Raíchali

Los Seremos, una tradición que se resiste a morir

En el municipio de Allende, a tres horas de la capital de Chihuahua, una tradición centenaria une a todo un pueblo para recibir a las almas de los niños y niñas.

A las seis de la tarde de cada 1 de noviembre, cientos de niños salen a las calles para realizar un ritual único en el estado en el que piden dulces como ofrenda a los ángeles que bajan al Valle.

Valle de Allende, Chihuahua.- La campana de la iglesia sonó antes de las seis de la tarde. El día comenzó a caer mientas la plaza principal se llenaba de flores, dulces, frutas y risas.

“¡Ya viene la muerte!”, gritó en tono burlón una señora que observaba a los niños y niñas del pueblo adueñarse del lugar.

Se acomodaron en el piso en grupos de tres a siete integrantes. Uno de ellos, el muerto, se cubrió con una sábana blanca mientras el resto le encendió una vela y le colocó un crucifijo sobre su pecho para iniciar el ritual.

Los adultos contaron hasta tres, ese número mágico que hace obedecer al más rebelde, y, al unisonó, comenzó el rezo:

Por la señal de la santa cruz de nuestros enemigos, líbranos señor. En el nombre del padre y del hijo y del espíritu santo. Amén.

Un padre nuestro.
Un Avemaría.
Y entonaron: 

Angelitos somos 
Del cielo bajamos
A pedir limosna 
Y si no nos dan…
¡Puertas y ventanas
Nos la pagarán!
¡Seremos, seremos,
Calabacitas queremos!

La vida del pueblo se detuvo un segundo para escuchar las campanas y las latas llenas de piedras que los niños hicieron sonar en los dos últimos párrafos de su canto. De un soplo apagaron las velas y vieron a sus muertitos levantarse y correr para recibir su ofrenda.

Se cree que el 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, los angelitos visitan el pueblo. Son las almas de los niños y  niñas que en el cielo esperan a que sea su día para regresar y hacer vagancias, por eso amenazan: si no hay dulces, puertas y ventanas nos las pagarán.

La idea puede sonar tétrica para quienes no conocen Los Seremos, una tradición única en Chihuahua en la que los niños se adueñan del Valle de Allende para celebrar la vida de quienes ya no están.

Las sombras inundan las pequeñas y oscuras calles del pueblo que es cabecera del municipio de Allende. Todos esperan con ansias la visita de los angelitos. Hay familias que comienzan a comparar los dulces hasta con tres semanas de anticipación para alcanzar a preparar las bolsas.

Afuera, en el umbral de las viviendas se ven con prisa Los Seremos. Ellos no tienen tiempo de hablar de otra cosa que no sea su papel en la siguiente casa. Se pelean por actuar como el muertito que regresa cuando la improvisada campana anuncia su llegada.

Los más grandes andan solos, conocen bien las instrucciones y los rezos que deben llevar a las casas para recibir los dulces. Los pequeños van de la mano de sus madres que, como cualquier otro niño, se hincan en la entrada de las casas a rezar y cantar.

Para la gente del Valle, Halloween da más miedo que Los Seremos. Aquí no se trata de monstruos ni de asustar, aquí se celebra la inocencia de los niños que sólo quieren golosinas y jugar hasta tarde en las calles.

Los ojos de Rita se iluminan cuando recuerda su infancia. Ella era una de las que les gustaba acostarse en el suelo y ser el muertito, pero también le daba ilusión sonar la lata o la campana para que les abrieran la puerta.

La mejor parte, dice sin dudarlo, era al final de la noche cuando revisaban el botín. Eran otros tiempos, no había tanta inseguridad como ahora y podían ir a la plaza o quedarse en la banqueta a contar lo que les dieron.

Cuando Rita era niña el festín eran naranjas, camotes cocidos, cacahuates, nueces, todos producidos en su pueblo. Hoy las bolsas están cargadas de paletas, chocolates, chicles y frituras.

Recordarlo “es muy emocionante. Para mí, lo principal de la fiesta era salir de noche sola porque pues no la dejaban. Aquí se oscurecía y a dormir. Pero esta noche, era muy emocionante, durar más tiempo en la calle y solos era una cosa a todo dar porque nunca lo hacíamos”.

Como amante de la historia, Rita comenzó a investigar la celebración desde muy niña. Su método era preguntar a los adultos, pero ellos le respondían que fueron sus abuelos quienes les heredaron el festejo.

De lo que está segura es que proviene de una provincia vasca “allá al norte de España”. Dicen que al Valle llegó por un padre que les enseñó el canto a los niños hace por lo menos 350 años, “pero no hay pruebas, y sin un papel que diga eso, no podemos saber ni cómo ni quién”.

En México, platica Rita, sólo Chiapas tiene una tradición similar llamada la Rama, en la que los niños cantan:

Angelitos somos, bajamos del cielo
Pidiendo limosna para que comamos,
Angelitos somos del cielo
venimos por nosotros mismos 

De ahí la importancia que Rita ve en que los chihuahuenses asuman a Los Seremos como parte de su identidad y que la promuevan en más municipios y asegurar que las siguientes generaciones la preserven:

“Yo les pido que nos ayuden a propagarlo y que se conserve esta tradición por lo menos en Chihuahua. El Valle queda como en un sándwich porque del sur vienen los altares y las catrinas, de Juárez y Chihuahua puro Halloween… pero esto es nuestro, sólo aquí lo tenemos”.