indígena este sentido de comunalidad no se da. Más bien existe como un sentido de individualidad, en el que a la larga pues lo que ocasiona son estas problemáticas de violencia, discriminación, homofobia, lesbofobia, homicidios, feminicidios, porque no se inculca este respeto a la diferenciación, sobre todo en este contexto en el que coexistimos múltiples grupos, culturas, religiones, diversidades”.

    Rosalinda Guadalajara empatiza con su respuesta. Sostiene que la diversidad indígena en Ciudad Juárez es tan amplia como la población LGBTTTIQA+, sólo que hay personas que no se animan a decirlo por temor al rechazo, a los efectos negativos de la discriminación y se resignan a vivir una vida ajena. 

    “No se animan a decirlo por miedo, porque muchas veces piensan que van a ser violentados, rechazados, discriminados”. 

    Por lo que nos recuerda que cada persona tiene su valor, “y no digo monetario, sino valor del alma, espiritual y tenemos que ir descubriéndolo. En la comunidad rarámuri se va inculcando a descubrirlo desde pequeños, porque ahí se dan cuenta de por qué razón estamos en este mundo o en esta vida”. 

    Por su parte, Brenda, aunque acepta que le ha tocado vivir carencias materiales, la aceptación que siempre ha obtenido de su comunidad ha sido su mayor riqueza, porque la ha hecho más sensible, más cálida, más libre, más humana.

    “Trato a las personas con mucho respeto, yo creo que con mucho amor”.

    Sus amigas le dicen que tiene un corazón muy noble.

    “Yo a veces quisiera tener un corazón duro, lleno de coraje; tratar mal a la gente, claro, cuando se lo merece, pero no me nace, me ganan los sentimientos”.

    Asegura que por ser buena persona le ha ido bien en la vida.

    El vivir recibiendo respeto no te genera miedos. El vivir recibiendo respeto no te genera ningún tipo de problemas emocionales, de supervivencia o por querer demostrarle al mundo quién eres. Eres libre en toda la extensión de la palabra

    Ignacio Díaz Hinojos.

    Entrevistado vía telefónica, desde su consultorio en la Ciudad de México, el Dr. en Psicología, Alejandro Brauer Vega refiere que el rechazo, la discriminación, la falta de afecto o el desplazamiento emocional, empezando por los paterfamilias hacia su o sus hijos con una orientación distinta a la heterosexual u otra identidad de género “puede llegar a generar un infierno” y, en consecuencia, repercutir en la incapacidad de tener relaciones afectivas o sexoafectivas sanas, “y yo creo que ahí hay un elemento crucial”.

    Contrario a lo anterior, destaca que el ser aceptado por la familia “de alguna manera te blinda”.

    Alejandro Brauer Vega también es escritor, investigador y docente. Entre sus líneas de investigación figuran aquellos aspectos relacionados a los diversos y sutiles gestos de discriminación en la psicoterapia hacia la población LGBTTTIQA+ y cómo pasan desapercibidos, tanto por el terapeuta, como por el paciente.

    Él atribuye que las prioridades de una persona no discriminada se ven reflejadas en su rendimiento académico y/o laboral, en proyectos personales, logros o en las relaciones familiares y de pareja, “porque todo eso que pones de frente no es discriminable ante una sociedad intolerante o poco inclusiva, porque hay una estructura sicológica que se valora a sí misma, desde otra perspectiva. Y no es que justifique la discriminación, que es el principal problema y que hay que erradicar de raíz”.

    La sociedad, en general, ha jugado un papel fundamental en el futuro de las chicas trans Deborah, ¿qué reflexionas al respecto? “La sociedad tiene que entender que somos un grupo vulnerable, que ha sido vulnerado por muchos años y que hemos tratado de encontrar esa libertad. Tienen que permitirnos ser lo que somos, nosotras no ofendemos a nadie, no le faltamos el respeto a nadie, pero a veces creo que la sociedad, con nuestra simple presencia, se siente con el derecho de faltarnos al respeto. Créeme, algún día llegará una persona trans cerca de ti, quizá un familiar, una vecina o amiga y lo único que te puedo decir es acéptala, adóptala. Hace rato me preguntabas que de qué han servido todas estas protestas, de qué han servido todas estas marchas, pues al menos para seguir visibilizándonos”.

    Y no hay tiempo para dar marcha atrás…, advierte Deborah Álvarez:

    “Vamos a seguir poniendo el dedo en el renglón, con la finalidad de que se den cuenta de que las personas trans somos seres humanos como cualquiera”.

    Esto hace pensar a Faviola Vásquez Tobón lo importante que es que las personas, en general, empiecen a reconocerse como “seres iguales, pero no tan iguales”. 

    “Es decir, somos humanos que comemos, respiramos y tenemos nuestras necesidades fisiológicas, pero como personas también tenemos especificidades que nos hacen diferentes, pero no menos valiosas”.

    ¿Cómo hacerle entender a la sociedad que las personas trans, como las indígenas son parte de ella, que coexisten?, se le inquiere a Deborah Álvarez. “Es que no podemos decirle a la gente: ‘oye, yo existo’ porque al final de cuentas ya estamos aquí. O sea, si nos quieren ver como un problema, bueno pues somos parte de un problema, si nos quieren ver como una solución, bueno, pues somos parte de una solución”.

    ¿Cómo sería un mundo color de rosa? “Ay”, suspira. “Dejar de estar señalando a la gente, porque yo soy gente, así de sencillo y seríamos un mundo más feliz”.

    Deborah, no puedo retirarme sin antes preguntarte por tu familia. “¡Anda, no!, hoy mi familia es otro rollo, ya tengo desde el año 2005 que logré acercarme a ella, ya tengo miles de sobrinos adorados, mi madre pues ni se diga. Ya todos viven en Juárez, estamos muy cerca y todo el tiempo estamos en contacto”.

    ***

    Con pareja y más plena que nunca

    ¿Tienes pareja actualmente?, se le indaga a Brenda, para concluir la entrevista. “Sí, es un hombre mitad rarámuri, mitad chabochi”.

    Agrega que tiene 35 años y trabaja en el negocio de lavado de autos.

    “Es un hombre increíble, muy respetuoso, cariñoso, me habla como se le debe hablar a una mujer. Me dice que estoy preciosa, guapa, me da ánimos. Cuando no me visto bonito él me motiva. ‘¡Vamos!, ¡esos ánimos dónde quedan’! Me dice que me arregle, que me pinte, que sea yo, que él no se pone celoso”, ríe.

    La impulsa a seguir creciendo en el plano personal y profesional.

    Prueba de ello, recuerda cuando la incluyeron en un libro del Instituto Municipal de las Mujeres y él no cabía de la emoción. Piensa en ese día en que se lo mostró y se le quiebra la voz.

    “Hasta se lo llevó para presumirlo con sus amistades. ‘Mira, ella es Brenda’, les decía. Por eso lo valoro mucho”. 

    Legalmente Brenda

    Fotografía: Elizabeth Ramos

    En enero de 2022, Brenda cumplirá dos años de trabajar para el Instituto Municipal de las Mujeres en Ciudad Juarez. Fue ahí, vía Trabajo Social y del Enlace Indígena de este organismo, donde la impulsaron a modificar la identidad de género en su acta de nacimiento.

    A todo este proceso administrativo Ignacio “Nasho” Díaz Hinojos le dio acompañamiento.

    El secretario ejecutivo de la COMUPRED dice que “pensando en que el mismo Registro Civil iba a tener algún prejuicio por la condición de ser una persona indígena”, no se le separó a Brenda en ningún instante.

    “Pero no. No hubo ninguna situación de ese tipo, el trámite se dio como a cualquier otra persona trans, mestiza”, celebra.

    Al principio ella tenía sus dudas, pero el funcionario público le explicó y le dijo que la pensara.

    En ese instante, Brenda recordó varios pasajes de su vida, uno de ellos “cuando iba al Centro de Salud y me gritaban Sabino y la gente me veía raro”. 

    Finalmente optó por ejercer este derecho.

    Ignacio Díaz Hinojos comenta que, para la adecuación de actas para el cambio legal de nombre de una mujer u hombre transgénero en el Registro Civil, únicamente se requieren las identificaciones básicas: Acta (de nacimiento) primigenia y credencial del INE, así como 340 pesos, que cuesta la impresión de la nueva Acta.

    ¿Cuántos casos de cambio de identidad de género se han realizado en Juárez en los últimos tres años?

    De acuerdo con el Consejo Municipal Para Prevenir la Discriminación, en 2019 se documentaron 45 casos, en 2020 fueron 36 y en 2021 sumaron 49, pese a que el proceso se suspendió en marzo por causas de la pandemia por el nuevo coronavirus, detalla el secretario ejecutivo de este organismo.

    ¿Por qué el nombre de Brenda Berenice?, se le pregunta a nuestra entrevistada.

    “Porque me gustó”. Además, porque ya se identificaba así en su página de Facebook.

    “Ahora cuando me llaman por mi nombre legal me emociono”.

    Cuestionada si, en un futuro, contemplaría la operación de reasignación de sexo, su respuesta es irrefutable. 

    “Sí. Sí lo haría, porque yo me identifico como una mujer y, claro, si tuviera la posibilidad, el dinero que cobran, no la pensaría dos veces; sería como volver a nacer”.

    Ser Visible agradece a todos los que, con sus testimonios, hicieron posible este ejercicio periodístico, que nos sacude y nos recuerda que el respeto, la tolerancia y la inclusión siguen siendo una asignatura pendiente, sobre todo en un mundo de “chabochis”.

    servisiblemx@gmail.com

    Este trabajo fue publicado en diciembre del 2021 en SerVisible y se comparte con la autorización de la autora y el autor. Aquí la publicación original


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